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6.3.09

La muerte de un maldito

1

La sensación de éxtasis provocaba en Alonso una especie de clarividencia, una indescriptible claridad para percibir las cosas y una fuerte capacidad de decisión. Las noches que había pasado junto a Fernanda habían sido adornadas con hermosas conversaciones poéticas y metafísicas. Sus diálogos viajaban inductivamente para retornar deductivamente, intentando dilucidar la Verdad dentro de la verdad y esmerándose en unir las palabras con las cosas. En la cama de ella encontraba Alonso la explicación más lógica a todo tipo de asuntos: objetos voladores, magia, lenguaje, política, control social de las elites y, por supuesto, el Amor. A decir verdad, la diosa del Amor inundaba todos sus diálogos, como si aquellos malditos no pudiesen despegarse jamás de su carne, de su instinto, de su pasión. En mitad de algún tema de interés transformaban la pasión por el Conocimiento en pasión por el otro. Se enredaban en madejas filosóficas para terminar enredados entre las sábanas, y con el acto amoroso sintetizaban todas sus tesis y antítesis en una sola y gran explicación universal.


2

Las citas que utilizaban en sus ensayos verbales, fabricados mientras intentaban recobrar el aliento y miraban fijamente las imperfecciones del techo, eran seleccionadas minuciosamente.

El vodka que bebieron aquella noche de otoño los llevó a hablar de Tolstoi y de las largas descripciones que éste hacía de los sentimientos humanos que se hacían presentes en una milésima de segundo. Ambos se reían de la gran cantidad de información que el escritor entregaba al referirse a un acto casi imperceptible, pero que desde su visión detallista propia de un escritor descriptivo de su calibre, cobraba vital importancia para el desarrollo de la trama de sus novelas. Una mirada basta para provocar un giro en la historia, repetía una y otra vez Fernanda, mientras miraba con dedicación los ojos de Alonso. Y Tolstoi (al igual que el vodka) era sólo una excusa para continuar el juego de seducción.

Los besos y las caricias formaban parte de dichos ensayos, claro está. Ésa era una de las formas de unir las palabras con las cosas. Tal como cuando alguien ha vivido un tiempo considerable en el extranjero y al regresar se expresa mezclando los dos idiomas, Alonso y Fernanda cerraban una oración con un roce físico, como si tales actos complementaran cada idea (y de hecho lo hacían). Hay cosas que sólo pueden decirse con un beso, o con una mirada, la que basta para provocar un giro en la historia.


3

En algún momento de la noche recordaban los inicios de su idilio. El permanente interés del uno por el otro, las tajantes opiniones de ambos, algunas citas en común, el misterio de ambos. Claro que antes de poder siquiera acercarse Alonso había sido fielmente custodiado por su amigo Anselmo, que se había convertido en algo así como su hermano mayor, aunque sólo tenían dos años de diferencia. Y dicha amistad lo unía inevitablemente al binomio Anselmo-Carmen, separándolo del otro binomio Fernanda-Gustav. Es cierto: ambos binomios constituían un solo grupo, una sociedad de malditos unidos por las letras, pero existían diferencias tajantes entre ellos. En primer lugar Carmen tenía una especie de rivalidad amistosa con Fernanda, provocada quizás por la coincidencia de ser cada una de ellas una versión distinta de femme fatale, mientras que Anselmo no soportaba la presencia de Gustav (como tampoco la soportaba Alonso). En segundo lugar, ciertos hechos ocurridos entre Carmen y Gustav (de los que ella se arrepentía todo el tiempo) los separaban cada día más, mientras que el coqueteo entre Anselmo y Fernanda había terminado al momento en que éste se había ligado definitivamente a Carmen. En tercer lugar, las reuniones de ellos parecían más bien sesiones del poder legislativo, con oficialismo y oposición; y Alonso quedaba en medio del fuego cruzado. Pero una vez que Gustav se fue del país, quedando el quinteto de malditos reducido a cuatro integrantes (nuevamente), Alonso y Fernanda al fin pudieron juntarse.

Efectivamente, Gustav era, en la mayoría de los casos, el cuerpo de conflicto entre todos los miembros del grupo. Su forma de ser lo distanciaba del resto, tanto intelectual como culturalmente. Sólo había pertenecido a él por su relación con Fernanda, que aunque había acabado él seguía mencionando, exasperándola a ella y al resto. Era el doble opuesto de Anselmo, y claramente no tenía feeling alguno con Alonso, pero su acercamiento con Carmen había sido el detonante de la definitiva enemistad con ambos hombres.

Una tarde de octubre Gustav había recibido una carta desde Uruguay. Al fin tenía una pista de dónde podía estar su padre. Tenía que reanudar su viaje. Al irse para siempre Fernanda dejó de sentirse observada y permanentemente juzgada, y se sintió libre para comenzar algo con Alonso. Justo en esos momentos Carmen y Anselmo comenzaban su relación, casi sin seriedad pero, en el fondo, muy implicados el uno con el otro. De pronto se formaba un nuevo binomio Fernanda-Alonso, y el grupo comenzaba a disminuir las reuniones. Cada binomio comenzaba a vivir su propia historia.


4

La personalidad de Fernanda era diametralmente opuesta a la de Carmen. Mientras ésta última lloraba luego de alcanzar el éxtasis sexual, Fernanda sonreía, mostrando sus prominentes colmillos entre sus labios naturalmente rojos. Si el gesto definitivo de Carmen era la mirada (oscura, penetrante, decisiva), el de Fernanda era la sonrisa (ambigua, coqueta, inquietante). Hasta el sentido de la estética era diverso entre ambas musas; mientras Carmen prefería los colores oscuros, las faldas escocesas y llevar su pelo liso y negro tomado por palillos chinos, Fernanda escogía siempre colores vivos, ropa lisa y anteojos de sol que resaltasen su pelo claro.

El joven Alonso se enamoró de Fernanda, tal como Werther se había enamorado de Lotte. Siguiendo con los símiles, Anselmo vendría a ser como Wilhelm, el leal amigo de Werther a quien dirige sus sensibles y apasionadas cartas.

Pero Fernanda, al quedar libre de Gustav-Albert, y a diferencia de Lotte, dejó que Alonso se apoderara de sus sueños y vigilias. Tan sólo dos días después que Gustav se marchase, Fernanda corrió al cuarto alquilado de Alonso y respondió a sus poemas y angustias con un rotundo beso que quedó marcado en la memoria de estos jóvenes malditos por el resto de su existencia.

Lo cierto es que Alonso se asemeja al joven Werther también por su destino trágico. Pero aún no es momento de ahondar en aquellos tópicos.



5

Fernanda sentía amor, respeto y admiración por Alonso. Ella jamás sería capaz de sentir la angustia que él sentía. Alonso era un hombre del siglo XIX en nuestros días, tal como Borel era un anacrónico en los tiempos de Gautier. Tal como estos románticos del siglo de la angustia y la melancolía, que habían formado parte del Petit Cenácle en aquél efervescente París, el anacrónico Alonso había formado parte de aquél salón de lectores y escritores malditos, grupo que pronto llegaría a su fin a causa de los binomios…

Una noche, después de una celebración en el departamento de Fernanda, Alonso estaba especialmente exaltado. Se movía de un lado a otro con gran soltura. Parecía alegre. Besaba a Fernanda a cada instante. Pese a las sospechas de ella, él no había consumido ningún tipo de droga esa noche (a diferencia de otras noches, en que ambos llegaban a la Iluminación ayudados de diversas sustancias); estaba drogado, sí, pero con su propia pasión. Su padecimiento se había apoderado de él. No era su mente la que dominaba sus actos, sino más bien su pasión. Sentía que comprendía acabadamente el mundo, que al fin había llegado a comprender lo Inefable. Sentía que había visto el rostro de Dios y del Infinito. Veía fluir la energía cósmica por todos lados e iluminarse la silueta de las personas con todos los colores imaginables.

