22.11.09

Visión nº 14

Retorno al paraíso perdido
Me vuelvo inalterable, abandono mi transitoriedad
Me transformo en parte del entorno, en Naturaleza infinita
En todos los colores del arcoíris al mismo tiempo
Naufrago en las arenas del tiempo
Mocedad y vejez se convierten en una sola cosa, en lo propio
Me abandono al devenir, formo parte del todo orgánico
Alcanzo el ojo eterno, me hago observador de lo que existe
Caigo sobre mis manos torpes que ya no lo son
Sonrío desde adentro, me miro y me siento aunque no tengo piel ni ojos
Soy el espacio entre las moléculas, soy aire y agua y fuego
Soy cielo y tierra
Soy dios
Soy uno solo con lo que me rodea
Soy el azar y la consecuencia
Soy en mis sueños la vigilia.

31.10.09

Visión nº 3

El joven quería sumergirse en su fangoso ego, hasta despertar de la pesadilla del aletargamiento. Y salir del calmo océano de la parálisis, nadar sin saber nadar, a través de los pantanos de la indiferencia. De su inconstancia. De su negligencia.

Quiso reconocerse ignorante, y olvidar voluntariamente cuanto había aprendido. Quiso absorber las cosas como en el principio, cuando toda conciencia está limpia, y la normalidad es la sorpresa. Porque donde hay sorpresa hay verdadero aprendizaje.

Quiso extirpar de raíz sus ojos contaminados, navegar solo, solo y acompañado. Volver a la inocencia que se le había escapado. Acariciar las montañas con sus dedos de niño inquieto, sin maldad ni tristeza. Escarbar en su regocijo de inocencia.

Adiós al ego.

Adiós a la memoria.

Adiós al olvido perdido. 

10.5.09

Meditaciones, Parte 1

Pensar en la vida, como un tópico poético-filosófico e incluso científico, es una actividad tan antigua como la historia humana. Decir que la vida es un comienzo o un final, que es la expresión de una vida paradisíaca, que es una preparación para otra vida, que es un castigo o que es un premio, han sido sólo algunas de tantas interpretaciones sobre la existencia. Hoy en día se tiene por cursilería pensar en la vida. También se tiene por cursilería expresar los sentimientos, creo que porque ya se han manoseado tanto las palabras que al final su significado ha perdido fuerza y sustancia. El lenguaje no es algo extático: el lenguaje muta. Además, la vida abarca tantas cosas que siempre cuesta abordar una perspectiva desde donde principiar cualquier explicación, ya sea mística o racionalista. ¿Qué es la vida? Difícil pregunta.

La vida está relacionada directamente con la Existencia: la vida se conecta con el espacio-tiempo propio del devenir humano. Implica las funciones fundamentales del ser humano (desde respirar hasta cualquier acción más compleja) como acción o reacción ante su ambiente. Como decía Ortega y Gasset, el hombre es él y sus circunstancias. El contexto es primordial para cualquier interpretación sobre la vida. Ahora bien, decíamos, la vida es Existencia. Los alemanes (los señores H, infaltables) postulaban el dasein, el ser-aquí, y este pensamiento se relaciona directamente con la Experiencia. La vida, entonces, es Existencia a través de la Experiencia. En este teorema que hemos señalado, ¿qué papel juega la Decisión? Otra pregunta compleja, como cualquier interrogante que surge de pensar la vida.

La Decisión es algo así como un "nodo" que conecta las diferentes líneas que conforman la Experiencia y, por tanto, la Existencia. Ésta es un teorema que, en lugar de constituirse de axiomas, cuenta con un sinfín de acciones. Y si está conformado por acciones, también lo está de no-acciones. En suma, este teorema se conforma de Posibilidades, tanto ejecutadas como no ejecutadas. La Decisión es el impulso determinante de la Posibilidad, es el punto de inflexión que da paso desde el pensamiento a una acción (o no-acción). La vida está llena de Posibilidades, o de proyectos de acciones concretas: pero se requiere de la participación del ser humano en el curso de esta red compleja, para que estas Posibilidades salgan del terreno de lo abstracto y penetren el mundo de lo concreto. Y esa participación se inicia, en cualquier caso, a través de la Decisión.

Al decidir, optamos por una línea de Posibilidad, que convive con un sinfín de otras líneas, hasta el momento en que decidimos y desechamos todas esas otras líneas a favor de ésta, provocando una Acción (que implica acción o no-acción, ya lo hemos señalado). Sin embargo, las Posibilidades descartadas no dejan de existir, sino que siguen existiendo e influyendo desde otra dimensión no menos importante: la Memoria. Es debido a la Memoria que podemos juzgar, llegado el momento, si nuestra Decisión fue la correcta o no, en suma, si es que reafirmamos nuestra Decisión o nos arrepentimos de ella.

La Memoria es también Experiencia. Pero no es la misma Experiencia que significa vivir; es la Experiencia que significa haber vivido, haber experimentado, en suma, conocer. Es bien sabido que el mejor conocimiento es el que se adquiere por la Experiencia, de primera mano si se quiere. Los seres humanos no vivimos al margen de la Memoria, como vivían los inmortales del cuento de Borges, sino que ella nos determina a cada instante. La Memoria determina nuestras acciones casi tanto como el Deseo. El Deseo se refiere a la necesidad, desde cuestiones básicas para la sobrevivencia (como el alimento, el sexo, el calor) hasta objetos añadidos relacionados más con el lujo y el confort; el Deseo, en suma, es la fuerza ulterior que nos mueve, que nos motiva a hacer lo que hacemos, a buscar lo que buscamos, a pensar lo que pensamos. Y, como decíamos, el Deseo actúa en conjunto con la Memoria. Esta relación es la que podría explicar el modelo de ensayo-error.

En fin, la Existencia se realiza a sí misma a través de la Experiencia, que es Acción pero también Memoria, que es Presente a la vez que Pasado. Ahora bien, ¿qué ocurre con el Futuro? La Memoria, como es lógico, también determina nuestro Futuro. El Tiempo suele dividirse en tres partes, pasado-presente-futuro, sin embargo, el Tiempo sólo existe de manera simultánea: no existe a través de tres dimensiones o momentos distintos, sino que existe como uno solo. El ser humano, a través del Lenguaje (que lo interpreta la realidad e incluso crea nuevas realidades) divide las realidades en ámbitos con un fin didáctico: entender el todo a través de las partes. Lo cierto es que entendemos el Tiempo sólo a través de nuestra Existencia. Porque existimos dentro de un contexto: dentro de un tiempo y un espacio definidos, y éstos determinan cualquier Acción humana.

Desde una visión simplista, el Presente se expresa a través de la Acción, el Pasado a través de la Memoria, y el Futuro a través de la Posibilidad. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla. Como el Tiempo es un solo, y los diferentes tiempos se dan en forma simultánea, la Memoria y la Acción y la Posibilidad actúan como una sola cosa, determinando la Existencia humana. No es cierto que los seres humanos existimos sólo en el presente: existimos en el Tiempo. Y este simple pensamiento nos abre un sinnúmero de nuevas apreciaciones.

Por ejemplo, veamos lo que significa viajar en el tiempo. Probablemente tenemos en nuestra cabeza la idea de que los viajes en el tiempo se realizan a través de una "nave" o vehículo que tiene la capacidad de atravesar el tiempo a placer, trasladándose hacia algún instante del pasado o del futuro. Sin embargo, si el Tiempo es uno solo, ¿cómo podemos realizar viajes temporales? En otras palabras, ¿cómo podemos movernos desde el Presente hacia el Pasado o hacia el Futuro, siendo que el Tiempo es simultáneo y Presente, Pasado y Futuro en realidad son una sola y misma cosa llamada Tiempo? Pues, diría el buen lector, nos moveríamos simplemente a otro punto dentro de esta línea llamada Tiempo, no importa el nombre que le demos, y esa sería una explicación bastante razonable. Ahora bien, sumemos una nueva variable a este ejercicio: el Tiempo y el Espacio son, en realidad, dos partes de un todo, dos ámbitos de una misma cosa. El Espacio y el Tiempo son dos aspectos del todo que rodea a la Existencia: son el Contexto en el que se desenvuelve el ser humano. La distancia, por ejemplo, no es otra cosa que el Espacio vinculado al Tiempo; el Espacio-Tiempo es uno solo, es el cinto de Moebius, es la amalgama en la que nada todo lo que existe. Si viajamos en el tiempo, también viajamos en el espacio. Si nos movemos unos metros, también nos movemos unos minutos. Así de simple.

Si pudiésemos viajar en el Tiempo, no viajaríamos dentro de un mismo Tiempo, que es uno solo y simultáneo, sino que viajaríamos a otro Tiempo y, por tanto, a otro Espacio. En otras palabras, viajaríamos a través de otras Posibilidades, Acciones y Decisiones. Físicamente esto se explica a través de la oposición de dos espejos, puestos uno en frente del otro: las posibilidades son infinitas, como infinitos son los tiempos y espacios. Pero los seres humanos aún estamos adscritos a un solo Tiempo y Espacio.

El intelecto, es decir, la capacidad humana de leer la realidad, nos permite viajar en el tiempo, ya sea hacia lo que ya ha sido a través de nuestra Memoria, o de lo que será a través de nuestra Lógica. Comprendemos que determinadas acciones conllevan a determinadas reacciones. Es cierto, podemos errar vislumbrando el Futuro, pero este no es un error demasiado costoso considerando que de todas formas no tenemos la total certeza de lo que acontecerá en el mañana. En otras palabras, si pensamos en las infinitas Posibilidades que conforman este teorema llamado Existencia, quizás comprenderemos que viajar en el Tiempo en realidad quiere decir repasar una gran cantidad de Experiencia y de Posibilidades guardadas y proyectadas dentro de nuestro cerebro.

La vida es Existencia a través de la Experiencia, la que está determinada por el Espacio-Tiempo o contexto, y que llega a ser a través de nuestra Acción o no-acción, que comienza a ser a través del Deseo y de la Memoria y que materializa una de infinitas Posibilidades escritas en un tejido abstracto que entendemos por teorema de la Existencia. Hasta aquí está todo claro, pero pensemos por un momento que todo esto que hemos explicado e interpretado sólo es posible debido a que existe algo que se llama raza humana que piensa y actúa en función de este teorema; qué pasaría si no existiese una raza humana que pensara ni actuara dentro de esta dimensión. Pues no existiría ninguna de estas cosas, porque es a través del Lenguaje y el pensamiento que llegan a existir estas dimensiones, que son lectura de la realidad que realiza el ser humano. Quedan dos posibilidades: que simplemente no existan porque no son pensadas, o que exista otra raza similar a la humana que piense también en la vida, probablemente desde otras perspectivas inimaginables; en cualquier caso, sería un ámbito que difícilmente podríamos siquiera sondar, puesto que sólo existimos adscritos a lo que conocemos.

