Gustav y los escritores malditos
En la mirada un esbozo de luciérnaga atrapada, de chinchín rojo refulgente, rojos también los zapatos, apresurándose en cruzar la calle a mitad de cuadra. Se dirigía a evadir un poco el mundo. Esta vez necesitaba estar sola. Lo había entendido. Las andanzas con Gustav no la habían dejado muy bien esta vez, no necesitaba tanto arte barato ni frases repetidas. Esta vez necesitaba estar sola, crecer, encontrarse, cantar, hablar sola. Ni siquiera su mejor amigo podría salvarla de este embrollo. La verdad es que no tenía ganas de verlo, ni menos de tener que explicarle lo que había pasado. Después de todo, Gustav era parte del grupo, ese grupo que ambos habían formado, y tanto Gustav como Alonso y Fernanda tenían vidas aparte, profesiones y vagancias, más allá del grupo mismo, y el grupo era una tribu pero no una familia, eso estaba claro.
Gustav ingresó a la sociedad un verano porteño de calles solitarias. Llegó, románticamente, cruzando la cordillera a pie, a veces ayudado por algún camionero amable y aburrido de estar solo en esas alturas tan heladas. Gustav era de Uruguay, aunque su padre era francés (él nunca lo conoció realmente, como él mismo contó en una de esas interminables veladas en cerro bellavista). Nunca perteneció a ningún lugar. Nació en Montevideo, aunque su madre era de Colonia. Su madre, niña humilde, se sintió de inmediato atraída por Antoine Viera, un francés aventurero que llegó a Montevideo una fría mañana y compartió con ella hermosos, pálidos y orientales inviernos. Fue amor a primera vista, al menos para ella. Antoine, tres años después, prosiguió su aventura. Jamás lo volvieron a ver en el Uruguay. Por ahí se supo que había muerto cruzando Los Andes.
Gustav heredó de su padre el gusto por los viajes. A los doce años, después de ver a su madre morir de leucemia, empacó sus pocas pertenencias y viajó a París en busca de su padre. Nunca supo bien para qué lo buscaba. Posiblemente para conocer su propia identidad.
Como su padre, conoció a numerosas mujeres, de todos los colores y aromas, con los acentos más diversos. Nunca se enamoró (al menos, eso es lo que asegura). Su viaje lo llevó desde París de vuelta a Sudamérica. Conoció el Amazonas y las selvas colombianas. Obtuvo y se deshizo de varios libros, los cuales fueron su escuela y su compañía durante todas esas noches tropicales. Eso, y la experiencia del viaje, de la aventura, de las mujeres.
Sí, las mujeres siempre fueron importantes para él. Nunca supo si tuvo algún hijo. Jamás se quedaba tanto tiempo en un lugar como para haberlo sabido. Un par de mujeres lo había amado, otro par lo había odiado, pero la mayoría habían estado con él sólo por el placer inmediato y efímero que representaba, en una relación de mutuo gusto con fecha de caducación. Presicamente como él entendía que debían ser las relaciones. (Qué lejos estaba de esa generación de su madre, que se había enamorado de aquél francés intrépido, había tenido un hijo de él y jamás lo había olvidado, hasta el día de su muerte)
Cruzó la cordillera de Los Andes por en Norte. Atrevesó el desierto en camiones mineros. Desde Antofagasta hizo autostop hasta Valparaíso. Ahí se quedó por un tiempo largo, enamorado de sus calles de adoquines y el viento polvoriento de las tardes dominicales.
Fernanda lo conoció en un bar. Conversaron y congeniaron. Esa misma noche se disfrutaron el uno al otro. Ella sabía que estaba en frente de un aventurero, así que no le tomó gran importancia. Lo llevó una noche a las reuniones con Carmen y Anselmo, las que habían comenzado hacía algunas semanas y se llevaban a cabo en su casa. Se reunían para hacer nada, para discutir problemáticas sin solución, para criticar al gobierno anterior y al actual y al posterior, para hablar de poesía y de arte, para escuchar jazz.
Fernanda era la típica niña mimada, viñamarina de nacimiento y crianza, quien desde que conoció a Prada y a Larra nunca pudo dejar el diseño y la crítica literaria. Ambas cosas las desarrollaba en forma mediocre. La decoración de su casa dejaba harto que desear, así que el resto del grupo, sin decirselo de frente, había resuelto mantener las luces apagadas durante las reuniones y sólo utilizar velas aromáticas. Sus comentarios literarios eran algo más acertados, se notaba que se instruía a diario, al igual que Carmen. Dos mujeres que, siempre rivalizando, eran hijas legítimas de la teoría y el conocimiento.
Anselmo y Gustav eran, por el contrario, hombres de praxis. Jamás llegaban a nada concreto. Anselmo se deprimía con facilidad, y Gustav era el maestro en hacer reír, no tanto por sus bromas sino por su actitud de hombre de mundo y sus ínfulas de superioridad. Una vez se juntaron esos dos a escribir algo en conjunto; nadie sabe lo que pasó allí, pero jamás volvieron a hablarse directamente.