Sería difícil explicar con palabras lo que Alonso sentía esa noche. Al parecer, había logrado lo que muchos poetas han intentado sin éxito: ver de frente el Abismo, cruzar el límite entre este mundo y su fuente primera, vislumbrar al fin la “quintaesencia” (de la que hablaba Rimbaud, algo así como la “esencia esencial” de Hölderling), aquella energía primigenia que habría desencadenado la Vida y el Cosmos. El poeta debe hacerse vidente, se repetía constantemente Alonso. Esa noche, Alonso se sentía un vidente, un profeta, un iluminado.

El constatar su poético hallazgo, Alonso sintió de pronto que el Vértigo se apoderaba de sus miembros. Estímulos nerviosos fluyeron a través de su cuerpo, desde su médula hasta la punta de sus pies y manos. Al fin veía de frente el Abismo y sólo deseaba caer en él. Pero la Vida no era suficiente para aprehender toda la experiencia: era necesaria la Muerte para al fin alcanzar lo Inefable, para comprender el Todo, y no quedarse como un simple espectador mirándola.a lo lejos. Necesitaba tocar el Infinito con sus manos. Necesitaba caer, dejar que la gravedad lo abdujese hacia el centro del Cosmos, dejarse absorber por la Poesía anterior al Lenguaje.

El Amor, el Deseo, el Delirio, la Angustia, y una serie de otras substancias habían sido insuficientes para el joven Alonso. Su ambición por alcanzar lo inalcanzable lo había carcomido hasta la Locura. En ese preciso instante sentía el penúltimo escalón de la inspiración: el Vértigo. Y el Vértigo no es tan sólo el miedo a caer: es más bien el deseo de caer, la tentación de la autodestrucción, alcanzar la Muerte para poder engendrar la Vida, deconstruirse para renacer.

Pisó el último escalón, y se dejó caer en el Abismo.


6

Anselmo y Carmen se despidieron a la una en punto, y se fueron a deambular por las solitarias calles viñamarinas. Casi todos los demás invitados también se retiraron, con el argumento de que estaban en mitad de la semana y al siguiente día tendrían que trabajar temprano. Luego de acompañar a los que se iban a la puerta y despedirse de ellos, Fernanda fue a retocarse al baño. Se miró largamente al espejo mientras se arreglaba el cabello y estiraba su tenida color carmín.

Al volver a la sala principal del departamento, recordó que Alonso estaba como poseído por la Locura. Recordó cómo su joven amante exhalaba euforia mientras ella, siempre calmada, hacía a la perfección su papel de anfitriona. Lo buscó con la mirada, pero no lo encontró. Había gente durmiendo en los sillones, un par de amigos conversando en la puerta de la cocina sobre la diferencia entre la música en vivo y las grabaciones en estudio, una antigua amiga bailando sobre la alfombra algún punkrock decadente. Pero Alonso no estaba. Fue a su cuarto a buscarlo, pero tampoco estaba allí. Volvió a la sala y se le ocurrió mirar hacia el balcón.

Ahí estaba Alonso, enajenado, con sus ojos desorbitados, con el mismo rostro del amante que se adueña de ella todas las noches en su cama. Lo llama, pero éste no responde, quizás por la música fuerte o por el ruido de sus ondas mentales. Entonces intenta acercársele, pero apenas da dos pasos hacia él, lo ve saltar al vacío.

Después de unos diez segundos de confusión, en los cuales Fernanda no puede convencerse de lo que han visto sus ojos, se da cuenta de la gravedad de la situación, y lanza un grito que resuena en todo el edificio. Sus amigos apagan la música y corren todos al balcón. Ella no tiene las fuerzas necesarias para ir a ver la tragedia; en cambio, se queda allí, paralizada, esperando que lo que ha visto haya sido sólo producto de su imaginación.


7

Después del suicidio de Alonso, Fernanda nunca volvió a ser la misma. A la semana después viajó a París, con el pretexto de ir a hacer un postgrado pero en realidad escapando de una ciudad que le recordaba a su querido maldito. Alonso cayó dieciocho pisos y murió dejando un enorme rastro que nunca más pudieron borrar de la acera, así como de la memoria de Fernanda.

10.7.08

Complicidades


Amanecieron abrazados esa mañana de domingo, sintiendo aún el sabor de sus besos, sintiendo aún el cosquilleo en el estómago, un poco por los nervios pero también por el exceso de cerveza y comida chatarra. Anselmo abrió los ojos, y vio a su mejor amiga durmiendo, o tal vez fingiendo que dormía, y se le ocurrió que quizás ella se había despertado antes y lo había estado mirando de la misma forma. Pero no. Ella aún dormía. "Terrible es todo ángel", recordó Anselmo. La idea lo atormentó un rato, hasta que la flojera y el calor de su amiga lo volvieron a sumergir en el mundo de arena.

Carmen se despertó al poco rato, y vio a su amigo profundamente dormido. Sintió una indescriptible dicha de sólo verse allí, en medio de su íntimo amigo y el resto del mundo, tapada con su brazo fuerte y con el chal rojo que tenía desde la niñez lejana. La sensación de dicha sólo era opacada por su aliento amargo y por su ya clásica e incontrolable sed matutina. Necesitaba un poco de agua, y de aire, y estirar las piernas adormecidas.

Se levantó y dio algunas vueltas por su cuarto, sin hacer nada en particular, salvo sonreir con travesura. Puso algún disco de Coltrane y se sentó en la cama, mirando a Anselmo, justo cuando él abrió los ojos, seguramente emocionado por reconocer My Favourite Things, y esos vientos maravillosos del free jazz. Sonrió y pensó que estaba en lo cierto al pensar que ella se había despertado antes, seguramente evadiendo toda lógica temporal, que en esos ratos no haría más que despejar las dulces interrogantes de su alma excesivamente llena de fábula.

"Buenos días, señorita" le dijo. Ella respondió con un beso frío y húmedo, no de saliva pero sí de agua de la llave. Porque la humedad de la saliva es más tibia. Se besaron casi toda la mañana, como recuperando el tiempo perdido. Ambos pensaron en esos innumerables "casi". Al fin hacían lo prohibido, al fin superaban el miedo de arruinar su amistad, y a su vez se les abría un inmenso horizonte de nuevas sensaciones, mezclas de culpabilidad y sosiego y tranquilidad y ganas de quedarse acostados toda la mañana. En realidad ya no quedaba mucha mañana. Lo mejor sería ir a la feria y comprarse algunas verduras para su almuerzo, y tal vez alguna chuchería inservible pero linda.

Así pasaron los días. No hicieron más que darse besos, como si no sintiesen la necesidad de nada más. Y, de hecho, por el momento, no sentían la necesidad de nada más. Pero se besaban a escondidas, como si tuviesen miedo del qué-dirán, como si a alguien más le importara en lo más mínimo su sencillo y altamente predecible affaire. Seguían haciendo las mismas cosas que siempre hacían, re-buscar en los vinilos de las tiendas de antigüedades de la calle Colón, estornudar un rato viendo libros usados, flanear, caminar si rumbo por el Almendral, subir algún cerro que no tuviesen en su memoria y hablar con las personas que atienden los negocios de barrio, o que pasean a sus mascotas, o que simplemente están allí sentados en algún escalón de alguna esquina viendo la vida pasar. Además de eso, su amistad no cambió notoriamente. Pero por dentro, comenzaron a sentir todo un universo de nuevas cosas.

Cada día llegaban a la casa de Carmen, y apenas cerraban la puerta comenzaban a besarse. Cada día los besos tenían más pasión. Pero no pasaban de eso. Su amor era inteligente, moderado, quizás demasiado paciente, quizás aún muy poco pasional.