30.3.09

Juntos flaneabamos

A Vita
(Texto escrito el 14 de junio de 2008)

En aquellos días nos juntábamos a hacer nada. Cada vez, después del trabajo, nos reuníamos en algún café, pedíamos el espresso doble (que allí llamaban con el artilugio “doppio”) y conversábamos de todo un poco. A veces nos repetíamos, sólo por evitar salir al frío de afuera, para no sentir el eólico frío porteño que se mete entre los poros de la ropa y de la piel. Disfrutábamos de la exquisita finitud de las cosas, de la temporalidad misma de la existencia. Es curiosa la forma en que dos personas pueden viajar en el tiempo al estar sentados en la mesa de un café. Yo diría que esa era nuestra terapia anti-estrés. Tú dirías que es delicioso sentir el sabor del café cargado en uno de esos fríos días de invierno. Una vez más la propina del diez por ciento, taparse hasta los ojos con las bufandas y salir a caminar en medio de la soledad, acompañado sólo por hojas caídas y basura inescrupulosamente arrojada fuera de los basureros. Planeábamos como en un cielo propio, acostumbrados a iniciar el viaje para poder naufragar un poco, para dejar de ser parte del tránsito individualista y ser, por un rato, parte del todo. Flaneábamos. En nuestras poesías andantes se vinculaban los conceptos con las experiencias, y nos convertíamos en la envidia de los difuntos señores H. Alguien distraído pensaría que aquello era compañía, pero era en realidad pertenencia. No del uno al otro, sino de los dos a algo más elevado, algo que el lenguaje no podría nombrar, aquello en que la naturaleza y la cultura pasan a ser lo mismo, aquello en que el hombre se convierte en dios para poder aniquilarse a sí mismo para dejar equilibradas las cosas, aquello en que el desierto urbano es de todo menos un lugar solitario. Recordábamos viejas travesuras, revelábamos lo que habíamos pensado cuando no nos conocíamos tan bien, alardeando de nuestra ingenuidad, probando poco a poco el sabio vino de la retrospección. Descubríamos, una y otra vez, la incalculable cantidad de pasados que existen, o que podrían existir, como la cantidad de sueños que se pueden tener soñando o la cantidad de espejos que pueden verse a través de otro espejo. Luego nos encerrábamos en el vacío, donde ningún ruido se propaga, pero sí la música de tus párpados, músicas fantasmales que venían después del carmenére y después del ocio de nuestras lenguas. Una vez más buscábamos lo inefable, translúcidos en un mar etéreo de eternidades y divagaciones conscientes. La música de tus cedés completaba el sueño maldito de dos viajeros, que en tierras exóticas encuentran lo propio. Sensucht y saudade, nostalgiosos errabundos de la pachamama, inauditos cometas con colas eternas y aspiraciones siderales. En el juego de sonrisas se adivinaba la sensibilidad de los que juegan con el fuego divino cada día. Y en el fondo, siempre viene lo más concreto del existir, la ropa sucia y los platos por lavar, la comida para alimentarse pero también para disfrutarla en ese grato gusto compartido por las exquisiteces. El llanto también surge de la risa, y de picar cebolla o de tener abiertos los ojos mucho rato, o del cansancio, o de las nubes. La luz del sol entraba por las ventanas de la comprensión, en un amanecer cargado de estivalidad. Cada día se anunciaría como algo callado, misterioso, amparado en la claridad solar, obligándonos a olvidar por una horas la permeabilidad de la figuración, para construir consensos a partir de disensos y volver a recordar lo originario al llegar la noche, nuevamente, con el atardecer cafeinado y los chalecos insuficientes, con el caminar eterno entre los pliegues de la brisa, entre los manantiales de ilusiones traslúcidas y ensimismadas, en un eterno retorno como espejo de sí mismo, en una ciclicidad de temporalidades anexas al sonido del encanto oceánico, aquellas voces del arte en concreción, la creación de dos palabras arrojadas al azar y a las corrientes urbanas, siempre luego del trabajo y durante los cafés y las tartas de manzana, entre una y otra silla arrojadas en la mesa nuestras cartas comprensivas que tientan al azar con cada melodía.

6.3.09

La muerte de un maldito

1

La sensación de éxtasis provocaba en Alonso una especie de clarividencia, una indescriptible claridad para percibir las cosas y una fuerte capacidad de decisión. Las noches que había pasado junto a Fernanda habían sido adornadas con hermosas conversaciones poéticas y metafísicas. Sus diálogos viajaban inductivamente para retornar deductivamente, intentando dilucidar la Verdad dentro de la verdad y esmerándose en unir las palabras con las cosas. En la cama de ella encontraba Alonso la explicación más lógica a todo tipo de asuntos: objetos voladores, magia, lenguaje, política, control social de las elites y, por supuesto, el Amor. A decir verdad, la diosa del Amor inundaba todos sus diálogos, como si aquellos malditos no pudiesen despegarse jamás de su carne, de su instinto, de su pasión. En mitad de algún tema de interés transformaban la pasión por el Conocimiento en pasión por el otro. Se enredaban en madejas filosóficas para terminar enredados entre las sábanas, y con el acto amoroso sintetizaban todas sus tesis y antítesis en una sola y gran explicación universal.


2

Las citas que utilizaban en sus ensayos verbales, fabricados mientras intentaban recobrar el aliento y miraban fijamente las imperfecciones del techo, eran seleccionadas minuciosamente.

El vodka que bebieron aquella noche de otoño los llevó a hablar de Tolstoi y de las largas descripciones que éste hacía de los sentimientos humanos que se hacían presentes en una milésima de segundo. Ambos se reían de la gran cantidad de información que el escritor entregaba al referirse a un acto casi imperceptible, pero que desde su visión detallista propia de un escritor descriptivo de su calibre, cobraba vital importancia para el desarrollo de la trama de sus novelas. Una mirada basta para provocar un giro en la historia, repetía una y otra vez Fernanda, mientras miraba con dedicación los ojos de Alonso. Y Tolstoi (al igual que el vodka) era sólo una excusa para continuar el juego de seducción.

Los besos y las caricias formaban parte de dichos ensayos, claro está. Ésa era una de las formas de unir las palabras con las cosas. Tal como cuando alguien ha vivido un tiempo considerable en el extranjero y al regresar se expresa mezclando los dos idiomas, Alonso y Fernanda cerraban una oración con un roce físico, como si tales actos complementaran cada idea (y de hecho lo hacían). Hay cosas que sólo pueden decirse con un beso, o con una mirada, la que basta para provocar un giro en la historia.


3

En algún momento de la noche recordaban los inicios de su idilio. El permanente interés del uno por el otro, las tajantes opiniones de ambos, algunas citas en común, el misterio de ambos. Claro que antes de poder siquiera acercarse Alonso había sido fielmente custodiado por su amigo Anselmo, que se había convertido en algo así como su hermano mayor, aunque sólo tenían dos años de diferencia. Y dicha amistad lo unía inevitablemente al binomio Anselmo-Carmen, separándolo del otro binomio Fernanda-Gustav. Es cierto: ambos binomios constituían un solo grupo, una sociedad de malditos unidos por las letras, pero existían diferencias tajantes entre ellos. En primer lugar Carmen tenía una especie de rivalidad amistosa con Fernanda, provocada quizás por la coincidencia de ser cada una de ellas una versión distinta de femme fatale, mientras que Anselmo no soportaba la presencia de Gustav (como tampoco la soportaba Alonso). En segundo lugar, ciertos hechos ocurridos entre Carmen y Gustav (de los que ella se arrepentía todo el tiempo) los separaban cada día más, mientras que el coqueteo entre Anselmo y Fernanda había terminado al momento en que éste se había ligado definitivamente a Carmen. En tercer lugar, las reuniones de ellos parecían más bien sesiones del poder legislativo, con oficialismo y oposición; y Alonso quedaba en medio del fuego cruzado. Pero una vez que Gustav se fue del país, quedando el quinteto de malditos reducido a cuatro integrantes (nuevamente), Alonso y Fernanda al fin pudieron juntarse.

Efectivamente, Gustav era, en la mayoría de los casos, el cuerpo de conflicto entre todos los miembros del grupo. Su forma de ser lo distanciaba del resto, tanto intelectual como culturalmente. Sólo había pertenecido a él por su relación con Fernanda, que aunque había acabado él seguía mencionando, exasperándola a ella y al resto. Era el doble opuesto de Anselmo, y claramente no tenía feeling alguno con Alonso, pero su acercamiento con Carmen había sido el detonante de la definitiva enemistad con ambos hombres.

Una tarde de octubre Gustav había recibido una carta desde Uruguay. Al fin tenía una pista de dónde podía estar su padre. Tenía que reanudar su viaje. Al irse para siempre Fernanda dejó de sentirse observada y permanentemente juzgada, y se sintió libre para comenzar algo con Alonso. Justo en esos momentos Carmen y Anselmo comenzaban su relación, casi sin seriedad pero, en el fondo, muy implicados el uno con el otro. De pronto se formaba un nuevo binomio Fernanda-Alonso, y el grupo comenzaba a disminuir las reuniones. Cada binomio comenzaba a vivir su propia historia.


4

La personalidad de Fernanda era diametralmente opuesta a la de Carmen. Mientras ésta última lloraba luego de alcanzar el éxtasis sexual, Fernanda sonreía, mostrando sus prominentes colmillos entre sus labios naturalmente rojos. Si el gesto definitivo de Carmen era la mirada (oscura, penetrante, decisiva), el de Fernanda era la sonrisa (ambigua, coqueta, inquietante). Hasta el sentido de la estética era diverso entre ambas musas; mientras Carmen prefería los colores oscuros, las faldas escocesas y llevar su pelo liso y negro tomado por palillos chinos, Fernanda escogía siempre colores vivos, ropa lisa y anteojos de sol que resaltasen su pelo claro.

El joven Alonso se enamoró de Fernanda, tal como Werther se había enamorado de Lotte. Siguiendo con los símiles, Anselmo vendría a ser como Wilhelm, el leal amigo de Werther a quien dirige sus sensibles y apasionadas cartas.

Pero Fernanda, al quedar libre de Gustav-Albert, y a diferencia de Lotte, dejó que Alonso se apoderara de sus sueños y vigilias. Tan sólo dos días después que Gustav se marchase, Fernanda corrió al cuarto alquilado de Alonso y respondió a sus poemas y angustias con un rotundo beso que quedó marcado en la memoria de estos jóvenes malditos por el resto de su existencia.

Lo cierto es que Alonso se asemeja al joven Werther también por su destino trágico. Pero aún no es momento de ahondar en aquellos tópicos.



5

Fernanda sentía amor, respeto y admiración por Alonso. Ella jamás sería capaz de sentir la angustia que él sentía. Alonso era un hombre del siglo XIX en nuestros días, tal como Borel era un anacrónico en los tiempos de Gautier. Tal como estos románticos del siglo de la angustia y la melancolía, que habían formado parte del Petit Cenácle en aquél efervescente París, el anacrónico Alonso había formado parte de aquél salón de lectores y escritores malditos, grupo que pronto llegaría a su fin a causa de los binomios…

Una noche, después de una celebración en el departamento de Fernanda, Alonso estaba especialmente exaltado. Se movía de un lado a otro con gran soltura. Parecía alegre. Besaba a Fernanda a cada instante. Pese a las sospechas de ella, él no había consumido ningún tipo de droga esa noche (a diferencia de otras noches, en que ambos llegaban a la Iluminación ayudados de diversas sustancias); estaba drogado, sí, pero con su propia pasión. Su padecimiento se había apoderado de él. No era su mente la que dominaba sus actos, sino más bien su pasión. Sentía que comprendía acabadamente el mundo, que al fin había llegado a comprender lo Inefable. Sentía que había visto el rostro de Dios y del Infinito. Veía fluir la energía cósmica por todos lados e iluminarse la silueta de las personas con todos los colores imaginables.

Sería difícil explicar con palabras lo que Alonso sentía esa noche. Al parecer, había logrado lo que muchos poetas han intentado sin éxito: ver de frente el Abismo, cruzar el límite entre este mundo y su fuente primera, vislumbrar al fin la “quintaesencia” (de la que hablaba Rimbaud, algo así como la “esencia esencial” de Hölderling), aquella energía primigenia que habría desencadenado la Vida y el Cosmos. El poeta debe hacerse vidente, se repetía constantemente Alonso. Esa noche, Alonso se sentía un vidente, un profeta, un iluminado.

El constatar su poético hallazgo, Alonso sintió de pronto que el Vértigo se apoderaba de sus miembros. Estímulos nerviosos fluyeron a través de su cuerpo, desde su médula hasta la punta de sus pies y manos. Al fin veía de frente el Abismo y sólo deseaba caer en él. Pero la Vida no era suficiente para aprehender toda la experiencia: era necesaria la Muerte para al fin alcanzar lo Inefable, para comprender el Todo, y no quedarse como un simple espectador mirándola.a lo lejos. Necesitaba tocar el Infinito con sus manos. Necesitaba caer, dejar que la gravedad lo abdujese hacia el centro del Cosmos, dejarse absorber por la Poesía anterior al Lenguaje.

El Amor, el Deseo, el Delirio, la Angustia, y una serie de otras substancias habían sido insuficientes para el joven Alonso. Su ambición por alcanzar lo inalcanzable lo había carcomido hasta la Locura. En ese preciso instante sentía el penúltimo escalón de la inspiración: el Vértigo. Y el Vértigo no es tan sólo el miedo a caer: es más bien el deseo de caer, la tentación de la autodestrucción, alcanzar la Muerte para poder engendrar la Vida, deconstruirse para renacer.

Pisó el último escalón, y se dejó caer en el Abismo.


6

Anselmo y Carmen se despidieron a la una en punto, y se fueron a deambular por las solitarias calles viñamarinas. Casi todos los demás invitados también se retiraron, con el argumento de que estaban en mitad de la semana y al siguiente día tendrían que trabajar temprano. Luego de acompañar a los que se iban a la puerta y despedirse de ellos, Fernanda fue a retocarse al baño. Se miró largamente al espejo mientras se arreglaba el cabello y estiraba su tenida color carmín.