Por otro lado estaba Alonso, un niño inquieto, estudiante de sociología e incansable lector de poesía romántica francesa. Para él, dios no era Yahvé, sino Rimbaud. Él mismo quería ser un poeta maldito de la actualidad, sudaca y todo, pero sabía bien que no tenía el talento necesario (pese a la opinión de Anselmo, que lo encomiaba a publicar lo que escribía).
Todos los del grupo escribía, pero ninguno jamás mostró lo escrito a nadie fuera del grupo. Pudor o inseguridad, quién lo sabe. Gustav escribía poemas sin métrica alguna, siempre desde primera persona y siempre, siempre, siempre, hablando de mujeres (pechos selváticos, vientre cubierto de sal matutina, etc.) Alonso describía imágenes macabras pero mágicas, inmensidades demasiado insondables que sólo dios (o sea, Rimbaud) podría vislumbrar. Anselmo escribía poemas, todos inconclusos, sobre cosas que ni él mismo podría describir; cada vez que los leía en voz alta durante las veladas producía tal silencio que hasta podían escuchar el ruido de las micros por la avenida alemania. Carmen no escribía mucho. Más bien leía. Lacán, Mann, Hobbes, Heidegger, Ortega, Octavio Paz, Jorge Luis... todo lo que llegara a sus manos era devorado por sus ansias de conocimiento. Fernanda no era tan buena lectora, pero era la única que leyó completos los libros de Proust y sabía explicar mejor que nadie (para deleite de todos) las leyendas que circulaban en torno al mito del rey arturo, los poemas épicos griegos, los cuentos de Borges (era especialista en encontrar las tesis en los ensayos). Todos eran escritores, pero tremendamente malditos...
... en fin, Carmen iba por la calle apurada. Era consciente de haber caído en la trampa más antigua, y se sentía mal por haberse sentido por una vez igual a muchas mujeres poco lúcidas (incluso ignorantes, como ella misma admitía). Gustav era un viajero sin reglas, y pese a los consejos de Anselmo (que eran leídos por ella como síntomas de celos, por lo demás, los únicos celos que habría sentido Anselmo desde que lo conocía), se había dejado llevar por la dulzura artificial de un profesional. Y no era mala intención de parte de Gustav; cada cual cumplía su papel en la historia, él era un donjuan, y ella, la chica intelectual que cuando tiene que vivir alguna aventura al estilo Anaïs Nin no sabe qué hacer. Deja que las cosas pasen, que Gustav juegue su carta (que por cierto, no pierde tiempo en jugarla), y acaba sintiéndose tonta por haberle creído a pseudoartista aventurero e inconsistente.
Lo que menos quería era verles la cara a los demás del grupo, ni a Fernanda que fue su antecesora, ni a ese Anselmo lleno de advertencias. Tendría que esperar algunas semanas antes de volver a juntarse con los escritores malditos.
Gustav ingresó a la sociedad un verano porteño de calles solitarias. Llegó, románticamente, cruzando la cordillera a pie, a veces ayudado por algún camionero amable y aburrido de estar solo en esas alturas tan heladas. Gustav era de Uruguay, aunque su padre era francés (él nunca lo conoció realmente, como él mismo contó en una de esas interminables veladas en cerro bellavista). Nunca perteneció a ningún lugar. Nació en Montevideo, aunque su madre era de Colonia. Su madre, niña humilde, se sintió de inmediato atraída por Antoine Viera, un francés aventurero que llegó a Montevideo una fría mañana y compartió con ella hermosos, pálidos y orientales inviernos. Fue amor a primera vista, al menos para ella. Antoine, tres años después, prosiguió su aventura. Jamás lo volvieron a ver en el Uruguay. Por ahí se supo que había muerto cruzando Los Andes.
Gustav heredó de su padre el gusto por los viajes. A los doce años, después de ver a su madre morir de leucemia, empacó sus pocas pertenencias y viajó a París en busca de su padre. Nunca supo bien para qué lo buscaba. Posiblemente para conocer su propia identidad.
Como su padre, conoció a numerosas mujeres, de todos los colores y aromas, con los acentos más diversos. Nunca se enamoró (al menos, eso es lo que asegura). Su viaje lo llevó desde París de vuelta a Sudamérica. Conoció el Amazonas y las selvas colombianas. Obtuvo y se deshizo de varios libros, los cuales fueron su escuela y su compañía durante todas esas noches tropicales. Eso, y la experiencia del viaje, de la aventura, de las mujeres.
Sí, las mujeres siempre fueron importantes para él. Nunca supo si tuvo algún hijo. Jamás se quedaba tanto tiempo en un lugar como para haberlo sabido. Un par de mujeres lo había amado, otro par lo había odiado, pero la mayoría habían estado con él sólo por el placer inmediato y efímero que representaba, en una relación de mutuo gusto con fecha de caducación. Presicamente como él entendía que debían ser las relaciones. (Qué lejos estaba de esa generación de su madre, que se había enamorado de aquél francés intrépido, había tenido un hijo de él y jamás lo había olvidado, hasta el día de su muerte)
Cruzó la cordillera de Los Andes por en Norte. Atrevesó el desierto en camiones mineros. Desde Antofagasta hizo autostop hasta Valparaíso. Ahí se quedó por un tiempo largo, enamorado de sus calles de adoquines y el viento polvoriento de las tardes dominicales.