Ambos sabían que todo lo que estaban viviendo tendría que, necesariamente, ser conversado en algún momento, pero los dos le hacían el quite a la conversación seria, y preferían seguir con sus vidas normales. Después de todo, hoy en día ya nadie "pololea", ni siquiera "anda"... entonces, para qué pensar en algo como eso... pero lo pensaban, en el fondo ambos lo pensaban...

Una lluviosa tarde del mes de mayo los obligó a hablar con franqueza. Fueron a tomarse un café a algún oscuro sitio de calle Esmeralda, gastándose los últimos peniques que quedaban en un gusto divino que ambos tenían como una cuasi-adicción. Anselmo notó que Carmen lo miraba con otros ojos. De hecho, sus redondos ojos negros brillaban mientras lo miraban fijamente tomarse su expresso doble. También se dio cuenta que él mismo la miraba con otros ojos. Se miraron los labios, se tomaron las manos, se sintieron el uno al otro como tantas veces pero de una forma tan distinta. Se desearon como dos adolescentes (que, de hecho, casi eran)

Llegaron a la casa de Carmen a eso de las ocho, con un poco de hambre y sobre-estimulados por la cafeína. Ni siquiera se dieron el tiempo de poner algún disco, y eso que Anselmo venía pensando en escuchar The Art Ensemble of Chicago. Carmen entró al baño, y mientras se peinaba frente al espejo se preguntó a sí misma si Anselmo se sentía atraído hacia ella. Lógicamente, si preguntaba, las palabras sobrarían, así que lo quiso comprobar de la mejor forma en que saben comprobar algo el género femenino: empíricamente. No perdería el tiempo hablando algo que sólo puede expresarse con el lenguaje corporal, y menos con Anselmo que le gustaba tanto analizarlo todo y darse tremendas explicaciones de cosas tan simples. Salió del baño y vio que Anselmo estaba ahí parado, como estatua, esperandola, mirandola con la cabeza un poco agachada hacia adelante. Sus ojos se veían oscuros, casi sin que se notara la parte blanca; Carmen podía sentir su respiración, incluso a unos dos metros de distancia. Respondió sus dudas con esa mirada. Y miró de vuelta, y lo besó, como corolario de una tarde llena de ternura y deseo, de miradas furtivas y de cálidas necesidades.

Habían pasado casi dos meses desde que se besaron por primera vez. Se desvistieron el uno al otro con lentitud, con un poco de ansiedad y, por cierto, con gran curiosidad. Anselmo se dio cuenta de que, al contrario de lo que siempre había pensado, nunca había mirado a Carmen como alguien asexuado, sino que siempre la había visto como una mujer, una hermosa mujer que quisiera haber tenido a su lado. Ella, en tanto, no pensaba mucho, sólo actuaba, con ese instinto felino que le afloraba a veces, con ese impulso selvático que en esta ocasión sorprendía tanto a Anselmo.

Decir que el sexo fue lo que realmente comenzó su relación sería caer en una simplificación exagerada, en un reduccionismo injusto, y tal vez en una actitud insensible y materialista. Pero, sin duda, fue lo que gatilló una serie de conversaciones, todas ellas basadas en el eterno y tan típico problema de la definición de una relación. ¿Qué eran? ¿Qué cosa habían empezado casi sin quererlo pero deseandolo desde lo profundo? ¿Qué caja de Pandora habían abierto? ¿Qué camino sin retorno habían tomado esta vez?

Está demás decir que la primera vez que hicieron el amor fue casi de cuentos. Apasionada, extenuante, tierna, conmovedora, cariñosa, cálida, excitante, amorosa... a ambos les faltaban palabras para describir todo lo que había sentido, y seguían sintiendo allí tirados, atravesados en la cama de una plaza y media de Carmen. Se quedaron largo rato acostados, abrazados, pensando en lo que acababan de hacer, y en la nueva puerta que habían abierto... "terrible es todo ángel"... sintiéron miedo... miedo de perderse el uno al otro, miedo de no volver a ser lo que eran antes, miedo de comenzar una fatigosa relación, miedo de enamorarse demasiado...

"Sin riesgo no hay logro" pensó británicamente Anselmo (y su completo estoicismo no pasó desapercibido en su permanente diálogo interno, dispuesto a surgir en cualquier momento en sus constantes conversaciones consigo mismo). Después de todo, nadie había fabricado lo que les había ocurrido. Simplemente pasó, sin explicación racional aparente. La estudiosa Carmen esta vez no tenía palabras elegantes para explicar lo que había ocurrido. Ni Goethe ni Fromm le ayudarían esta vez. Sus ideas se le confundían. Sus recuerdos iban y venían, como hojas secas en medio del vendaval, y se llenaban sus ojos de imágenes tristes, de congojas pretéritas, de ansiedades perdidas en el tiempo, revividas sólo con el placer carnal. Lloró sin poder siquiera evitarlo. De sus ojos brotaron saladas lágrimas de niña, sincera e inesperadamente, con un llanto tan penoso que casi hace llorar también a Anselmo (y lo hubiera hecho de no ser por ese absurdo código masculino que tenía, ocasionado claramente por la presión de su crianza machista). Una lágrima que salió de su ojo derecho, que fue el primero en llorar, recorrió toda su mejilla y fue a parar a su boca, justo cuando Anselmo la besó tiernamente, y esa unión de labios y lágrima estableció un vínculo sagrado, el inicio de una complicidad más allá de todo entendimiento, el comienzo de una serie de noches llenas de deseo y finalizadas por lágrimas que provenían desde lo más profundo de la memoria de Carmen, producto de una serie de recuerdos que venían de pronto a su mente luego del extasis, que la hacían llorar irremediablemente en los brazos de su amigo-amante, que no sabía por qué pero la entendía. En el fondo Anselmo la entendía, aunque no tuviese la más remota idea de lo que pasaba por su mente, porque ella jamás contaba sus penas.

El problema de definición ya estaba resuelto. Eran "cómplices", compañeros de viaje, un par de mimos en un país de colores. Se tenían el uno al otro, y eso era lo importante. Dejaron de sentir miedo de comenzar algo que, en realidad, ya habían comenzado, y se dejaron llevar, como un barco de papel por los canales interminables formados por la lluvia, se dejaron llevar por un sentimiento nuevo pero a la vez antiguo, que cada día tomaba nuevos matices, uniendo cada vez más sus jóvenes destinos, al mismo tiempo que unía sus latidos en explosiones de efervescencia y complicidad.

2.6.08

El nostálgico Alonso

Todos los del grupo – que hacía un tiempo comenzaron a llamar "cenáculo" – tenían cierto temor a la posibilidad que Alonso siguiera los pasos del inglés Chatterton. ¡Vivía en carne propia el mal del siglo XIX! Era como un Petrus Borel contemporáneo, como un individuo de otra época. Se vestía como un jazz-boy de los años veinte, usaba el pelo como Gautier y se enternecía con sólo pensar en un retorno a la Naturaleza originaria. No veía noticias, porque eso acabaría definitivamente con su ánimo, y porque nunca fue muy bueno para ver televisión. Prefería la radio. Usualmente sintonizaba alguna de esas radios que tocan discos de los sesenta y setenta, los clásicos romanticones italianos, o algún programa de jazz. Se aburría con el free jazz, prefería siempre escuchar a Satchmo, Beiderbecke o Ellington. Mejor si la música de la ocasión era alguno de esos blues de Ma Rainey o Bessie Smith.

La nostalgia era su sentimiento más cotidiano. Cuando hablaba con Anselmo le contaba sobre su niñez, allá en el sur, sobre los pozos profundos de donde sacaban agua, sobre la parcela que tuvieron que hipotecar sus abuelos, sobre su madre haciendo pastel de choclo y otras artes. Dentro del grupo su amigo más cercano era Anselmo, que al parecer era el único que lo entendía. Un día leyó un poema suyo en voz alta, pero todos se quedaron en silencio, menos Anselmo que le analizó el poema hasta la última palabra. Nunca creyó que alguien lo entendería así. Desde ese momento, se pegó a Anselmo como si éste fuese su hermano mayor.