Al volver a la sala principal del departamento, recordó que Alonso estaba como poseído por la Locura. Recordó cómo su joven amante exhalaba euforia mientras ella, siempre calmada, hacía a la perfección su papel de anfitriona. Lo buscó con la mirada, pero no lo encontró. Había gente durmiendo en los sillones, un par de amigos conversando en la puerta de la cocina sobre la diferencia entre la música en vivo y las grabaciones en estudio, una antigua amiga bailando sobre la alfombra algún punkrock decadente. Pero Alonso no estaba. Fue a su cuarto a buscarlo, pero tampoco estaba allí. Volvió a la sala y se le ocurrió mirar hacia el balcón.

Ahí estaba Alonso, enajenado, con sus ojos desorbitados, con el mismo rostro del amante que se adueña de ella todas las noches en su cama. Lo llama, pero éste no responde, quizás por la música fuerte o por el ruido de sus ondas mentales. Entonces intenta acercársele, pero apenas da dos pasos hacia él, lo ve saltar al vacío.

Después de unos diez segundos de confusión, en los cuales Fernanda no puede convencerse de lo que han visto sus ojos, se da cuenta de la gravedad de la situación, y lanza un grito que resuena en todo el edificio. Sus amigos apagan la música y corren todos al balcón. Ella no tiene las fuerzas necesarias para ir a ver la tragedia; en cambio, se queda allí, paralizada, esperando que lo que ha visto haya sido sólo producto de su imaginación.


7

Después del suicidio de Alonso, Fernanda nunca volvió a ser la misma. A la semana después viajó a París, con el pretexto de ir a hacer un postgrado pero en realidad escapando de una ciudad que le recordaba a su querido maldito. Alonso cayó dieciocho pisos y murió dejando un enorme rastro que nunca más pudieron borrar de la acera, así como de la memoria de Fernanda.

25.2.09

Visión nº12

El cigarrillo aún humeaba. La tenue luz artificial reflejaba los muros rojos en su palidez. El ave desde la profundidad y su locura improvisada, acentuada por la copa de vino que estaba bebiendo. En-sam-bla-je. Algún desatino enológico. No importaba. La danza del saxo y los veloces platillos hacían que todo se olvidara. (Incluso había olvidado que esperaba a alguien, una cita improvisada, una reunión de desconocidos. Un encuentro de dos estrellas). De fondo, las cajas y el bajo, seguidos por la explosión de la trompeta. El ave revoloteando por la sala entera desde el humilde estereofónico color dorado añejo. Las luces fueron tenues, mientras esperaba a quien jamás llegaría. Sería mejor salir a tomar un poco de aire fresco.

Afuera no habían aves.

5.1.09

Michael Dudok de Wit

Cuando la gente no ha escrito recientemente en su blog suele decir que "ha estado ocupada con cosas reales" o "su vida ha estado más activa". Yo simplemente diré que no le he dedicado el tiempo que alguna vez le dediqué a escribir o buscar cosas interesantes por la web. Más allá de disculparme con algún posible lector lo quiero invitar a ver esta nueva entrada, que no es algo mío exactamente sino que esta vez estoy "usando la poesía de otro".

Es interesante comprobar que las artes nos ponen en contacto con lo importante de la vida, con los conceptos sublimes de la existencia. En esta serie de cortometrajes que quiero mostrarles estamos en frente a esos conceptos, a través de breves animaciones hechas con trazos simples y música inolvidable.

Se trata de los cortometrajes del animador holandés Michael Duduk de Wit, quien ha participado en la dirección, el guión y el diseño de los siguientes cortometrajes animados:


Tom Sweep (1992)



Le Moine et Le Poison (1994)



Father and Daughter (2000)



The Aroma of Tea (2006)


10.7.08

Complicidades


Amanecieron abrazados esa mañana de domingo, sintiendo aún el sabor de sus besos, sintiendo aún el cosquilleo en el estómago, un poco por los nervios pero también por el exceso de cerveza y comida chatarra. Anselmo abrió los ojos, y vio a su mejor amiga durmiendo, o tal vez fingiendo que dormía, y se le ocurrió que quizás ella se había despertado antes y lo había estado mirando de la misma forma. Pero no. Ella aún dormía. "Terrible es todo ángel", recordó Anselmo. La idea lo atormentó un rato, hasta que la flojera y el calor de su amiga lo volvieron a sumergir en el mundo de arena.

Carmen se despertó al poco rato, y vio a su amigo profundamente dormido. Sintió una indescriptible dicha de sólo verse allí, en medio de su íntimo amigo y el resto del mundo, tapada con su brazo fuerte y con el chal rojo que tenía desde la niñez lejana. La sensación de dicha sólo era opacada por su aliento amargo y por su ya clásica e incontrolable sed matutina. Necesitaba un poco de agua, y de aire, y estirar las piernas adormecidas.

Se levantó y dio algunas vueltas por su cuarto, sin hacer nada en particular, salvo sonreir con travesura. Puso algún disco de Coltrane y se sentó en la cama, mirando a Anselmo, justo cuando él abrió los ojos, seguramente emocionado por reconocer My Favourite Things, y esos vientos maravillosos del free jazz. Sonrió y pensó que estaba en lo cierto al pensar que ella se había despertado antes, seguramente evadiendo toda lógica temporal, que en esos ratos no haría más que despejar las dulces interrogantes de su alma excesivamente llena de fábula.

"Buenos días, señorita" le dijo. Ella respondió con un beso frío y húmedo, no de saliva pero sí de agua de la llave. Porque la humedad de la saliva es más tibia. Se besaron casi toda la mañana, como recuperando el tiempo perdido. Ambos pensaron en esos innumerables "casi". Al fin hacían lo prohibido, al fin superaban el miedo de arruinar su amistad, y a su vez se les abría un inmenso horizonte de nuevas sensaciones, mezclas de culpabilidad y sosiego y tranquilidad y ganas de quedarse acostados toda la mañana. En realidad ya no quedaba mucha mañana. Lo mejor sería ir a la feria y comprarse algunas verduras para su almuerzo, y tal vez alguna chuchería inservible pero linda.

Así pasaron los días. No hicieron más que darse besos, como si no sintiesen la necesidad de nada más. Y, de hecho, por el momento, no sentían la necesidad de nada más. Pero se besaban a escondidas, como si tuviesen miedo del qué-dirán, como si a alguien más le importara en lo más mínimo su sencillo y altamente predecible affaire. Seguían haciendo las mismas cosas que siempre hacían, re-buscar en los vinilos de las tiendas de antigüedades de la calle Colón, estornudar un rato viendo libros usados, flanear, caminar si rumbo por el Almendral, subir algún cerro que no tuviesen en su memoria y hablar con las personas que atienden los negocios de barrio, o que pasean a sus mascotas, o que simplemente están allí sentados en algún escalón de alguna esquina viendo la vida pasar. Además de eso, su amistad no cambió notoriamente. Pero por dentro, comenzaron a sentir todo un universo de nuevas cosas.

Cada día llegaban a la casa de Carmen, y apenas cerraban la puerta comenzaban a besarse. Cada día los besos tenían más pasión. Pero no pasaban de eso. Su amor era inteligente, moderado, quizás demasiado paciente, quizás aún muy poco pasional.

Ambos sabían que todo lo que estaban viviendo tendría que, necesariamente, ser conversado en algún momento, pero los dos le hacían el quite a la conversación seria, y preferían seguir con sus vidas normales. Después de todo, hoy en día ya nadie "pololea", ni siquiera "anda"... entonces, para qué pensar en algo como eso... pero lo pensaban, en el fondo ambos lo pensaban...

Una lluviosa tarde del mes de mayo los obligó a hablar con franqueza. Fueron a tomarse un café a algún oscuro sitio de calle Esmeralda, gastándose los últimos peniques que quedaban en un gusto divino que ambos tenían como una cuasi-adicción. Anselmo notó que Carmen lo miraba con otros ojos. De hecho, sus redondos ojos negros brillaban mientras lo miraban fijamente tomarse su expresso doble. También se dio cuenta que él mismo la miraba con otros ojos. Se miraron los labios, se tomaron las manos, se sintieron el uno al otro como tantas veces pero de una forma tan distinta. Se desearon como dos adolescentes (que, de hecho, casi eran)

Llegaron a la casa de Carmen a eso de las ocho, con un poco de hambre y sobre-estimulados por la cafeína. Ni siquiera se dieron el tiempo de poner algún disco, y eso que Anselmo venía pensando en escuchar The Art Ensemble of Chicago. Carmen entró al baño, y mientras se peinaba frente al espejo se preguntó a sí misma si Anselmo se sentía atraído hacia ella. Lógicamente, si preguntaba, las palabras sobrarían, así que lo quiso comprobar de la mejor forma en que saben comprobar algo el género femenino: empíricamente. No perdería el tiempo hablando algo que sólo puede expresarse con el lenguaje corporal, y menos con Anselmo que le gustaba tanto analizarlo todo y darse tremendas explicaciones de cosas tan simples. Salió del baño y vio que Anselmo estaba ahí parado, como estatua, esperandola, mirandola con la cabeza un poco agachada hacia adelante. Sus ojos se veían oscuros, casi sin que se notara la parte blanca; Carmen podía sentir su respiración, incluso a unos dos metros de distancia. Respondió sus dudas con esa mirada. Y miró de vuelta, y lo besó, como corolario de una tarde llena de ternura y deseo, de miradas furtivas y de cálidas necesidades.

Habían pasado casi dos meses desde que se besaron por primera vez. Se desvistieron el uno al otro con lentitud, con un poco de ansiedad y, por cierto, con gran curiosidad. Anselmo se dio cuenta de que, al contrario de lo que siempre había pensado, nunca había mirado a Carmen como alguien asexuado, sino que siempre la había visto como una mujer, una hermosa mujer que quisiera haber tenido a su lado. Ella, en tanto, no pensaba mucho, sólo actuaba, con ese instinto felino que le afloraba a veces, con ese impulso selvático que en esta ocasión sorprendía tanto a Anselmo.

Decir que el sexo fue lo que realmente comenzó su relación sería caer en una simplificación exagerada, en un reduccionismo injusto, y tal vez en una actitud insensible y materialista. Pero, sin duda, fue lo que gatilló una serie de conversaciones, todas ellas basadas en el eterno y tan típico problema de la definición de una relación. ¿Qué eran? ¿Qué cosa habían empezado casi sin quererlo pero deseandolo desde lo profundo? ¿Qué caja de Pandora habían abierto? ¿Qué camino sin retorno habían tomado esta vez?

Está demás decir que la primera vez que hicieron el amor fue casi de cuentos. Apasionada, extenuante, tierna, conmovedora, cariñosa, cálida, excitante, amorosa... a ambos les faltaban palabras para describir todo lo que había sentido, y seguían sintiendo allí tirados, atravesados en la cama de una plaza y media de Carmen. Se quedaron largo rato acostados, abrazados, pensando en lo que acababan de hacer, y en la nueva puerta que habían abierto... "terrible es todo ángel"... sintiéron miedo... miedo de perderse el uno al otro, miedo de no volver a ser lo que eran antes, miedo de comenzar una fatigosa relación, miedo de enamorarse demasiado...

"Sin riesgo no hay logro" pensó británicamente Anselmo (y su completo estoicismo no pasó desapercibido en su permanente diálogo interno, dispuesto a surgir en cualquier momento en sus constantes conversaciones consigo mismo). Después de todo, nadie había fabricado lo que les había ocurrido. Simplemente pasó, sin explicación racional aparente. La estudiosa Carmen esta vez no tenía palabras elegantes para explicar lo que había ocurrido. Ni Goethe ni Fromm le ayudarían esta vez. Sus ideas se le confundían. Sus recuerdos iban y venían, como hojas secas en medio del vendaval, y se llenaban sus ojos de imágenes tristes, de congojas pretéritas, de ansiedades perdidas en el tiempo, revividas sólo con el placer carnal. Lloró sin poder siquiera evitarlo. De sus ojos brotaron saladas lágrimas de niña, sincera e inesperadamente, con un llanto tan penoso que casi hace llorar también a Anselmo (y lo hubiera hecho de no ser por ese absurdo código masculino que tenía, ocasionado claramente por la presión de su crianza machista). Una lágrima que salió de su ojo derecho, que fue el primero en llorar, recorrió toda su mejilla y fue a parar a su boca, justo cuando Anselmo la besó tiernamente, y esa unión de labios y lágrima estableció un vínculo sagrado, el inicio de una complicidad más allá de todo entendimiento, el comienzo de una serie de noches llenas de deseo y finalizadas por lágrimas que provenían desde lo más profundo de la memoria de Carmen, producto de una serie de recuerdos que venían de pronto a su mente luego del extasis, que la hacían llorar irremediablemente en los brazos de su amigo-amante, que no sabía por qué pero la entendía. En el fondo Anselmo la entendía, aunque no tuviese la más remota idea de lo que pasaba por su mente, porque ella jamás contaba sus penas.

