24.1.07

De lluvia y agonía


Bajo la irrefrenable agonía provocada por la lluvia se cierne su silueta cual estatua apenas visible entre las moléculas inquietas de la niebla porteña. Su cabello parecía cobrizo en medio de la noche, contrastando su figura con el fondo opaco y gris similar a mi mirada. El llanto sorprendió al hombre de la lira, no porque nunca hubiese llorado sino porque nunca lo habían hecho llorar. La cantante de color frotó sus manos en mi abrigo y me indicó el camino, la escalera de luces llegaba a un no final, pero venciendo el temor de mi llegada a un puerto desconocido decidí recorrerlo a paso firme y seguro aunque estuviese pisando agua y ron.

La inevitable llegada del otoño me encontró preparado, con mi pluma lista para vomitar la pulpa de la ilusión, y mis hojas en blanco me llamaron a bailar con ella, cual hadas en medio del verde bosque, cual doncellas que no pueden sufrir. Los sonetos de la noche brillaron con un color amarillo brillante, parecido al del sol cuando se esconde en tus pechos. Sonidos roqueros fueron lo que extrañamos, ya no de individuos disfrazados de cuero negro y con el pelo pintado, sino el de los grandes hombres que hicieron, de la música, algo nuevo y diferente. Divergente. La divergencia es lo que hace al ser humano un ser original. Pero la llegada del otoño no nos sorprendió, y la vitalidad de las hojas ocres cayendo en mi espalda refrescaron el intenso sabor del café con leche matutino, y supieron absorber mi aflicción y penetrar por mis sienes al más recóndito rincón de mi pensamiento, de mi aflicción agonizante, allí donde vuelan todos esos demonios que me atormentan, allí donde están mis recuerdos más secretos, en viejos baúles oxidados y cubiertos de polvo los que son recurridos de vez en cuando, cada vez que la ansiedad me impide ver claramente a través de la niebla. La niebla. Yo soy la niebla que al azar te envuelve, yo soy el sueño que se apaga con el sol, yo soy la lluvia que cae sobre tu pelo, yo soy el libro que no quieres cerrar. Yo soy la herida que nunca ha sanado, yo soy la protesta de tu única verdad, yo soy el anillo que nunca te sacas, yo soy la luna reflejada en tu sudor.

Las viejas forjaron con lana toda una civilización de hombres fuertes. La llegada del otoño tampoco las sorprendió. El volcán permaneció en erupción por décadas, hasta que la nieve apagó su fuego, esa nieve que llegó con los volantines rojo-y-blanco, que la brea y la brisa adornaron de jazmín, que ni siquiera los pastos verdes llenos de caballos pudieron superar en belleza y sencillez, incluso cuando las amazonas derramaron sus lágrimas ante tal espectáculo. Todo esto está bajo la lluvia, aún cubierta de tristeza, como un manto cubre a esas abuelas que toman mate delante de un brasero, como mis brazos saben cubrirte cada noche, como mis demonios cubren cada día mi congoja. El desconsuelo adorna las pradera, y el camino hacia El Dorado nunca se acaba porque siempre aparecen nuevas aventuras, y nuevos reyes ascienden solicitando mis servicios, y la venganza de la luna fue tomada por estos reyes como una lucha propia de preservación, hasta por los niños alimentados por la loba, descuidaron sus pies al correr por los muros de la nueva Troya. La venganza siempre es personal. La luna se lavó las manos, desde que el primer hijo mató a su hermano.

La infinitud del reflejo entre dos espejos me conmovió a tal punto que no lloraron mis ojos, lloró mi llanto. Y mi llanto se mezcló con risa. Y mi ansiedad se mezcló con hambre.


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