De hecho, Alonso era un par de años menor que Anselmo, y se parecían bastante en su ánimo melancólico. Carmen le decía a Alonso siempre que mirara el lado positivo de las cosas, él le respondía que obviamente era capaz de observar toda la Belleza que hay en las cosas, en la Naturaleza, en la Humanidad, en el Universo, pero que no era muy capaz de soportar su propio presente. Carmen tenía miedo de tener al lado a un pequeño suicida, a un Cesare Pavese (que se mató con una sobredosis de sonmíferos) o a un Paul Celan (que se arrojó al río Sena) pero en versión porteña. Anselmo le decía a Carmen que dejara tranquilo a Alonso, que después de todo a Rilke le pareció mejor quedarse con sus demonios, con tal de no perder a sus ángeles.

Gustav no le prestaba la menor atención a Alonso. Lo consideraba inmaduro. Una vez hablaron, según recuerdan los demás del grupo, y Alonso le contó a Gustav la historia de un amor imposible que había vivido hace algún tiempo. Gustav lo reprochó, diciéndole que ningún amor es imposible, y que a la larga el amor ni siquiera existía, que era una invención capitalista para vender tarjetas, y que el amor era como la complejización de deseo y de la necesidad de preservar la especie humana. En ese tipo de cosas no coincidían esos dos, así que preferían no hablarse. Pero Anselmo siempre lo defendía, como todo un hermano mayor, se llevaba bien con él y le gustaba escucharlo. Además, admiraba sus versos. A veces se sentía un Paul Verlaine al lado de un Rimbaud, aunque claro, sólo con sentimientos fraternales.

A Fernanda sólo le parecía "lindo". En una de las reuniones del "cenáculo" Fernanda contó una anécdota que le ocurrió mientras iba en el metro, y Alonso le dijo algo así como "tú sí que sabes contar anécdotas", lo que provocó la más hermosa de sus sonrisas, lo que era sorprendente dado que Fernanda era una mujer no muy acostumbrada a reírse así de sincera. Cuando Fernanda se reía no se le veían bien los ojos, se le tapaban con sus largas y negras pestañas, y casi nunca abría la boca para reírse, se reía más bien con los labios. A Alonso le encantaba eso.

Alonso fue el último en integrarse al grupo. La historia del grupo es bien simple: Carmen y Anselmo tenían la inquietud de formar un grupo, algo así como el club de la serpiente cortazariano, así que empezaron a reunirse ellos dos solos. Luego se les unió Fernanda, que era amiga de Carmen hace algunos años. En otra ocasión diremos más sobre esa extraña amistad entre esas dos fuertes mujeres. Estando ellos tres ya se podía hablar de un grupo. Fernanda un día trajo a Gustav, un mochilero uruguayo que había llegado hacía menos de un mes a Valparaíso, en ese tiempo "andaban", aunque les duró poco esa relación. Después llego Alonso, que era el hermano de un amigo del colegio de Anselmo. Fue Alonso el que propuso que el grupo se llamara "cenáculo", al estilo del cénacle de la biblioteca de Arsenal de París, bastión del romanticismo francés. El resto estuvo de acuerdo, por el momento. "Quizás habrá que pulir un poco más el nombre, pero me gusta" dijo Carmen en aquella ocasión. "Dale, sólo nos falta un Manifiesto ahora" dijo Gustav, que parecía bien entusiasmado con la idea. "Hay por ahí unos manuscritos que tenemos que pueden servir de Manifiesto, al menos para comenzar" dijo Carmen, provocando el pudor de Anselmo. Alonso sólo los miraba, con rostro tranquilo, contento de haber completado el nuevo cenáculo de lectores y escritores malditos.

6.5.08

2086

Mi abuelo decía que antes existía el día, la claridad, que el cielo no estaba todo el tiempo cubierto de nubes negras. También decía que estaba arrepentido de no haber hecho nada para impedir el desastre, igual que mucha gente de su época. Siempre me decía que no valía la pena estar vivo en este mundo, que mejor hubiera sido haber muerto con los cambios que se produjeron, y que no fue suerte la de poder adaptarme a ellos, sino una maldición. Mis padres murieron con esos cambios, no supieron respirar el nuevo aire, no sobrevivieron sin la luz del sol, su piel no aguantó la radiación del planeta ni la falta de agua. Mi abuelo dice que mejor por ellos.

Pero no sé, no le creo tanto a mi abuelo. Siempre anda diciendo cosas como esa. A veces se junta con otros ancianos y se ponen a hablar de cosas pretéritas. Dicen que les encantaba ir a la playa a bañarse, lo cual yo no entiendo porque todo el mundo sabe que meterse al agua es un suicidio, porque ahí van a parar los desechos de la ciudad. Dicen que los computadores de ahora son inentendibles, como si fuera tan difícil "hablarle" a los computadores. Yo no los entiendo, pero los respeto. Todo el mundo habrá tenido su época de gloria. En cuanto a mí, me acostumbré a vivir en este mundo, y no me imagino uno distinto.

En esos tiempos prometían un armagedón, una explosión nuclear masiva, el derretimiento de los hielos, etc. Pero nada ocurrió tan rápido, todos los cambios fueron paulatinos, y de la misma forma fueron las muertes por inadaptación. En el colegio nos enseñan eso. Por eso habemos tantos huérfanos. Me pregunto cómo lo habrán hecho los ancianos como mi abuelo para sobrevivir. A veces pienso que de la pura culpa que sienten de no haber hecho nada para remediarlo.

En su tiempo, dice, a nadie le importaba que las grandes potencias jugaran con energía nuclear ni fabricaran armas biológicas. Parece que en esa época recién se estaban utilizando esas; hoy las usamos para calentarnos la comida y para eliminar plagas de ratones. Dice que el calentamiento terrestre fue ocasionado por la misma gente, no por el planeta, pero no sé si creerle porque en la escuela dicen que la Tierra naturalmente tiene ciclos y glaciaciones, y ahora te tocaba subir de temperatura. Pero igual me parece raro todo lo que dicen en la escuela.

A veces hablamos de eso con mis amigos. Estamos horas "conectados" conversando de nuestra vida. Mi abuelo dice que paso demasiado conectada, y que en su época los adolescentes también estaban horas en el computador pero que yo era una aberración. Pero me da lo mismo, total todos los chicos de la escuela hacen lo mismo. Mi abuelo dice que deberiamos juntarnos, en persona, si queremos conversar, y no siempre a través del computador, pero no me imagino dónde podríamos juntarnos con mis amigos si en las calles no se puede estar más de media hora, no hay nada que hacer. Mi abuelo dice que en su tiempo habían restaurantes y cafés, pero no sé lo que es eso. Dice que allí se juntaban a conversar y a comer. Esa es otra cosa que no entiendo, porque si uno quiere comer simplemente "cocina" unas cápsulas con todo lo necesario y punto, uno come bien rápido, suena aburrido perder mucho tiempo en eso. En el colegio nos enseñan a variar nuestra alimentación, así que yo tengo todo tipo de cápsulas.

Mi abuelo, igual que los otros viejos, son bastante distintos a nosotros. En realidad, parecen de otra raza. En la escuela nos enseñan que no debemos discriminarlos por ser distintos, pero es bien difícil no hablar de eso. Para empezar tienen la piel más oscura; mi abuelo dice que nosotros somos los pálidos, y dice que es porque yo nunca conocí la luz del sol. Además, nosotros tenemos la nariz más pequeña y los dedos más largos, ellos no. Ellos se visten con colores tan antiguos, como azul rojo y verde, no como nosotros que nos vestimos con colores como el sxai y el fugk.