El problema de definición ya estaba resuelto. Eran "cómplices", compañeros de viaje, un par de mimos en un país de colores. Se tenían el uno al otro, y eso era lo importante. Dejaron de sentir miedo de comenzar algo que, en realidad, ya habían comenzado, y se dejaron llevar, como un barco de papel por los canales interminables formados por la lluvia, se dejaron llevar por un sentimiento nuevo pero a la vez antiguo, que cada día tomaba nuevos matices, uniendo cada vez más sus jóvenes destinos, al mismo tiempo que unía sus latidos en explosiones de efervescencia y complicidad.

19.6.08

La supervivencia del ángel


Desde las profundidades del inconsciente asoman ideas, renacen penas que nunca hemos olvidado, arremeten los climas con sus fastuosos corceles dorados, víctimas del Universo que se avalanza sobre los dioses mortales. Nunca flanearemos con tanta vida como cuando este azul invierno nos cobijaba con su fraterno y frío manto de insistencias. Las figuras en blanco-y-negro me sonrieron otra vez desde su eterno mundo de colores que no existen. Fuimos mimos otra vez, haciendo mímesis de los sentimientos humanos, re-creando la vida para luego dejar que se pierda sumergida en las arenas amarillentas del egoísmo. Los idilios no pensaron jamás en retrodecer, cuando hace frío, cuando llueve, cuando las camas se hacen más propicias, cuando las piernas suaves y los leves cariños en la oscuridad de la tarde nublada tienen un extraño y familiar sabor a café con vainilla.

Una vez más las tórtolas vuelan con su vuelo raso, fugaces como luces del anochecer citadino. Lúgubres patios en medio de la soledá, inhabitable fantasía del género humano; y divagaciones, agonías, múltiples alevosías, encanto de sirena, música bajo tierra, ensimismamiento, capricho de los dioses. Y nosotros viajamos, alejados de nosotros mismos, ansiosos de paz, hambrientos de sueño, cubiertos de felicidá de esa con olor a noche y estío. Burócratas y autómatas, kafkianos irremediables, androides inpensantes se cruzan en nuestro vuelo, en corbata y de terno, en traje color pastel, con miedo a las dictaduras que nunca acaban. Siempre hay engendros que nos quitan la paz, disfrazados de verde y encargados del bandidaje disimulado, con forma de papeles y formularios engorrosos, o boinas y lumas pesadas, chorros de agua sucia, ropa ensangrentada, rostros que no dejan verse amparados por la fuerza que ejerce el centro de la tierra disfrazada de noche.

Antítesis irremediables del ángel color ámbar, caíamos sin remedio en agujeros infinitos, perdimos la capacidad de ver en colores por culpa de la angustia, acostumbrados cada vez más a llevar una vida oriental, que es el nuevo sueño americano. Pulpas de ilusión se acurrucan en nuestros tobillos, como cuando las serpientes del día se reían de nuestros desvelos, y no podemos dormir, otra vez es nuestro el insomnio, y construimos nuevos mundos que recrean en nuestro, pero desde un punto de vista más hipotético.

4.6.08

Cerebro desencajado que necesita descanso

Cuándo dejarán de agobiar las múltiples sinestesias verdeoliva.

- Había una vez una sonrisa que no quería ser pulida, se fue entonces a pasear con su mirada y juntas se escaparon del rostro.
- Había una vez un infierno que estaba cansado de no existir.
- Había una vez una orilla que daba a un límite que daba a un barranco que daba a una quebrada que daba a un cerco que daba a una línea que daba a una frontera que daba a una canción navideña.
- Había una vez un cantante mudo.
- Había una vez un cuadro surrealista pintado con brocha, en el que difícilmente se notaban los pechos de una enfermera, según dicen que quiso plasmar el pintor.
- Había una vez un había una vez que un hombre soñó que estaba soñando.
- Había una vez que el infinito se aburrió de sí mismo.
- Había una vez que un espejo se miró al espejo y vio la Verdad de las cosas.
- Había una vez un cinto que era finito pero que se doblo moebiamente y se hizo infinito.
- Había una vez un número que cada vez que se achicaba a la mitad, se hacía más infinito.
- Había una vez una guerra que se mató a sí misma.
- Había una vez un sin-sentido sin-dirección y sin-motivo.
- Había una vez un jazzista cuya originalidad era imitarse a sí mismo.
- Había una vez un club que no tenía integrantes pero que cumplía rigurosamente con las reuniones.
- Había una vez una persona que quiso ser el mundo. Dicen que lo logró.
- Había una vez un comienzo de cuento que parecía final de cumbia (ahi nomás...)
- Había una vez un tipo algo aburrido que comenzó a escribir un montón de veces "había una vez..."

2.6.08

El nostálgico Alonso

Todos los del grupo – que hacía un tiempo comenzaron a llamar "cenáculo" – tenían cierto temor a la posibilidad que Alonso siguiera los pasos del inglés Chatterton. ¡Vivía en carne propia el mal del siglo XIX! Era como un Petrus Borel contemporáneo, como un individuo de otra época. Se vestía como un jazz-boy de los años veinte, usaba el pelo como Gautier y se enternecía con sólo pensar en un retorno a la Naturaleza originaria. No veía noticias, porque eso acabaría definitivamente con su ánimo, y porque nunca fue muy bueno para ver televisión. Prefería la radio. Usualmente sintonizaba alguna de esas radios que tocan discos de los sesenta y setenta, los clásicos romanticones italianos, o algún programa de jazz. Se aburría con el free jazz, prefería siempre escuchar a Satchmo, Beiderbecke o Ellington. Mejor si la música de la ocasión era alguno de esos blues de Ma Rainey o Bessie Smith.

La nostalgia era su sentimiento más cotidiano. Cuando hablaba con Anselmo le contaba sobre su niñez, allá en el sur, sobre los pozos profundos de donde sacaban agua, sobre la parcela que tuvieron que hipotecar sus abuelos, sobre su madre haciendo pastel de choclo y otras artes. Dentro del grupo su amigo más cercano era Anselmo, que al parecer era el único que lo entendía. Un día leyó un poema suyo en voz alta, pero todos se quedaron en silencio, menos Anselmo que le analizó el poema hasta la última palabra. Nunca creyó que alguien lo entendería así. Desde ese momento, se pegó a Anselmo como si éste fuese su hermano mayor.

De hecho, Alonso era un par de años menor que Anselmo, y se parecían bastante en su ánimo melancólico. Carmen le decía a Alonso siempre que mirara el lado positivo de las cosas, él le respondía que obviamente era capaz de observar toda la Belleza que hay en las cosas, en la Naturaleza, en la Humanidad, en el Universo, pero que no era muy capaz de soportar su propio presente. Carmen tenía miedo de tener al lado a un pequeño suicida, a un Cesare Pavese (que se mató con una sobredosis de sonmíferos) o a un Paul Celan (que se arrojó al río Sena) pero en versión porteña. Anselmo le decía a Carmen que dejara tranquilo a Alonso, que después de todo a Rilke le pareció mejor quedarse con sus demonios, con tal de no perder a sus ángeles.

Gustav no le prestaba la menor atención a Alonso. Lo consideraba inmaduro. Una vez hablaron, según recuerdan los demás del grupo, y Alonso le contó a Gustav la historia de un amor imposible que había vivido hace algún tiempo. Gustav lo reprochó, diciéndole que ningún amor es imposible, y que a la larga el amor ni siquiera existía, que era una invención capitalista para vender tarjetas, y que el amor era como la complejización de deseo y de la necesidad de preservar la especie humana. En ese tipo de cosas no coincidían esos dos, así que preferían no hablarse. Pero Anselmo siempre lo defendía, como todo un hermano mayor, se llevaba bien con él y le gustaba escucharlo. Además, admiraba sus versos. A veces se sentía un Paul Verlaine al lado de un Rimbaud, aunque claro, sólo con sentimientos fraternales.

A Fernanda sólo le parecía "lindo". En una de las reuniones del "cenáculo" Fernanda contó una anécdota que le ocurrió mientras iba en el metro, y Alonso le dijo algo así como "tú sí que sabes contar anécdotas", lo que provocó la más hermosa de sus sonrisas, lo que era sorprendente dado que Fernanda era una mujer no muy acostumbrada a reírse así de sincera. Cuando Fernanda se reía no se le veían bien los ojos, se le tapaban con sus largas y negras pestañas, y casi nunca abría la boca para reírse, se reía más bien con los labios. A Alonso le encantaba eso.

Alonso fue el último en integrarse al grupo. La historia del grupo es bien simple: Carmen y Anselmo tenían la inquietud de formar un grupo, algo así como el club de la serpiente cortazariano, así que empezaron a reunirse ellos dos solos. Luego se les unió Fernanda, que era amiga de Carmen hace algunos años. En otra ocasión diremos más sobre esa extraña amistad entre esas dos fuertes mujeres. Estando ellos tres ya se podía hablar de un grupo. Fernanda un día trajo a Gustav, un mochilero uruguayo que había llegado hacía menos de un mes a Valparaíso, en ese tiempo "andaban", aunque les duró poco esa relación. Después llego Alonso, que era el hermano de un amigo del colegio de Anselmo. Fue Alonso el que propuso que el grupo se llamara "cenáculo", al estilo del cénacle de la biblioteca de Arsenal de París, bastión del romanticismo francés. El resto estuvo de acuerdo, por el momento. "Quizás habrá que pulir un poco más el nombre, pero me gusta" dijo Carmen en aquella ocasión. "Dale, sólo nos falta un Manifiesto ahora" dijo Gustav, que parecía bien entusiasmado con la idea. "Hay por ahí unos manuscritos que tenemos que pueden servir de Manifiesto, al menos para comenzar" dijo Carmen, provocando el pudor de Anselmo. Alonso sólo los miraba, con rostro tranquilo, contento de haber completado el nuevo cenáculo de lectores y escritores malditos.

30.5.08

Migrar a Nihil

Accedo
de memoria
al juego de la eternidad.
Simulo que estoy vivo
y muerto
que mi aliento dorado no deja
de brillar
y de lucir tornasol sonrisa.
Me invento y me destruyo
en un juego
de pasiones hedonistas,
autosubyacentes,deconstructivas...
realidad inconsciente,
madre de las realidades.

Re-creo mundos
que algún inmortal soñó
inmaculado
alguno de los dioses que ya
no están,
sin futuro alguno emigraron
a universos paralelos,
a siestas permanentes,
o a submundos etiquetados.

Intento acceder al lenguaje
originario
mas no encuentro la salida
del laberinto
de lo inacabado.

¿Volverán los negros párpados
a abrirse de par en im-par?
Quien esté más cerca del Cielo
que de un paso hacia arriba.
Quien no sepa cuándo
el día se hace infame
escucha
la canción
del invierno
vestirse de arena oscura.

Cuida de no aniquilar
al albatroz que
trae suerte a tu ruta.
Infame corredor sideral,
romperás tus silencios
hechos de analogías.
Antes volveré, Yo-colectivo, del polvo azul
deconstruído con mi propia ironía,
reconstruído con el lenguaje primitivo,
antes del no-tiempo.

22.5.08

La casa de los tíos

Comíamos de las manzanas que caían del árbol,
en el patio de la casa de los tíos.
Cuando llovía nos acostábamos, y las tías
contaban cuentos de memorias ancestrales.
Desearía volver a ver esos chales
con que nos cubrían,
el pecho inamovible del abuelo frente al brasero,
el mate y el queso de cabra,
las conversaciones interminables frente al fuego.
La lluvia afuera. Un auto que llega,
son más familiares que se reúnen bajo el mismo techo.
Siguen sopaipillas y otras artes.
Sigue lloviendo. De un momento a otro
vemos alguna rama volando por la ventana.
Los grandes salen al patio a arreglar
lo que haya que arreglar.
Los niños nos quedamos dentro,
deseando salir,
pero a la vez imaginándonos que el viento
nos podría llevar volando,
como a las ramas de antaño.

