
Juego con mis entrañas, adjunto a mi alma el tejido lipídico de mis sueños adoloridos. Sueño, despierto, y sueño despierto, a veces, como si fueran ulteriores primeras veces, como si las llanuras fúnebres de la erupción amalgamara así sin pensarlo siquiera los golpes de agonía que el abismo representa para los mortales dioses de los hombres. Y sin pensarlo, escribo lo que pienso. Los dedos adquieren la misma vida que las serpientes indias dentro de la canasta de mimbre, pobres hipnotizadores, pobres atizadores del fuego griego, del fuego eterno, del fuego anterior al fuego. Los libros se abren delante mio, en idiomas que apenas conozco porque los he visto en algún sueño, porque en esas lenguas hablaron ante mí los profetas de mi onírico mundo interior, y los libros se abres y ellos dicen cosas maravillosas, de animales inmensos con piernas largas y de jinetes que los controlan sólo con la mente, y de muros ciclopeicos infinitos para detener su paso. La temperatura rompe los cristales que soportan la apatía, el estado febril amenaza con extravagancias insoportables, cuando el cuerpo deja de ser leve, y lo que la mente sueña el cuerpo lo siente como si fuese cierto, como si los cortes en el estómago hicieran sangrar y perder tripas, y mis manos se dirijen a mi abdomen sin marca y pueden aún sentir las tripas emigrando del cuerpo y tiñendo escarlata los desiertos que me separan de la realidad.
3 comentarios:
Me ha gustado mucho, esa vorágine... Me lo apunto.
"y sin pensarlo, escribo lo que pienso" es una frase tan cierta y buena como "hay que atacar a la Reina, no a los peones".
Saludos
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