En fin. Esas son las diferencias que me hacen no comprender a mi abuelo. Por ahí escuché que ya no podremos vivir en este mundo, porque el planeta simplemente morirá, y tendremos que irnos a colonizar otro planeta. Pero lo mismo decían en la época de mi abuelo, y todavía vivimos aquí, y en la escuela nos enseñan que la raza humana siempre se sobrepone a los cambios, se adapta y finalmente sobrevive.

5.4.08

Gustav y los escritores malditos

En la mirada un esbozo de luciérnaga atrapada, de chinchín rojo refulgente, rojos también los zapatos, apresurándose en cruzar la calle a mitad de cuadra. Se dirigía a evadir un poco el mundo. Esta vez necesitaba estar sola. Lo había entendido. Las andanzas con Gustav no la habían dejado muy bien esta vez, no necesitaba tanto arte barato ni frases repetidas. Esta vez necesitaba estar sola, crecer, encontrarse, cantar, hablar sola. Ni siquiera su mejor amigo podría salvarla de este embrollo. La verdad es que no tenía ganas de verlo, ni menos de tener que explicarle lo que había pasado. Después de todo, Gustav era parte del grupo, ese grupo que ambos habían formado, y tanto Gustav como Alonso y Fernanda tenían vidas aparte, profesiones y vagancias, más allá del grupo mismo, y el grupo era una tribu pero no una familia, eso estaba claro.

Gustav ingresó a la sociedad un verano porteño de calles solitarias. Llegó, románticamente, cruzando la cordillera a pie, a veces ayudado por algún camionero amable y aburrido de estar solo en esas alturas tan heladas. Gustav era de Uruguay, aunque su padre era francés (él nunca lo conoció realmente, como él mismo contó en una de esas interminables veladas en cerro bellavista). Nunca perteneció a ningún lugar. Nació en Montevideo, aunque su madre era de Colonia. Su madre, niña humilde, se sintió de inmediato atraída por Antoine Viera, un francés aventurero que llegó a Montevideo una fría mañana y compartió con ella hermosos, pálidos y orientales inviernos. Fue amor a primera vista, al menos para ella. Antoine, tres años después, prosiguió su aventura. Jamás lo volvieron a ver en el Uruguay. Por ahí se supo que había muerto cruzando Los Andes.

Gustav heredó de su padre el gusto por los viajes. A los doce años, después de ver a su madre morir de leucemia, empacó sus pocas pertenencias y viajó a París en busca de su padre. Nunca supo bien para qué lo buscaba. Posiblemente para conocer su propia identidad.

Como su padre, conoció a numerosas mujeres, de todos los colores y aromas, con los acentos más diversos. Nunca se enamoró (al menos, eso es lo que asegura). Su viaje lo llevó desde París de vuelta a Sudamérica. Conoció el Amazonas y las selvas colombianas. Obtuvo y se deshizo de varios libros, los cuales fueron su escuela y su compañía durante todas esas noches tropicales. Eso, y la experiencia del viaje, de la aventura, de las mujeres.

Sí, las mujeres siempre fueron importantes para él. Nunca supo si tuvo algún hijo. Jamás se quedaba tanto tiempo en un lugar como para haberlo sabido. Un par de mujeres lo había amado, otro par lo había odiado, pero la mayoría habían estado con él sólo por el placer inmediato y efímero que representaba, en una relación de mutuo gusto con fecha de caducación. Presicamente como él entendía que debían ser las relaciones. (Qué lejos estaba de esa generación de su madre, que se había enamorado de aquél francés intrépido, había tenido un hijo de él y jamás lo había olvidado, hasta el día de su muerte)

Cruzó la cordillera de Los Andes por en Norte. Atrevesó el desierto en camiones mineros. Desde Antofagasta hizo autostop hasta Valparaíso. Ahí se quedó por un tiempo largo, enamorado de sus calles de adoquines y el viento polvoriento de las tardes dominicales.

Fernanda lo conoció en un bar. Conversaron y congeniaron. Esa misma noche se disfrutaron el uno al otro. Ella sabía que estaba en frente de un aventurero, así que no le tomó gran importancia. Lo llevó una noche a las reuniones con Carmen y Anselmo, las que habían comenzado hacía algunas semanas y se llevaban a cabo en su casa. Se reunían para hacer nada, para discutir problemáticas sin solución, para criticar al gobierno anterior y al actual y al posterior, para hablar de poesía y de arte, para escuchar jazz.

Fernanda era la típica niña mimada, viñamarina de nacimiento y crianza, quien desde que conoció a Prada y a Larra nunca pudo dejar el diseño y la crítica literaria. Ambas cosas las desarrollaba en forma mediocre. La decoración de su casa dejaba harto que desear, así que el resto del grupo, sin decirselo de frente, había resuelto mantener las luces apagadas durante las reuniones y sólo utilizar velas aromáticas. Sus comentarios literarios eran algo más acertados, se notaba que se instruía a diario, al igual que Carmen. Dos mujeres que, siempre rivalizando, eran hijas legítimas de la teoría y el conocimiento.

Anselmo y Gustav eran, por el contrario, hombres de praxis. Jamás llegaban a nada concreto. Anselmo se deprimía con facilidad, y Gustav era el maestro en hacer reír, no tanto por sus bromas sino por su actitud de hombre de mundo y sus ínfulas de superioridad. Una vez se juntaron esos dos a escribir algo en conjunto; nadie sabe lo que pasó allí, pero jamás volvieron a hablarse directamente.

Por otro lado estaba Alonso, un niño inquieto, estudiante de sociología e incansable lector de poesía romántica francesa. Para él, dios no era Yahvé, sino Rimbaud. Él mismo quería ser un poeta maldito de la actualidad, sudaca y todo, pero sabía bien que no tenía el talento necesario (pese a la opinión de Anselmo, que lo encomiaba a publicar lo que escribía).

Todos los del grupo escribía, pero ninguno jamás mostró lo escrito a nadie fuera del grupo. Pudor o inseguridad, quién lo sabe. Gustav escribía poemas sin métrica alguna, siempre desde primera persona y siempre, siempre, siempre, hablando de mujeres (pechos selváticos, vientre cubierto de sal matutina, etc.) Alonso describía imágenes macabras pero mágicas, inmensidades demasiado insondables que sólo dios (o sea, Rimbaud) podría vislumbrar. Anselmo escribía poemas, todos inconclusos, sobre cosas que ni él mismo podría describir; cada vez que los leía en voz alta durante las veladas producía tal silencio que hasta podían escuchar el ruido de las micros por la avenida alemania. Carmen no escribía mucho. Más bien leía. Lacán, Mann, Hobbes, Heidegger, Ortega, Octavio Paz, Jorge Luis... todo lo que llegara a sus manos era devorado por sus ansias de conocimiento. Fernanda no era tan buena lectora, pero era la única que leyó completos los libros de Proust y sabía explicar mejor que nadie (para deleite de todos) las leyendas que circulaban en torno al mito del rey arturo, los poemas épicos griegos, los cuentos de Borges (era especialista en encontrar las tesis en los ensayos). Todos eran escritores, pero tremendamente malditos...

... en fin, Carmen iba por la calle apurada. Era consciente de haber caído en la trampa más antigua, y se sentía mal por haberse sentido por una vez igual a muchas mujeres poco lúcidas (incluso ignorantes, como ella misma admitía). Gustav era un viajero sin reglas, y pese a los consejos de Anselmo (que eran leídos por ella como síntomas de celos, por lo demás, los únicos celos que habría sentido Anselmo desde que lo conocía), se había dejado llevar por la dulzura artificial de un profesional. Y no era mala intención de parte de Gustav; cada cual cumplía su papel en la historia, él era un donjuan, y ella, la chica intelectual que cuando tiene que vivir alguna aventura al estilo Anaïs Nin no sabe qué hacer. Deja que las cosas pasen, que Gustav juegue su carta (que por cierto, no pierde tiempo en jugarla), y acaba sintiéndose tonta por haberle creído a pseudoartista aventurero e inconsistente.