En la noche nos aprendemos de memoria
los sonidos de las gotas,
para al otro día volver a olvidarlos.
Música sobre el tejado.
Nos sacamos los calcetines por el calor de la estufa.
Desearíamos estar afuera,
pero no nos movemos de la cama.
Los caballos relinchan,
el coro de fantasmas canta
hasta el amanecer,
sólo callado por los queltehues.

Al otro día desayuno
en la mesa de mimbre,
huevos recién empollados
revueltos en la pailita deforme.
La lluvia se detenía, salíamos,
los perros nos ladraban
jubilosos, nos acompañaban
acompañando al abuelo,
que iba a buscar agua al pozo
en unos baldes de lata.
Escuchábamos el sonido del agua,
y los sonidos eran todos distintos.
Comprendimos el significado de la música.

Hay que ir al pueblo, más familia nos espera.
Hay que comprar víveres, por si sigue lloviendo.
Nos vamos en auto, pasamos por los barriales.
Nosotros vamos acostados en el asiento trasero,
mirando los cables de alta tensión.
Las nubes están negras, por ahí algún trueno
ilumina el sendero.
En el pueblo hay poca gente, y pocos negocios abiertos.
Hay pan, dice alguno
con faltas de ortografía.
Ya va a ser hora de almuerzo,
Hay que llevar lo necesario.

Volvemos temprano. Las tías ya prepararon
porotos con riendas,
ensalada a la chilena y ají rojo verde amarillo.
Los primos juegan entre los perales.
Un primo grande ensilla los alazanes.
Vamos a dar un paseo.

Orgullosos estamos de cabalgar solos.
Tanteamos al amigo que nos trae aventuras,
vemos si trota suave, si corre como un rayo,
vemos si salta las acequias, si entra en el bosque oscuro.
Las ramas nos rasguñan el rostro, pero el amigo sigue trotando.
Salimos a un claro, y de ahí a la parcela,
nos llaman a comer los abuelos y los tíos.
Hay que volver, nos vamos galopando,
de pronto sentimos el viento y el movimiento escaso,
del amigo casi volando. Nos emociona.
Estamos al fin corriendo.

Nos sentamos a la mesa. Cada tía cuida a sus críos.
Nuestra madre nos trae la comida,
después de lavarnos las manos.
(De niños queríamos casarnos con nuestras madres.
Al crecer quisimos casarnos con las madres de nuestros amigos.
Algunos quisieron casarse con sus amigos.
Otros no volvimos a pensar en casarnos)

Otra vez la lluvia comienza.
Otra vez el fuego eterno
que eterniza los cuentos de la abuela,
los mates con cáscara de limones,
el pan amasado
hecho en horno de barro.
De nuevo el calor en la casa,
los chalecos de lana tejidos con cariño,
los demás niños bostezando, las velas encendidas,
los pijamas con dibujitos, las cortinas desteñidas.
De nuevo viene el viento, los fantasmas
y la imaginación que nos lleva lejos,
a países de fantasía.

6.5.08

2086

Mi abuelo decía que antes existía el día, la claridad, que el cielo no estaba todo el tiempo cubierto de nubes negras. También decía que estaba arrepentido de no haber hecho nada para impedir el desastre, igual que mucha gente de su época. Siempre me decía que no valía la pena estar vivo en este mundo, que mejor hubiera sido haber muerto con los cambios que se produjeron, y que no fue suerte la de poder adaptarme a ellos, sino una maldición. Mis padres murieron con esos cambios, no supieron respirar el nuevo aire, no sobrevivieron sin la luz del sol, su piel no aguantó la radiación del planeta ni la falta de agua. Mi abuelo dice que mejor por ellos.

Pero no sé, no le creo tanto a mi abuelo. Siempre anda diciendo cosas como esa. A veces se junta con otros ancianos y se ponen a hablar de cosas pretéritas. Dicen que les encantaba ir a la playa a bañarse, lo cual yo no entiendo porque todo el mundo sabe que meterse al agua es un suicidio, porque ahí van a parar los desechos de la ciudad. Dicen que los computadores de ahora son inentendibles, como si fuera tan difícil "hablarle" a los computadores. Yo no los entiendo, pero los respeto. Todo el mundo habrá tenido su época de gloria. En cuanto a mí, me acostumbré a vivir en este mundo, y no me imagino uno distinto.

En esos tiempos prometían un armagedón, una explosión nuclear masiva, el derretimiento de los hielos, etc. Pero nada ocurrió tan rápido, todos los cambios fueron paulatinos, y de la misma forma fueron las muertes por inadaptación. En el colegio nos enseñan eso. Por eso habemos tantos huérfanos. Me pregunto cómo lo habrán hecho los ancianos como mi abuelo para sobrevivir. A veces pienso que de la pura culpa que sienten de no haber hecho nada para remediarlo.

En su tiempo, dice, a nadie le importaba que las grandes potencias jugaran con energía nuclear ni fabricaran armas biológicas. Parece que en esa época recién se estaban utilizando esas; hoy las usamos para calentarnos la comida y para eliminar plagas de ratones. Dice que el calentamiento terrestre fue ocasionado por la misma gente, no por el planeta, pero no sé si creerle porque en la escuela dicen que la Tierra naturalmente tiene ciclos y glaciaciones, y ahora te tocaba subir de temperatura. Pero igual me parece raro todo lo que dicen en la escuela.

A veces hablamos de eso con mis amigos. Estamos horas "conectados" conversando de nuestra vida. Mi abuelo dice que paso demasiado conectada, y que en su época los adolescentes también estaban horas en el computador pero que yo era una aberración. Pero me da lo mismo, total todos los chicos de la escuela hacen lo mismo. Mi abuelo dice que deberiamos juntarnos, en persona, si queremos conversar, y no siempre a través del computador, pero no me imagino dónde podríamos juntarnos con mis amigos si en las calles no se puede estar más de media hora, no hay nada que hacer. Mi abuelo dice que en su tiempo habían restaurantes y cafés, pero no sé lo que es eso. Dice que allí se juntaban a conversar y a comer. Esa es otra cosa que no entiendo, porque si uno quiere comer simplemente "cocina" unas cápsulas con todo lo necesario y punto, uno come bien rápido, suena aburrido perder mucho tiempo en eso. En el colegio nos enseñan a variar nuestra alimentación, así que yo tengo todo tipo de cápsulas.

Mi abuelo, igual que los otros viejos, son bastante distintos a nosotros. En realidad, parecen de otra raza. En la escuela nos enseñan que no debemos discriminarlos por ser distintos, pero es bien difícil no hablar de eso. Para empezar tienen la piel más oscura; mi abuelo dice que nosotros somos los pálidos, y dice que es porque yo nunca conocí la luz del sol. Además, nosotros tenemos la nariz más pequeña y los dedos más largos, ellos no. Ellos se visten con colores tan antiguos, como azul rojo y verde, no como nosotros que nos vestimos con colores como el sxai y el fugk.

En fin. Esas son las diferencias que me hacen no comprender a mi abuelo. Por ahí escuché que ya no podremos vivir en este mundo, porque el planeta simplemente morirá, y tendremos que irnos a colonizar otro planeta. Pero lo mismo decían en la época de mi abuelo, y todavía vivimos aquí, y en la escuela nos enseñan que la raza humana siempre se sobrepone a los cambios, se adapta y finalmente sobrevive.

21.4.08

Entre el vientre y las nubes

Desde mi piel nos lanzamos al vacío, inertes,
como dos copas sin vino y sin dilaciones,
inocuas manchas de sudor en los muslos,
acciones que de pronto
se esfuman, para volver a empezar
inauditas, gloriosas,
infames, y otra vez decisivas.
Los árboles de la infancia refulgen
en agonías multicolores
adoradas fantasías que el regazo
sabe bien sosegar, lánguidas melodías
de voces fraternas,
tantas simpatías que el recuerdo
se encarga de hermosear.
Una vez más los televisores
se apagaron con la oscuridad, y con el silencio
llegaba a mis manos esa piel de arena,
suave y cálida,
desierto implacable de calores etéreos,
voces nauseabundas dentro del aliento
compartido,
localismos inentendibles y
aromas azulplateado, besos
vagabundos peregrinos y perdidos
como la sangre en mis venas, como el amplio lodazal
que deja la lluvia una vez más
entre el vientre y las nubes.

20.4.08

Visiones febriles de sangre e irrealidad

Juego con mis entrañas, adjunto a mi alma el tejido lipídico de mis sueños adoloridos. Sueño, despierto, y sueño despierto, a veces, como si fueran ulteriores primeras veces, como si las llanuras fúnebres de la erupción amalgamara así sin pensarlo siquiera los golpes de agonía que el abismo representa para los mortales dioses de los hombres. Y sin pensarlo, escribo lo que pienso. Los dedos adquieren la misma vida que las serpientes indias dentro de la canasta de mimbre, pobres hipnotizadores, pobres atizadores del fuego griego, del fuego eterno, del fuego anterior al fuego. Los libros se abren delante mio, en idiomas que apenas conozco porque los he visto en algún sueño, porque en esas lenguas hablaron ante mí los profetas de mi onírico mundo interior, y los libros se abres y ellos dicen cosas maravillosas, de animales inmensos con piernas largas y de jinetes que los controlan sólo con la mente, y de muros ciclopeicos infinitos para detener su paso. La temperatura rompe los cristales que soportan la apatía, el estado febril amenaza con extravagancias insoportables, cuando el cuerpo deja de ser leve, y lo que la mente sueña el cuerpo lo siente como si fuese cierto, como si los cortes en el estómago hicieran sangrar y perder tripas, y mis manos se dirijen a mi abdomen sin marca y pueden aún sentir las tripas emigrando del cuerpo y tiñendo escarlata los desiertos que me separan de la realidad.

5.4.08

Gustav y los escritores malditos

En la mirada un esbozo de luciérnaga atrapada, de chinchín rojo refulgente, rojos también los zapatos, apresurándose en cruzar la calle a mitad de cuadra. Se dirigía a evadir un poco el mundo. Esta vez necesitaba estar sola. Lo había entendido. Las andanzas con Gustav no la habían dejado muy bien esta vez, no necesitaba tanto arte barato ni frases repetidas. Esta vez necesitaba estar sola, crecer, encontrarse, cantar, hablar sola. Ni siquiera su mejor amigo podría salvarla de este embrollo. La verdad es que no tenía ganas de verlo, ni menos de tener que explicarle lo que había pasado. Después de todo, Gustav era parte del grupo, ese grupo que ambos habían formado, y tanto Gustav como Alonso y Fernanda tenían vidas aparte, profesiones y vagancias, más allá del grupo mismo, y el grupo era una tribu pero no una familia, eso estaba claro.

Gustav ingresó a la sociedad un verano porteño de calles solitarias. Llegó, románticamente, cruzando la cordillera a pie, a veces ayudado por algún camionero amable y aburrido de estar solo en esas alturas tan heladas. Gustav era de Uruguay, aunque su padre era francés (él nunca lo conoció realmente, como él mismo contó en una de esas interminables veladas en cerro bellavista). Nunca perteneció a ningún lugar. Nació en Montevideo, aunque su madre era de Colonia. Su madre, niña humilde, se sintió de inmediato atraída por Antoine Viera, un francés aventurero que llegó a Montevideo una fría mañana y compartió con ella hermosos, pálidos y orientales inviernos. Fue amor a primera vista, al menos para ella. Antoine, tres años después, prosiguió su aventura. Jamás lo volvieron a ver en el Uruguay. Por ahí se supo que había muerto cruzando Los Andes.

Gustav heredó de su padre el gusto por los viajes. A los doce años, después de ver a su madre morir de leucemia, empacó sus pocas pertenencias y viajó a París en busca de su padre. Nunca supo bien para qué lo buscaba. Posiblemente para conocer su propia identidad.

Como su padre, conoció a numerosas mujeres, de todos los colores y aromas, con los acentos más diversos. Nunca se enamoró (al menos, eso es lo que asegura). Su viaje lo llevó desde París de vuelta a Sudamérica. Conoció el Amazonas y las selvas colombianas. Obtuvo y se deshizo de varios libros, los cuales fueron su escuela y su compañía durante todas esas noches tropicales. Eso, y la experiencia del viaje, de la aventura, de las mujeres.