Fernanda lo conoció en un bar. Conversaron y congeniaron. Esa misma noche se disfrutaron el uno al otro. Ella sabía que estaba en frente de un aventurero, así que no le tomó gran importancia. Lo llevó una noche a las reuniones con Carmen y Anselmo, las que habían comenzado hacía algunas semanas y se llevaban a cabo en su casa. Se reunían para hacer nada, para discutir problemáticas sin solución, para criticar al gobierno anterior y al actual y al posterior, para hablar de poesía y de arte, para escuchar jazz.
Fernanda era la típica niña mimada, viñamarina de nacimiento y crianza, quien desde que conoció a Prada y a Larra nunca pudo dejar el diseño y la crítica literaria. Ambas cosas las desarrollaba en forma mediocre. La decoración de su casa dejaba harto que desear, así que el resto del grupo, sin decirselo de frente, había resuelto mantener las luces apagadas durante las reuniones y sólo utilizar velas aromáticas. Sus comentarios literarios eran algo más acertados, se notaba que se instruía a diario, al igual que Carmen. Dos mujeres que, siempre rivalizando, eran hijas legítimas de la teoría y el conocimiento.
Anselmo y Gustav eran, por el contrario, hombres de praxis. Jamás llegaban a nada concreto. Anselmo se deprimía con facilidad, y Gustav era el maestro en hacer reír, no tanto por sus bromas sino por su actitud de hombre de mundo y sus ínfulas de superioridad. Una vez se juntaron esos dos a escribir algo en conjunto; nadie sabe lo que pasó allí, pero jamás volvieron a hablarse directamente.
Por otro lado estaba Alonso, un niño inquieto, estudiante de sociología e incansable lector de poesía romántica francesa. Para él, dios no era Yahvé, sino Rimbaud. Él mismo quería ser un poeta maldito de la actualidad, sudaca y todo, pero sabía bien que no tenía el talento necesario (pese a la opinión de Anselmo, que lo encomiaba a publicar lo que escribía).
Todos los del grupo escribía, pero ninguno jamás mostró lo escrito a nadie fuera del grupo. Pudor o inseguridad, quién lo sabe. Gustav escribía poemas sin métrica alguna, siempre desde primera persona y siempre, siempre, siempre, hablando de mujeres (pechos selváticos, vientre cubierto de sal matutina, etc.) Alonso describía imágenes macabras pero mágicas, inmensidades demasiado insondables que sólo dios (o sea, Rimbaud) podría vislumbrar. Anselmo escribía poemas, todos inconclusos, sobre cosas que ni él mismo podría describir; cada vez que los leía en voz alta durante las veladas producía tal silencio que hasta podían escuchar el ruido de las micros por la avenida alemania. Carmen no escribía mucho. Más bien leía. Lacán, Mann, Hobbes, Heidegger, Ortega, Octavio Paz, Jorge Luis... todo lo que llegara a sus manos era devorado por sus ansias de conocimiento. Fernanda no era tan buena lectora, pero era la única que leyó completos los libros de Proust y sabía explicar mejor que nadie (para deleite de todos) las leyendas que circulaban en torno al mito del rey arturo, los poemas épicos griegos, los cuentos de Borges (era especialista en encontrar las tesis en los ensayos). Todos eran escritores, pero tremendamente malditos...
... en fin, Carmen iba por la calle apurada. Era consciente de haber caído en la trampa más antigua, y se sentía mal por haberse sentido por una vez igual a muchas mujeres poco lúcidas (incluso ignorantes, como ella misma admitía). Gustav era un viajero sin reglas, y pese a los consejos de Anselmo (que eran leídos por ella como síntomas de celos, por lo demás, los únicos celos que habría sentido Anselmo desde que lo conocía), se había dejado llevar por la dulzura artificial de un profesional. Y no era mala intención de parte de Gustav; cada cual cumplía su papel en la historia, él era un donjuan, y ella, la chica intelectual que cuando tiene que vivir alguna aventura al estilo Anaïs Nin no sabe qué hacer. Deja que las cosas pasen, que Gustav juegue su carta (que por cierto, no pierde tiempo en jugarla), y acaba sintiéndose tonta por haberle creído a pseudoartista aventurero e inconsistente.
Lo que menos quería era verles la cara a los demás del grupo, ni a Fernanda que fue su antecesora, ni a ese Anselmo lleno de advertencias. Tendría que esperar algunas semanas antes de volver a juntarse con los escritores malditos.
1 comentario:
ëxitos aprendiz de otoño!, ojalá siempre seamos eternosssss y eternos aprendices!
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