Lo que menos quería era verles la cara a los demás del grupo, ni a Fernanda que fue su antecesora, ni a ese Anselmo lleno de advertencias. Tendría que esperar algunas semanas antes de volver a juntarse con los escritores malditos.

16.3.08

Los Pensamientos de Anselmo

Estoy en un café escribiendo, formo parte de una imagen tan cursi y retorcida que me doy rabia yo mismo. ¿Acaso intento ser el clásico intelectual que hace público un momento tan privado como el de la inspiración? No lo sé. Sólo caminaba y quise un café, se me ocurrió una idea y ahora la estoy escribiendo. Antes era mucho más sencillo con mi libreta, esa libreta que andaba trayendo a todos lados.

Me pregunto si se aparecerá Carmen en algún momento. Me la imagino sentada en la mesa del fondo, esperando que la mire, pero nunca miro, porque si miro voy a acabar distrayendome; y es que ahora mismo tengo una buena idea y no voy a dejar que pase. Es lo mismo cuando estudio: necesito un buen tiempo para concentrarme y para leer y tomar apuntes. No se puede hacer todo a la pasada, a-la-que-te-criaste, eso no está bien, si uno quiere que algo le salga bien tiene que concentrarse, eso es lo que pienso.

Ahora mismo, pretendo juntar unas cuantas líneas y formar una suerte de poema, que al parecer no rima y aunque dice muchas cosas no creo que nadie sea capaz de leer todas las cosas que puse en estas pocas líneas. Es que uno está lleno de palabras-cápsula, y lo que una palabra contiene para uno no es lo mismo que lo que contiene esa misma palabra para otro. La vida está llena de puntos suspensivos y de palabras-cápsula. Además, tiene tantas auto-referencias que difícilmente alguien que no me conoce (y que sólo ve el nombre o pseudónimo del autor de poema) pueda entender. Pero no sé por qué razón me preocupo, si siempre he escrito sólo para mí, para mi propia felicidad y satisfacción. No sé por qué pienso en algún lector. Debe ser porque me interesa la gente, igual que a la Carmen, esa es una cosa que nos une; eso y el gusto por el jazz. ¿Dónde estará ahora? Quisiera levantar la vista para ver si anda por ahí cerca, pero es muy posible que no esté en ningún lado y acabe distrayéndome y este poema sea otro intento fallido de expresar lo que siento y pienso. Y si anda por ahí cerca, seguro que me voy a enterar, me ponga o no a mirar alrededor. Se me está acabando el café, tendré que pedir otro, al fin estoy obligado a despegarme de este poema.

Levanto la vista para pedir otro café, y no me sorprende lo que veo a través del vidrio: una pequeña figura se esconde detrás de los diarios del quiosco de la esquina. Obviamente Carmen jugando a la detective. Me pregunto cuánto rato lleva espiándome. Me divierte esto de ella. Como me lo esperaba, se dirije hacia acá, mirando hacia abajo, de seguro avergonzada de sorprenderse a sí misma jugando a ser niña. Me saluda como siempre, con los ojos, sin palabras, simplemente con los ojos, no se sienta conmigo sino que se queda de pie y me invita a dar un paseo. Sí, me haría bien un paseo, así tomando aire fresco pueda ordenar mis ideas. Me dirijo a pagar la cuenta y mientras saco las monedas miro hacia afuera y ahí está Carmen, esperándome, mirando hacia arriba y recibiendo unas tímidas gotas en sus guantes rojos sin dedos. Siempre prefiere quedarse afuera, cuando me ha acompañado al médico o a hacer algún trámite siempre prefiere quedarse afuera. Me recuerda a una bicicleta verde que tenía de niño.

Sí, vamos a dar una vuelta, mi querida Carmen. Dejaré que tú me dirijas, como siempre, así tengo tiempo de pensar un poco en otra cosa. Me tomas el brazo, a mi me encantaría que me tomaras de la mano, pero a tí no te gusta tomar de la mano. Debe ser parte de la rebelión femenina contra el pasado machista y masculinodominante. Te gusta tomarme el brazo. En parte lo disfruto, aunque al poco rato me canso de tener el brazo para tí y me dan calambres, que no son calambres sino síntomas propios del hiperquinético que soy.

Me encantan estas calles de adoquines, que son conocidas por mí porque llevan hacia tu casa. Atrevida Carmen, me estás llevando a tu casa, como sin quererlo. Tal vez tú también estás en piloto automático y avanzas sin pensarlo por los lugares conocidos. Me encanta tu casa y jugar con tu gato Tender, que es el símbolo de nuestra amistad. Bueno, dices, ya que estamos acá subamos a mi casa. Seguro, respondo. Subimos las escaleras y al entrar de inmediato sentimos el calor hogareño, y claro, vemos la oportunidad de sacarnos la ropa mojada por la lluvia. Claro que también nos sacamos algo de ropa seca, por puro ánimo de jugar un rato. ¿No vas a poner un dico primero? ¿Poner la tetera y tomarnos un té caliente? ¿No vas a mostrarme los libros que te compraste ayer en la feria de las pulgas?. No. Hoy estás diferente. Hoy no quieres tanto diálogo. Estás como distante, como pensando todo el tiempo en algo. Yo también.

No acostamos en tu cama sin desarmarla, sin abrir los pétalos de tu cama. Me apoyo en la almohada y tú te apoyas en mi pecho. Es un ejercicio hecho tantas veces que he perdido la cuenta de cuántas veces te apoyas en mi pecho. Yo no me aguanto. Te veo tan hermosa mirando hacia el vacío, e nota que recuerdas y que el pasado te atormenta, y eso me vuelve loco. Tus ojos negros dicen tanto que ni te imaginas, seguro que piensas que guardas el misterio y nadie sabe que estás sufriendo por dentro, pero tus ojos lo dicen todo sin usar palabras sino en el lenguaje más originario. Y el sexo, una vez más el sexo, es tu forma de redimirte de ese pasado, porque así tu no te escapas del pasado sino que te embriagas de él, y juntos no caemos al vacío y rebotamos hasta más arriba de las nubes, y nos quedamos abrazados, acurrucados, extasiados, sin importarnos el calor agobiante que hay en el breve espacio entre tu nariz y mis ojos, y nos quedamos ahí extáticos, simplemente oyendo la lluvia que cae en tu techo.