Sí, las mujeres siempre fueron importantes para él. Nunca supo si tuvo algún hijo. Jamás se quedaba tanto tiempo en un lugar como para haberlo sabido. Un par de mujeres lo había amado, otro par lo había odiado, pero la mayoría habían estado con él sólo por el placer inmediato y efímero que representaba, en una relación de mutuo gusto con fecha de caducación. Presicamente como él entendía que debían ser las relaciones. (Qué lejos estaba de esa generación de su madre, que se había enamorado de aquél francés intrépido, había tenido un hijo de él y jamás lo había olvidado, hasta el día de su muerte)

Cruzó la cordillera de Los Andes por en Norte. Atrevesó el desierto en camiones mineros. Desde Antofagasta hizo autostop hasta Valparaíso. Ahí se quedó por un tiempo largo, enamorado de sus calles de adoquines y el viento polvoriento de las tardes dominicales.

Fernanda lo conoció en un bar. Conversaron y congeniaron. Esa misma noche se disfrutaron el uno al otro. Ella sabía que estaba en frente de un aventurero, así que no le tomó gran importancia. Lo llevó una noche a las reuniones con Carmen y Anselmo, las que habían comenzado hacía algunas semanas y se llevaban a cabo en su casa. Se reunían para hacer nada, para discutir problemáticas sin solución, para criticar al gobierno anterior y al actual y al posterior, para hablar de poesía y de arte, para escuchar jazz.

Fernanda era la típica niña mimada, viñamarina de nacimiento y crianza, quien desde que conoció a Prada y a Larra nunca pudo dejar el diseño y la crítica literaria. Ambas cosas las desarrollaba en forma mediocre. La decoración de su casa dejaba harto que desear, así que el resto del grupo, sin decirselo de frente, había resuelto mantener las luces apagadas durante las reuniones y sólo utilizar velas aromáticas. Sus comentarios literarios eran algo más acertados, se notaba que se instruía a diario, al igual que Carmen. Dos mujeres que, siempre rivalizando, eran hijas legítimas de la teoría y el conocimiento.

Anselmo y Gustav eran, por el contrario, hombres de praxis. Jamás llegaban a nada concreto. Anselmo se deprimía con facilidad, y Gustav era el maestro en hacer reír, no tanto por sus bromas sino por su actitud de hombre de mundo y sus ínfulas de superioridad. Una vez se juntaron esos dos a escribir algo en conjunto; nadie sabe lo que pasó allí, pero jamás volvieron a hablarse directamente.

Por otro lado estaba Alonso, un niño inquieto, estudiante de sociología e incansable lector de poesía romántica francesa. Para él, dios no era Yahvé, sino Rimbaud. Él mismo quería ser un poeta maldito de la actualidad, sudaca y todo, pero sabía bien que no tenía el talento necesario (pese a la opinión de Anselmo, que lo encomiaba a publicar lo que escribía).

Todos los del grupo escribía, pero ninguno jamás mostró lo escrito a nadie fuera del grupo. Pudor o inseguridad, quién lo sabe. Gustav escribía poemas sin métrica alguna, siempre desde primera persona y siempre, siempre, siempre, hablando de mujeres (pechos selváticos, vientre cubierto de sal matutina, etc.) Alonso describía imágenes macabras pero mágicas, inmensidades demasiado insondables que sólo dios (o sea, Rimbaud) podría vislumbrar. Anselmo escribía poemas, todos inconclusos, sobre cosas que ni él mismo podría describir; cada vez que los leía en voz alta durante las veladas producía tal silencio que hasta podían escuchar el ruido de las micros por la avenida alemania. Carmen no escribía mucho. Más bien leía. Lacán, Mann, Hobbes, Heidegger, Ortega, Octavio Paz, Jorge Luis... todo lo que llegara a sus manos era devorado por sus ansias de conocimiento. Fernanda no era tan buena lectora, pero era la única que leyó completos los libros de Proust y sabía explicar mejor que nadie (para deleite de todos) las leyendas que circulaban en torno al mito del rey arturo, los poemas épicos griegos, los cuentos de Borges (era especialista en encontrar las tesis en los ensayos). Todos eran escritores, pero tremendamente malditos...

... en fin, Carmen iba por la calle apurada. Era consciente de haber caído en la trampa más antigua, y se sentía mal por haberse sentido por una vez igual a muchas mujeres poco lúcidas (incluso ignorantes, como ella misma admitía). Gustav era un viajero sin reglas, y pese a los consejos de Anselmo (que eran leídos por ella como síntomas de celos, por lo demás, los únicos celos que habría sentido Anselmo desde que lo conocía), se había dejado llevar por la dulzura artificial de un profesional. Y no era mala intención de parte de Gustav; cada cual cumplía su papel en la historia, él era un donjuan, y ella, la chica intelectual que cuando tiene que vivir alguna aventura al estilo Anaïs Nin no sabe qué hacer. Deja que las cosas pasen, que Gustav juegue su carta (que por cierto, no pierde tiempo en jugarla), y acaba sintiéndose tonta por haberle creído a pseudoartista aventurero e inconsistente.

Lo que menos quería era verles la cara a los demás del grupo, ni a Fernanda que fue su antecesora, ni a ese Anselmo lleno de advertencias. Tendría que esperar algunas semanas antes de volver a juntarse con los escritores malditos.

16.3.08

Los Pensamientos de Anselmo

Estoy en un café escribiendo, formo parte de una imagen tan cursi y retorcida que me doy rabia yo mismo. ¿Acaso intento ser el clásico intelectual que hace público un momento tan privado como el de la inspiración? No lo sé. Sólo caminaba y quise un café, se me ocurrió una idea y ahora la estoy escribiendo. Antes era mucho más sencillo con mi libreta, esa libreta que andaba trayendo a todos lados.

Me pregunto si se aparecerá Carmen en algún momento. Me la imagino sentada en la mesa del fondo, esperando que la mire, pero nunca miro, porque si miro voy a acabar distrayendome; y es que ahora mismo tengo una buena idea y no voy a dejar que pase. Es lo mismo cuando estudio: necesito un buen tiempo para concentrarme y para leer y tomar apuntes. No se puede hacer todo a la pasada, a-la-que-te-criaste, eso no está bien, si uno quiere que algo le salga bien tiene que concentrarse, eso es lo que pienso.

Ahora mismo, pretendo juntar unas cuantas líneas y formar una suerte de poema, que al parecer no rima y aunque dice muchas cosas no creo que nadie sea capaz de leer todas las cosas que puse en estas pocas líneas. Es que uno está lleno de palabras-cápsula, y lo que una palabra contiene para uno no es lo mismo que lo que contiene esa misma palabra para otro. La vida está llena de puntos suspensivos y de palabras-cápsula. Además, tiene tantas auto-referencias que difícilmente alguien que no me conoce (y que sólo ve el nombre o pseudónimo del autor de poema) pueda entender. Pero no sé por qué razón me preocupo, si siempre he escrito sólo para mí, para mi propia felicidad y satisfacción. No sé por qué pienso en algún lector. Debe ser porque me interesa la gente, igual que a la Carmen, esa es una cosa que nos une; eso y el gusto por el jazz. ¿Dónde estará ahora? Quisiera levantar la vista para ver si anda por ahí cerca, pero es muy posible que no esté en ningún lado y acabe distrayéndome y este poema sea otro intento fallido de expresar lo que siento y pienso. Y si anda por ahí cerca, seguro que me voy a enterar, me ponga o no a mirar alrededor. Se me está acabando el café, tendré que pedir otro, al fin estoy obligado a despegarme de este poema.

Levanto la vista para pedir otro café, y no me sorprende lo que veo a través del vidrio: una pequeña figura se esconde detrás de los diarios del quiosco de la esquina. Obviamente Carmen jugando a la detective. Me pregunto cuánto rato lleva espiándome. Me divierte esto de ella. Como me lo esperaba, se dirije hacia acá, mirando hacia abajo, de seguro avergonzada de sorprenderse a sí misma jugando a ser niña. Me saluda como siempre, con los ojos, sin palabras, simplemente con los ojos, no se sienta conmigo sino que se queda de pie y me invita a dar un paseo. Sí, me haría bien un paseo, así tomando aire fresco pueda ordenar mis ideas. Me dirijo a pagar la cuenta y mientras saco las monedas miro hacia afuera y ahí está Carmen, esperándome, mirando hacia arriba y recibiendo unas tímidas gotas en sus guantes rojos sin dedos. Siempre prefiere quedarse afuera, cuando me ha acompañado al médico o a hacer algún trámite siempre prefiere quedarse afuera. Me recuerda a una bicicleta verde que tenía de niño.

Sí, vamos a dar una vuelta, mi querida Carmen. Dejaré que tú me dirijas, como siempre, así tengo tiempo de pensar un poco en otra cosa. Me tomas el brazo, a mi me encantaría que me tomaras de la mano, pero a tí no te gusta tomar de la mano. Debe ser parte de la rebelión femenina contra el pasado machista y masculinodominante. Te gusta tomarme el brazo. En parte lo disfruto, aunque al poco rato me canso de tener el brazo para tí y me dan calambres, que no son calambres sino síntomas propios del hiperquinético que soy.

Me encantan estas calles de adoquines, que son conocidas por mí porque llevan hacia tu casa. Atrevida Carmen, me estás llevando a tu casa, como sin quererlo. Tal vez tú también estás en piloto automático y avanzas sin pensarlo por los lugares conocidos. Me encanta tu casa y jugar con tu gato Tender, que es el símbolo de nuestra amistad. Bueno, dices, ya que estamos acá subamos a mi casa. Seguro, respondo. Subimos las escaleras y al entrar de inmediato sentimos el calor hogareño, y claro, vemos la oportunidad de sacarnos la ropa mojada por la lluvia. Claro que también nos sacamos algo de ropa seca, por puro ánimo de jugar un rato. ¿No vas a poner un dico primero? ¿Poner la tetera y tomarnos un té caliente? ¿No vas a mostrarme los libros que te compraste ayer en la feria de las pulgas?. No. Hoy estás diferente. Hoy no quieres tanto diálogo. Estás como distante, como pensando todo el tiempo en algo. Yo también.

No acostamos en tu cama sin desarmarla, sin abrir los pétalos de tu cama. Me apoyo en la almohada y tú te apoyas en mi pecho. Es un ejercicio hecho tantas veces que he perdido la cuenta de cuántas veces te apoyas en mi pecho. Yo no me aguanto. Te veo tan hermosa mirando hacia el vacío, e nota que recuerdas y que el pasado te atormenta, y eso me vuelve loco. Tus ojos negros dicen tanto que ni te imaginas, seguro que piensas que guardas el misterio y nadie sabe que estás sufriendo por dentro, pero tus ojos lo dicen todo sin usar palabras sino en el lenguaje más originario. Y el sexo, una vez más el sexo, es tu forma de redimirte de ese pasado, porque así tu no te escapas del pasado sino que te embriagas de él, y juntos no caemos al vacío y rebotamos hasta más arriba de las nubes, y nos quedamos abrazados, acurrucados, extasiados, sin importarnos el calor agobiante que hay en el breve espacio entre tu nariz y mis ojos, y nos quedamos ahí extáticos, simplemente oyendo la lluvia que cae en tu techo.

Los Pensamientos de Carmen

Te observo ahora mismo Anse y tu ni te das cuenta te tomas tu café antes que se enfríe demasiado y te concentras en tu laptop porque sabes que si te pones a mirar quien entra y quien sale se te van a pasar valiosos minutos de tu tiempo tu bello tiempo tu preciado tiempo que varias veces malgastas en mí demasiado poco en tí mismo Anse deberías cuidarte más pero para eso estoy yo ella la única que te conoce mi Anse la única que podría cuidarte ahora mismo me estás esperando y eso que no nos pusimos de acuerdo siempre me esperas pero no miras ni cuando me esperas ni cuando nos despedimos y no me miras y yo te quedo mirando como una tonta como una adolescente mirandote y esperando que des la vuelta a la esquina para no seguir mirandote y luego volver al mundo real y ahora mismo me estás esperando y tu ni sabes que me estás esperando algo me dice que mejor espere aquí escondida detrás de estos diarios sin que me veas acaso se te ocurre levantar la vista aunque eso nunca sucede porque no te gusta levantar la vista porque se te van minutos preciosos si te distraes con la gente la gente la gente ese gusto que tu y yo compartimos sí la gente eso y el jazz yo sé que tu entiendes aunque no te lo digas conscientemente yo sé que tu sabes lo que siento aunque soy muy torpe para admitirlo y para darme cuenta que te estoy mirando desde los diarios como una psicópata o mejor como una detective sí me gusta más como una detective y qué pensarán las demás personas si me miran así mirándote y sonriéndome sola de puro humor que me da que nunca mires a ningún lado mientras trabajas y yo qué floja mirandote sin hacer nada mejor me pongo a mirar las portadas de los diarios a ver si el señor de ahí deja de mirarme como bicho raro y tú lo entiendes todo Anselmo y muy por detrás estoy yo con mi Fichtes mis Ortegas y mis Nietzsches y mis explicaciones teóricas nada pueden contra tus explosiones creativas y emocionales y tu todo lo entiendes y por eso soy feliz contigo voy a esperar unos diez minutos para hablarte mejor me quedo mirándote y recordando momentos juntos como tantos en que nos quedamos acostados hasta tarde y yo sólo quiero apoyarme en tu pecho aunque tú empiezas siempre con esos juegos que a veces me pierdo absorta en mis pensamientos y mis propios recuerdos qué loco eso de recordar dentro del recuerdo es como soñar dentro del sueño me estoy poniendo surrealista igual que tú Anse mientras te tomas el café y te concentras en tu laptop inventando quizá qué cosa algún poema algún cuento alguna historia en que me menciones sin mencionarme eso me encanta de ti y mi teoría queda tan atrás con tu práctica y por eso soy feliz contigo ahora dejas de leer y empiezas a mirar para todos lados ya te desconcentraste y yo sonrío porque me da risa cuando te desconcentras y sabes que te estoy mirando se te nota que sabes que te estoy mirando tu práxis va más allá que mi teoría y ahora se me hacen chicos los diarios y ya no me esconden bien y de pronto tu me miras fijamente y sonríes y te preguntas cuánto rato llevo mirándote te lo preguntas con las cejas porque tú todo lo preguntas con las cejas mientra te ríes con los ojos no quedamos de juntarnos pero te vi tomando el café y no pude evitar acercarme y espiarte pero soy muy tonta para admitirlo así que no voy a decírtelo pasaré a saludarte y después me iré soy tan torpe creo que me veo bien la vitrina me lo ha dicho creo que estoy bien para verte me puse roja siempre me pongo roja voy a tomarme el pelo una y otra vez porque me puse roja y a ver si tomandome el pelo se me quita lo roja hola anselmo que haces como si no supiera que estás ahí inventando algo en tu laptop y tratando de concentrarte y cómo no voy a saberlo si llevo como media hora mirándote vamos a dar una vuelta hace una tarde increíble ahí afuera dale vamos a caminar obviamente respondes que sí si a ti te encanta caminar sobre todo si está a punto de llover y te he estado mirándo de hace como media hora salimos del café y te tomo del brazo y tu brazo está firme y no se mueve eso me encanta de ti Anse que no importa que se esté acabando el mundo tu nunca aflojas tu brazo y me hablas de Satchmo y te emocionas hablándome de Satchmo y nos vamos caminando sin darnos cuenta y llegamos a mi casa y nos acostamos una vez más eso me encanta de tí Anse que no importa que se esté acabando el mundo afuera tu nunca aflojas tu brazo y siempre quieres quedarte acostado y yo sólo quiero apoyarme en tu pecho pero tu comienzas tu juegos y me vienen los recuerdos y las lágrimas yo sé que tú entiendes todo mi Anse incluso más que yo misma y te sigo el juego aunque no siempre pero ahora te sigo el juego y es lo más bello quedarnos abrazados escuchando la lluvia en el techo...

9.3.08

El robo

Regresó en la mañana. Hacía un frío de esos que impiden sentir lo fríos que están los dedos, a pesar de los guantes verdes de lana tejidos por la tía del sur. Sentía la clásica sensación de haber pasado la noche afuera, el estómago vacío y el ardor de ojos. En lo único que pensaba era en un café y una tostadas. Abrió la puerta de su casa y notó algo extraño, todo estaba desordenado, los cajones abiertos, faltaban cosas. Subió las escaleras y sintió un viento terrible desde su cuarto, abrió la puerta y vio la ventana abierta, a la fuerza, trató de cerrarla pero el seguro estaba roto. Lástima. No sabía si había sido mejor no estar en la casa mientras los asaltantes se llevaban todo. Tal vez no hubiesen entrado si ella hubiese estado ahí. Tal vez... Fue a la cocina, cansada del "qué-hubiese-pasado-si". Por suerte no se habían llevado el café. Puso dos láminas de pan de molde integral en el tostador, dejó calentando el café y fue a lavarse la cara al baño. Sus ojos estaban hinchados, se vio en el espejo, tenía ojeras notorias y su nariz estaba roja y helada. Se sacó el gorro de lana y se peinó un poco, se cepilló los dientes. Click. Su desayuno estaba listo. Corrió a la cocina, le puso mantequilla a los panes y se sirvió el café. Se sentó frente a una ventana y miró hacia la calle. Se quemó un poco la lengua con el café. No importaba. Afuera pasó un tipo rubio en bicicleta, unas señoras con bolsas subiendo el cerro (hablando de algún accidente, la forma de la calle permitía escuchar las conversaciones de la gente que por ahí transitaba, algún juego acústico-físico), un niño con uniforme de colegio corriendo calle abajo (era hora de estar en clases, seguro que este escolar se escapó, como decían antes, "se-hizo-la-cimarra").

Terminó de desayunar y llamó a Anselmo, quien hace unos días había accedido por fin a comprarse un celular. El aparato no hacía ninguna maravilla, pero servía para hacer y recibir llamadas. "Anse, se metieron a la casa unos ladrones" "¿Qué te robaron" "No sé, ¿puedes venir más tarde? No quiero estar sola en este momento".

Anselmo llegó a eso del mediodía. Se notaba que venía recién duchado. "Ellos sabían que tu no estabas, seguro que te vieron salir, y sabían que vivías sola. ¿Nunca viste a algún tipo merodeando por acá cerca?" "Y qué se yo, Anse, si no ando sospechando de todo el mundo que anda en la calle, nunca tan paranoica". Comenzaron una suerte de inventario, un anti-inventario en realidad, tratando de ver qué cosas faltaban.

Se llevaron un televisor. Qué tontos, no sabían que ese televisor ya no funcionaba, que estaba ahí desde antes que Carmen arrendara la casa. También se llevaron unas billeteras, todas vacías. Se llevaron un tren de juguete, lamentable, ese juguete tenía una tremenda historia... no quiso pensar en ello. Se llevaron algo de ropa, toda ropa de verano, que había dejado ahí encima para guardarla en cajas ahora que había comenzado el otoño. También un pasapelículas antiguo...

"En realidad no se llevaron tanto, ah? Si me hubiesen pedido esas cosas tal vez yo se las hubiese regalado, sin problema, así me deshacía de cachureos. Lástima que hayan roto la ventana, me muero de frío con ese aire helado entrando por ahí". Anselmo inventó un sistema para mantener la ventana cerrada, algo típico del maestrochasquilla que llevaba dentro, un invento bastante precario pero eficiente por el momento, hasta que mandara a arreglar la ventana. "Qué bueno que los ladrones no sabían nada de música, no se llevaron ese disco de Chet Baker que tenías encima, ni los cedés que tenías guardados en esa caja que está abierta ahí. Apuesto que sólo buscaban plata, o algo que se pudiese vender. Ya me imagino a los pobres corriendo apenas con la tele y las billeteras, cerciorándose al llegar a su guarida que la tele no funcionaba y que las billeteras estaban vacías". "Es que para qué voy a andar con plata, si existen cajeros automáticos".

Carmen decidió hacer un orden profundo en su casa. Ahora que tenía menos cosas sería más sencillo. Resolvió, gracias a su intelecto detectivesco, que habían sido cuatro ladrones, probablemente menores de edad, buscando dinero y cosas para vender. Entraron por la ventana pero salieron por la puerta del frente, seguro que algún vecino habrá escuchado algún ruido extraño, salieron apurados y dejaron cosas tiradas, llevándose sólo lo que podían cargar.

"Vamos a dar una vuelta, carmencita, para que te distraigas, luego te ayudo a re-ordenar tu casa". Salieron, y cuando iban bajando la escalera se encontraron con la señora Triste, la arrendataria (que en realidad se llamaba señora Aguilera, pero siempre andaba muy triste...). "Qué bueno que la encuentro, señorita Carmen, anoche se metieron unos ladrones a su casa y se llevaron algunas cosas, el vecino de al lado los escuchó y llamó a los carabineros, por lo que escuché ya los pillaron, deben estar en la comisaría ahora, dése una vuelta si quiere recuperar sus cosas".

Carmen no quería recuperar sus cosas. Pobres ladrones. Pobre gente que, por pura necesidad, anda robando, y se roban puras cosas inútiles y más encima los pillan. Alguien tiene que hacer justicia aquí. Fueron a la comisaría, resueltos a salvar a los ladrones de los malvados policías. Un tipo sin expresión los recibió en el mesón y les hizo algunas preguntas, como dónde ocurrió el hecho y cuál era el valor total de las cosas robadas. Carmen le dijo que no tenían tanto valor, que quería saber qué les harían a los ladrones. "Lo de rutina nomás pues, señorita".

Esperaron afuera de la comisaría. Hacía un frío tremendo. Ya estaba oscureciendo cuando salieron los pobres ladrones. Ella se acercó y se inquietaron, se imaginaron cualquier tipo de agresión, pero muy por el contrario ella los trató de buena forma, hasta los invitó a tomarse un chocolate caliente a su casa. Los ladrones, que eran Jonathan, Manuel, Alejandro y "el Sativo", eran gente del barrio, pobres como la mayoría de la gente de ahí. En la comisaría les quitaron lo que habían robado, aunque nunca se lo devolvieron a Carmen. También se quedaron con una poca marihuana que andaban trayendo. Conversaron de los males de la sociedad hasta tarde y luego se fueron, prometiéndole a Carmen arreglarle la ventana al día siguiente. También le prometieron "protección" en las calles. Ella no pensó mucho en eso, porque nunca desconfiaba de la gente de la calle, por muy drogadicta o "flaite" que parecieran. Pero desde ese día, cada vez que subía o bajaba el cerro los veía por ahí, rondando, y los saludaba, y le parecía divertido que tendría de ahí en adelante unos ángeles guardianes cuidándola.

11.2.08

Divagaciones, urgencias y encandilamientos

Agonizante periplo el ser, interesante aventura cubierta de papel chocolate sin doblar, absurda apariencia semi dominante semi pasiva, alocada aurora fugaz llena de personajes curiosos. Un día veo un aguilucho irse en picada contra una paloma, dejando en cuestión de segundos nada más que unas pocas plumas tiradas en el pavimento, otro día veo a sunrise y sus ojos clavados en la ventana tras la que yo estaba en el tren en el que yo iba pero sin saber si me vio o sólo vio el reflejo del vidrio cual espejo azul brillante encandilando a los esperantes del tren en dirección contraria que nunca pasaba, u otro día en que desperté sin sueño a las tres de la mañana y tuve que ocuparme en algo para no aburrirme hasta que amaneciera y dieran las ocho y tuviera que tomar la micro y avanzar y ocuparme de verdad. Celofanes color anochecer inundan mis sueños de pos adolescente, otorgándole a los días nublados un sabor a vainilla indescriptible, una humedad y perdón que las nubes lucen con elegancia. Todo es como un capítulo cortazariano que comienza con la búsqueda de la maga y termina con la búsqueda del terrón de azucar en los pies de la gente de no se qué restorán parisino. Todo es como algún libro proustiano en que cualquier línea se torna tan interesante e intrigante que te hace despertar del resto del libro, y te dan ganas de volver atrás para ver lo que te perdiste mientras cabeceabas. Todo es como recordar los viejos amores de la infancia y hasta mirar los ojos jubilosos de aquella secundaria tras el vidrio de su sala y yo del otro lado mirando y esperando y mirando. Las prosas de la adultez difícilmente tendrían el mismo aroma de las rimas infantiles. Y el blues del siglo pasado, y el comentario profundo, y el beso prófugo en las cañerías de la lucidez, y el tango de gardel y el mambo de perez prado, y aretha franklin cantando i never loved a man the way i love you y uno deseando que fuese el receptor de tal frase, y el jugo de fresa, y las amigdalas inflamadas a las tres de la tarde, y la búsqueda del soundtrack del cualquier película de cuando recién le sacaban soundtracks a las películas, y el vals triste de yann tiersen o la canción excesivamente romántica de la piaf que lo lleva a uno a las patas de la torre eiffel comiendose uno de esos panes largos y viviendo un no se qué romance. La vie, l'amour. La lluvia nunca cae igual que la vez anterior, sea que uno esté solo o acompañado, en esas tardes lluviosas de mayo en que lo mejor es quedarse en la cama, llenandose de calorías mientras se disfruta a tim burton o a kusturica, o se anotan las diferencias entre metropolis y m de fritz lang. A veces viene alguna idea para un cuento, pero la mayoría de las veces uno se las mete en los bolsillos mentales y nunca más las saca. Otras veces viene al urgencia por buscar trabajo o por terminar no se qué tarea inconclusa o tener esa conversación que a cada rato uno posterga, o la urgencia por las obligaciones siempre vigentes y nunca finalizadas. Y a veces el jazz, e incluso un poco de folkie. Que charlie haden, que vandermark five, que count basie y su april in paris, que bessie smith que a uno le dan ganas de llorar aunque no entienda el modismo sureño de la letra. Y las cosas que nucna se olvidan como si a uno se las hubiesen tatuado en la piel de la memoria, y el recuerdo que siempre cambia como la historia sin fin y que capaz que si uno viajara en el tiempo ni reconocería eso que vivió por allá por los mil novecientos ochenta y nueve. Al final, siempre el ojo se encandila aunque sea un hilo de luz que pasa a través del agujero de la pared.