Los Pensamientos de Carmen

Te observo ahora mismo Anse y tu ni te das cuenta te tomas tu café antes que se enfríe demasiado y te concentras en tu laptop porque sabes que si te pones a mirar quien entra y quien sale se te van a pasar valiosos minutos de tu tiempo tu bello tiempo tu preciado tiempo que varias veces malgastas en mí demasiado poco en tí mismo Anse deberías cuidarte más pero para eso estoy yo ella la única que te conoce mi Anse la única que podría cuidarte ahora mismo me estás esperando y eso que no nos pusimos de acuerdo siempre me esperas pero no miras ni cuando me esperas ni cuando nos despedimos y no me miras y yo te quedo mirando como una tonta como una adolescente mirandote y esperando que des la vuelta a la esquina para no seguir mirandote y luego volver al mundo real y ahora mismo me estás esperando y tu ni sabes que me estás esperando algo me dice que mejor espere aquí escondida detrás de estos diarios sin que me veas acaso se te ocurre levantar la vista aunque eso nunca sucede porque no te gusta levantar la vista porque se te van minutos preciosos si te distraes con la gente la gente la gente ese gusto que tu y yo compartimos sí la gente eso y el jazz yo sé que tu entiendes aunque no te lo digas conscientemente yo sé que tu sabes lo que siento aunque soy muy torpe para admitirlo y para darme cuenta que te estoy mirando desde los diarios como una psicópata o mejor como una detective sí me gusta más como una detective y qué pensarán las demás personas si me miran así mirándote y sonriéndome sola de puro humor que me da que nunca mires a ningún lado mientras trabajas y yo qué floja mirandote sin hacer nada mejor me pongo a mirar las portadas de los diarios a ver si el señor de ahí deja de mirarme como bicho raro y tú lo entiendes todo Anselmo y muy por detrás estoy yo con mi Fichtes mis Ortegas y mis Nietzsches y mis explicaciones teóricas nada pueden contra tus explosiones creativas y emocionales y tu todo lo entiendes y por eso soy feliz contigo voy a esperar unos diez minutos para hablarte mejor me quedo mirándote y recordando momentos juntos como tantos en que nos quedamos acostados hasta tarde y yo sólo quiero apoyarme en tu pecho aunque tú empiezas siempre con esos juegos que a veces me pierdo absorta en mis pensamientos y mis propios recuerdos qué loco eso de recordar dentro del recuerdo es como soñar dentro del sueño me estoy poniendo surrealista igual que tú Anse mientras te tomas el café y te concentras en tu laptop inventando quizá qué cosa algún poema algún cuento alguna historia en que me menciones sin mencionarme eso me encanta de ti y mi teoría queda tan atrás con tu práctica y por eso soy feliz contigo ahora dejas de leer y empiezas a mirar para todos lados ya te desconcentraste y yo sonrío porque me da risa cuando te desconcentras y sabes que te estoy mirando se te nota que sabes que te estoy mirando tu práxis va más allá que mi teoría y ahora se me hacen chicos los diarios y ya no me esconden bien y de pronto tu me miras fijamente y sonríes y te preguntas cuánto rato llevo mirándote te lo preguntas con las cejas porque tú todo lo preguntas con las cejas mientra te ríes con los ojos no quedamos de juntarnos pero te vi tomando el café y no pude evitar acercarme y espiarte pero soy muy tonta para admitirlo así que no voy a decírtelo pasaré a saludarte y después me iré soy tan torpe creo que me veo bien la vitrina me lo ha dicho creo que estoy bien para verte me puse roja siempre me pongo roja voy a tomarme el pelo una y otra vez porque me puse roja y a ver si tomandome el pelo se me quita lo roja hola anselmo que haces como si no supiera que estás ahí inventando algo en tu laptop y tratando de concentrarte y cómo no voy a saberlo si llevo como media hora mirándote vamos a dar una vuelta hace una tarde increíble ahí afuera dale vamos a caminar obviamente respondes que sí si a ti te encanta caminar sobre todo si está a punto de llover y te he estado mirándo de hace como media hora salimos del café y te tomo del brazo y tu brazo está firme y no se mueve eso me encanta de ti Anse que no importa que se esté acabando el mundo tu nunca aflojas tu brazo y me hablas de Satchmo y te emocionas hablándome de Satchmo y nos vamos caminando sin darnos cuenta y llegamos a mi casa y nos acostamos una vez más eso me encanta de tí Anse que no importa que se esté acabando el mundo afuera tu nunca aflojas tu brazo y siempre quieres quedarte acostado y yo sólo quiero apoyarme en tu pecho pero tu comienzas tu juegos y me vienen los recuerdos y las lágrimas yo sé que tú entiendes todo mi Anse incluso más que yo misma y te sigo el juego aunque no siempre pero ahora te sigo el juego y es lo más bello quedarnos abrazados escuchando la lluvia en el techo...

9.3.08

El robo

Regresó en la mañana. Hacía un frío de esos que impiden sentir lo fríos que están los dedos, a pesar de los guantes verdes de lana tejidos por la tía del sur. Sentía la clásica sensación de haber pasado la noche afuera, el estómago vacío y el ardor de ojos. En lo único que pensaba era en un café y una tostadas. Abrió la puerta de su casa y notó algo extraño, todo estaba desordenado, los cajones abiertos, faltaban cosas. Subió las escaleras y sintió un viento terrible desde su cuarto, abrió la puerta y vio la ventana abierta, a la fuerza, trató de cerrarla pero el seguro estaba roto. Lástima. No sabía si había sido mejor no estar en la casa mientras los asaltantes se llevaban todo. Tal vez no hubiesen entrado si ella hubiese estado ahí. Tal vez... Fue a la cocina, cansada del "qué-hubiese-pasado-si". Por suerte no se habían llevado el café. Puso dos láminas de pan de molde integral en el tostador, dejó calentando el café y fue a lavarse la cara al baño. Sus ojos estaban hinchados, se vio en el espejo, tenía ojeras notorias y su nariz estaba roja y helada. Se sacó el gorro de lana y se peinó un poco, se cepilló los dientes. Click. Su desayuno estaba listo. Corrió a la cocina, le puso mantequilla a los panes y se sirvió el café. Se sentó frente a una ventana y miró hacia la calle. Se quemó un poco la lengua con el café. No importaba. Afuera pasó un tipo rubio en bicicleta, unas señoras con bolsas subiendo el cerro (hablando de algún accidente, la forma de la calle permitía escuchar las conversaciones de la gente que por ahí transitaba, algún juego acústico-físico), un niño con uniforme de colegio corriendo calle abajo (era hora de estar en clases, seguro que este escolar se escapó, como decían antes, "se-hizo-la-cimarra").

Terminó de desayunar y llamó a Anselmo, quien hace unos días había accedido por fin a comprarse un celular. El aparato no hacía ninguna maravilla, pero servía para hacer y recibir llamadas. "Anse, se metieron a la casa unos ladrones" "¿Qué te robaron" "No sé, ¿puedes venir más tarde? No quiero estar sola en este momento".

Anselmo llegó a eso del mediodía. Se notaba que venía recién duchado. "Ellos sabían que tu no estabas, seguro que te vieron salir, y sabían que vivías sola. ¿Nunca viste a algún tipo merodeando por acá cerca?" "Y qué se yo, Anse, si no ando sospechando de todo el mundo que anda en la calle, nunca tan paranoica". Comenzaron una suerte de inventario, un anti-inventario en realidad, tratando de ver qué cosas faltaban.

Se llevaron un televisor. Qué tontos, no sabían que ese televisor ya no funcionaba, que estaba ahí desde antes que Carmen arrendara la casa. También se llevaron unas billeteras, todas vacías. Se llevaron un tren de juguete, lamentable, ese juguete tenía una tremenda historia... no quiso pensar en ello. Se llevaron algo de ropa, toda ropa de verano, que había dejado ahí encima para guardarla en cajas ahora que había comenzado el otoño. También un pasapelículas antiguo...

"En realidad no se llevaron tanto, ah? Si me hubiesen pedido esas cosas tal vez yo se las hubiese regalado, sin problema, así me deshacía de cachureos. Lástima que hayan roto la ventana, me muero de frío con ese aire helado entrando por ahí". Anselmo inventó un sistema para mantener la ventana cerrada, algo típico del maestrochasquilla que llevaba dentro, un invento bastante precario pero eficiente por el momento, hasta que mandara a arreglar la ventana. "Qué bueno que los ladrones no sabían nada de música, no se llevaron ese disco de Chet Baker que tenías encima, ni los cedés que tenías guardados en esa caja que está abierta ahí. Apuesto que sólo buscaban plata, o algo que se pudiese vender. Ya me imagino a los pobres corriendo apenas con la tele y las billeteras, cerciorándose al llegar a su guarida que la tele no funcionaba y que las billeteras estaban vacías". "Es que para qué voy a andar con plata, si existen cajeros automáticos".

Carmen decidió hacer un orden profundo en su casa. Ahora que tenía menos cosas sería más sencillo. Resolvió, gracias a su intelecto detectivesco, que habían sido cuatro ladrones, probablemente menores de edad, buscando dinero y cosas para vender. Entraron por la ventana pero salieron por la puerta del frente, seguro que algún vecino habrá escuchado algún ruido extraño, salieron apurados y dejaron cosas tiradas, llevándose sólo lo que podían cargar.