16.1.08

Si ella era del campo

Pies descalzos salió a correr por esas piedras que jamás le hicieron daño. Sonreía y el sol brillaba en sus dientes. Jamás se hizo problema alguno, ni con la vida ni con la existencialidad del ser humano, jamás puso una mala cara cuando tenía que ir a trabajar en las parcelas, jamás lloró por un castigo recibido, jamás reclamó frente a una comida mal cocinada. En el pueblo decían que era un ángel, que su bondad superaba a la de cualquier hombre. Otros dirían que era un santa, pero los santos están todos muertos.

De niña se acostaba en la alfalfa, a veces abría los corrales para que los animales pastaran y pasearan, a veces corría persiguiendo alguna mariposa amarilla que por allí pasara. Pies descalzos era de la naturaleza, la ciudad nunca fue para ella.

En cuanto pisó la capital comenzó a sentirse mal. Tenía que ir a un doctor que sólo atendía allí, así que no le quedaba más remedio, aunque suene medio paradógico. Si hubiese podido evitarlo habría ido a la costa, que siempre le había atraído; pero su madre fue tajante, y el lunes temprano esperaron el bus para irse a Santiago.

No quería estar allí, las calles la mareaban. El olor del humo la sofocaba y parecía que el sol iba a terminar derritiéndola. El clásico olor del bus había sido sólo la introducción de su pésimo y empeorante malestar citadino. Había que volver pronto.

Cuando estuvo de vuelta los familiares le preguntaban que qué tal Santiago, que si había ido a macdonals o al mol, que si había visto a tal o cual actor o animador. Pero ella contestaba siempre lo mismo, que había pasado tanto tiempo tratando de soportar su malestar que al final no se fijó en las cosas buenas de la capital. Y eso no se le podía criticar pues, si ella era del campo y al campo pertenecía, y las estaciones del metro no le interesaban en lo más mínimo, ni el parque forestal ni el persa estación, ni la cercanía con el resto del mundo.

Litoral

En el litoral el clima estaba enmudecido. La necesidad de estancia en nuestros sueños no agobiaba ya, aún vagando solo y cayendo en cuenta del paso del tiempo, inevitable, recordando problemas que ya no lo son, calles que siguen allí pero de otra forma. El arcoiris siempre fue hermoso después de la lluvia, como las nubes de seda que cubrían nuestros junios, como el agua que subía con la luna.

Otoño y los platos ovalados. Con ensaladas verdes en mesas de madera añeja. Se desplomaron las imágenes de lo que nada queda, y conn ellas los pocos que quedaban en la casona de la infancia. Tantas dudas que surgían cuando los volantines no podían alcanzarse, y con los remolinos jugábamos a ser grandes. Tan grandes como el viejo alerce.

Crecimos junto a los matorrales. Corrimos por prados que no eran nuestros. Pero el mundo nos pertenecía y nosotros éramos del movimiento y del húmedo viento del norte. Nos iremos volando o tal vez nunca dejemos la patria ajena. Si esa bandera es lo que somos ¿qué queda de todo el resto?

Nunca fue casualidad el acierto, o acaso jamás pensamos en aquello, sólo disfrutamos los mates de la abuela con queso de cabra tostado al brasero. Las fronteras jamás lo fueron del todo, el holograma, el alucinógeno, el ferrocarril del norte árido y solitario que curtió nuestra piel a través del sol.Y ahora en el litoral, el viento que otrora nos hubiera asustado. El viento, el mar, los pescadores, la casa blanca, los volantines, la alfalfa, los recuerdos infatigables.

15.1.08

Los Poetas Malditos. Ruptura, Modernidad y Vanguardia

La modernidad es una ruptura, en cuanto contradice a la tradición al mismo tiempo que crea una nueva tradición; en lenguaje poético, a través de la ironía rompe las analogías (de la tradición), pero a la vez construye nuevas analogías. Tal es el caso de los Poetas Malditos, principales antecedentes de la vanguardia artística y cuyo espíritu y herencia están dominados claramente por la modernidad. Baudelaire, Rimbaud, Lautrémont y Apollinaire, y desde ellos hasta las vanguardias, son el principal ejemplo de ello.

La modernidad aparece como una escisión, una fragmentación. En los románticos observamos al menos tres características primordiales a la hora de analizar la tradición de la ruptura asociada a sus obras. Primero, que la melancolía se sitúa como el mal del siglo, un siglo drogadicto y torturante, esotérico y polémico. Segundo, que los románticos, junto con su crítica, van fundando una anti-tradición, o un “no” a la tradición, lo que a la larga va a constituir una nueva tradición. Tercero, que su noción del presente cambia, dejando de ser algo extático y simple resultado del cíclico devenir histórico, para ser un presente único e irrepetible, fundamentado en el porvenir. La poesía de los románticos, lejos de ser mimesis, va “por delante de la acción”, como afirma Rimbaud, siendo una anticipadora y productora de la realidad; la poiesis desoculta el porvenir.

Baudelaire, a quien se atribuye la acuñación de término modernidad, plantea que siempre hay modernidad en el arte, aún en las obras que están en función con lo eterno. Lo moderno se identifica con lo propio del devenir humano, lo fugaz, lo efímero, lo transitorio, lo inmanente. En otras palabras, el cambio. La analogía de la tradición imperante era la episteme como eternidad o cimiento eterno; la nueva analogía impuesta por el moderno Baudelaire es el carácter efímero del hombre, el carácter histórico del hombre. Baudelaire es un trasgresor de la tradición, quiere adentrarse “hasta el fondo de lo desconocido”, que es la imagen del Abismo, “para encontrar lo nuevo”, que es el porvenir. A través de la ironía en la poesía, rompe la analogía, por ejemplo, de la belleza en el poema “La Carroña”, o de la propia visión del poeta dentro de la sociedad convirtiéndolo en un anti-héroe identificado con “El Albatros”, una ave cuyo vuelo es sublime porque pertenece al cielo, mas no a la tierra, donde su andar es torpe y desgraciado. Lo bello para Baudelaire está dado por la posibilidad de la belleza, que es tan propia del ser humano ya que es efímera, así como el amor es transitorio. Propio de todas las modernidades, el poeta no pertenece al mundo donde vive, es desintegrador y por tanto es exiliado de la ciudad; sin embargo, como un albatros, vuela por lo desconocido, lo otro, lo nuevo, lo incógnito. Y las figuras retóricas que utiliza Baudelaire para “decir lo otro” son básicamente dos: el oxímoron y la sinestesia, especialmente en su poema “Correspondencias”, en el que podemos destacar la importancia del símbolo o unión de dos mitades, y sólo a través de la escisión (ruptura) se puede causar la unión de ambas; en el fondo, a través de la ironía (que separa lo unitario, destruye del cosmos) se propone construir una realidad nueva, pasar del caos nuevamente al cosmos. La poesía desconstruye, pero a la vez construye algo nuevo; éste es el verdadero sentido de la ruptura.

Rimbaud, por su parte, se opone tajantemente a la tradición, a su actualidad, a través de lo nuevo, que corresponde a la poesía nueva, poesía que él mismo estaría iniciando, al romper con “los jóvenes románticos” quienes hacen canciones y no obras (pensamiento cantado pero además comprendido). Tal parece que Rimbaud quiere reinstalar al poeta exiliado en la República de Platón, ya que la razón del exilio fue precisamente el no salir de la caverna, quedarse en la mimesis de la realidad. Y es que para Rimbaud la poesía debe preceder a la acción, el poeta debe hacerse vidente, superar la observación básica a través de los sentidos y utilizar la sinestesia para captar lo que no es evidente, para penetrar en la esencia más profunda de las cosas, en su quintaesencia. ¿Cómo? Pues a través del “desarreglo de los sentidos”, con lo que observará las cosas que no son evidentes, incluso aquello que es monstruoso al entendimiento humano, al exceso de los sentidos. La poesía no es algo extático, sino que es transformadora y creadora de nuevas realidades, realidades que van más allá de la simpleza de los sentidos. Rimbaud critica a la tradición, en este caso al individualismo romántico, postulando la superación del “yo”; tal como el alquimista transforma los metales, la obra es capaz de transformar al “yo”, de hacerlo “otro”; la obra se inserta en la comunidad y cumple una función transformadora; la poesía, de este modo, debe convocar a la acción, estar delante de ella.

El Conde de Lautremont (cuyo nombre verdadero era Isidore Ducasse) también hace un quiebre respecto con la tradición, en cuanto esta tradición postula el bien como valor universal, y él en su obra formula otra visión del bien y el mal. Rompe con la analogía imperante e impone una nueva. En “Los Cantos de Maldoror”, el protagonista a pesar de haber sido educado en el bien se de cuenta de su inclinación hacia el mal, y prefiere hacer el mal antes que ser hipócrita. Aquí vemos cómo la visión tradicional del bien se traslada, y observamos cómo el admitir la naturaleza malvada del hombre es en sí mismo una virtud. Claramente, un poeta moderno.

Apollinaire es el faro de todas las vanguardias, en cuanto constituye un eje, una visagra, entre los textos fundacionales y la vanguardia artística. Es quizás el poeta moderno más significativo dentro de la tradición de la ruptura, ya que cambia la visión tradicional del arte y lo sitúa derechamente como una actividad de avanzada, tal cual la jerga militar, es decir, una actividad que precede a la acción del hombre, que está por delante de dicha acción; en otras palabras, vanguardia. La poesía pasa a ser el centro de este arte. Su ruptura con la tradición constituye el mejor ejemplo para la formulación de los Manifiestos de los movimientos vanguardistas posteriores, además de ser quien primero acuñó términos como surrealismo, y la poesía – centro del arte – pasa a romper deliberadamente la estructura lógica y sintáctica del poema, lo que podemos observar en su obra “Caligramas”. El mismo Apollinaire es un vanguardista de las artes poéticas, ya que lleva al extremo la experimentación formal de sus obras. Rupturista en cuanto era un anti-burgués y porque su poesía rompía con los cánones formales, lo cierto es que su obra es estación obligada para el estudio de las vanguardias de fines del siglo XIX y sobre todo del siglo XX.

En conclusión, podemos decir que los poetas románticos, los denominados “malditos”, constituyen el principal (y primer) fermento moderno de su siglo, ya que sus obras (y sus propias vidas) son una ruptura con la tradición imperante, sea esta neoclasicismo, romanticismo clásico o estructuración poética formal. La poesía, como centro del arte, es y debe ser transformadora, en cuanto desconstruye la realidad, formada a través de la mimesis, y construye una nueva realidad, a través de una visión mucho más aguda que observa más allá de lo evidente. Las analogías se rompen, y en su lugar se imponen nuevas analogías, dispuestas quizás a que un nuevo movimiento moderno las rompa y erija en su lugar una nueva poesía.