"Vamos a dar una vuelta, carmencita, para que te distraigas, luego te ayudo a re-ordenar tu casa". Salieron, y cuando iban bajando la escalera se encontraron con la señora Triste, la arrendataria (que en realidad se llamaba señora Aguilera, pero siempre andaba muy triste...). "Qué bueno que la encuentro, señorita Carmen, anoche se metieron unos ladrones a su casa y se llevaron algunas cosas, el vecino de al lado los escuchó y llamó a los carabineros, por lo que escuché ya los pillaron, deben estar en la comisaría ahora, dése una vuelta si quiere recuperar sus cosas".

Carmen no quería recuperar sus cosas. Pobres ladrones. Pobre gente que, por pura necesidad, anda robando, y se roban puras cosas inútiles y más encima los pillan. Alguien tiene que hacer justicia aquí. Fueron a la comisaría, resueltos a salvar a los ladrones de los malvados policías. Un tipo sin expresión los recibió en el mesón y les hizo algunas preguntas, como dónde ocurrió el hecho y cuál era el valor total de las cosas robadas. Carmen le dijo que no tenían tanto valor, que quería saber qué les harían a los ladrones. "Lo de rutina nomás pues, señorita".

Esperaron afuera de la comisaría. Hacía un frío tremendo. Ya estaba oscureciendo cuando salieron los pobres ladrones. Ella se acercó y se inquietaron, se imaginaron cualquier tipo de agresión, pero muy por el contrario ella los trató de buena forma, hasta los invitó a tomarse un chocolate caliente a su casa. Los ladrones, que eran Jonathan, Manuel, Alejandro y "el Sativo", eran gente del barrio, pobres como la mayoría de la gente de ahí. En la comisaría les quitaron lo que habían robado, aunque nunca se lo devolvieron a Carmen. También se quedaron con una poca marihuana que andaban trayendo. Conversaron de los males de la sociedad hasta tarde y luego se fueron, prometiéndole a Carmen arreglarle la ventana al día siguiente. También le prometieron "protección" en las calles. Ella no pensó mucho en eso, porque nunca desconfiaba de la gente de la calle, por muy drogadicta o "flaite" que parecieran. Pero desde ese día, cada vez que subía o bajaba el cerro los veía por ahí, rondando, y los saludaba, y le parecía divertido que tendría de ahí en adelante unos ángeles guardianes cuidándola.

16.1.08

Si ella era del campo

Pies descalzos salió a correr por esas piedras que jamás le hicieron daño. Sonreía y el sol brillaba en sus dientes. Jamás se hizo problema alguno, ni con la vida ni con la existencialidad del ser humano, jamás puso una mala cara cuando tenía que ir a trabajar en las parcelas, jamás lloró por un castigo recibido, jamás reclamó frente a una comida mal cocinada. En el pueblo decían que era un ángel, que su bondad superaba a la de cualquier hombre. Otros dirían que era un santa, pero los santos están todos muertos.

De niña se acostaba en la alfalfa, a veces abría los corrales para que los animales pastaran y pasearan, a veces corría persiguiendo alguna mariposa amarilla que por allí pasara. Pies descalzos era de la naturaleza, la ciudad nunca fue para ella.

En cuanto pisó la capital comenzó a sentirse mal. Tenía que ir a un doctor que sólo atendía allí, así que no le quedaba más remedio, aunque suene medio paradógico. Si hubiese podido evitarlo habría ido a la costa, que siempre le había atraído; pero su madre fue tajante, y el lunes temprano esperaron el bus para irse a Santiago.

No quería estar allí, las calles la mareaban. El olor del humo la sofocaba y parecía que el sol iba a terminar derritiéndola. El clásico olor del bus había sido sólo la introducción de su pésimo y empeorante malestar citadino. Había que volver pronto.

Cuando estuvo de vuelta los familiares le preguntaban que qué tal Santiago, que si había ido a macdonals o al mol, que si había visto a tal o cual actor o animador. Pero ella contestaba siempre lo mismo, que había pasado tanto tiempo tratando de soportar su malestar que al final no se fijó en las cosas buenas de la capital. Y eso no se le podía criticar pues, si ella era del campo y al campo pertenecía, y las estaciones del metro no le interesaban en lo más mínimo, ni el parque forestal ni el persa estación, ni la cercanía con el resto del mundo.

21.12.07

Nostalgia

Lo que le ocurría a Matías no era otra cosa que un ataque de nostalgia. Volvía a la que había sido su casa durante quince años, eso antes de irse y formar su propia familia allá en la capital. Volvía y veía todo igual. Todo igual, pero cambiado. No podía evitar notar el paso de los años en aquella otrora alegre y luminosa casona campestre. El pasto estaba seco y la pintura blanca de las paredes estaba desteñida y resquebrajada, el muro de piedras de la entrada estaba lleno de hongos y el suelo cubierto de hojas secas. Se notaba el descuido prolongado que había sufrido aquella humilde casona, aquél castillo grandioso de la niñez. Tendría que meditar bien por dónde empezar. Tenía que dejar todo presentable para que llegara su esposa con sus hijos el siguiente fin de semana. Tenía tres días para arreglarlo todo.

El palto de la entrada no era tan gigante como lo recordaba, y la casa misma se veía menos asombrosa que en su infancia. Los rosales estaban secos. “Habrá que arreglarlos mañana a primera hora”, pensó. Había mucha maleza que sacar. En tres días tendría que dejar todo listo. Eso implicaba un montón de trabajo. Había llegado demasiado tarde ese día, y entre recuerdos y cavilaciones se le fueron volando las pocas horas de luz natural que quedaban. Notó que no había luz eléctrica en la casa, probablemente por cuentas impagas, aunque no quitó la posibilidad de algún cable roto o algún fusil quemado. Por suerte encontró unas velas, las que encendió prontamente con un encendedor color naranjo transparente, para luego encender un cigarrillo con el fuego mismo de la vela. Desde que era un fumador estricto, nunca había dejado de andar con un encendedor en el bolsillo izquierdo, ahí junto con el teléfono móvil. Fumó tranquilamente, y en su semblante se notó la paz que llegaba a sus ojos cansados y a su boca mustia y seca. Todos los muebles tenían polvo encima, por eso no podía parar de estornudar al principio; el cigarro pareció calmarlo. Se acostó en un sillón largo, quizás verde oscuro, y se tapó con una manta, quizás chal, que encontró por ahí, y se quedó despierto hasta que la vela se consumió entera. Soñó. Soñó y recordó.

De niño, como cualquier hijo único, jugaba solo. Esperaba a su padre que llegaba del trabajo a eso de las seis de la tarde para jugar o hablar de cualquier cosa, muchas veces llegaba justo para ayudarlo a bajar de algún árbol o para volver a ponerle la cadena a la bicicleta que siempre se salía cuando andando se caía. Le gustaba levantar las piedras del patio, preferentemente una que era grande y plana abajo, para encontrar una verdadera ciudad poblada de insectos de todo tipo; le encantaba pensar que tenían una vida urbana allí debajo, porque en el fondo sabía que había una cierta cooperación entre todos esos insectos, por algo habían escogido vivir juntos bajo una piedra. El pequeño Matías siempre andaba metido en problemas, como todo niño inquieto, y todos los días se llevaba un reto distinto. A su madre le encantaba verlo hablando solo en la cocina, aunque varias veces le había dado algo de susto, pese a que sabía bien, según su experiencia como educadora en la escuela del pueblo, que esas eran típicas cosas de niño. A Matías le encantaban los olores. Aún ahora recordaba muy bien el aroma de las plantas mientras su madre las regaba, o el pasto recién cortado, o el olor del agua. Recordaba a la perfección el olor del pan amasado que traía la brisa de la tarde, desde la cocina hasta cualquiera fuese el lugar donde él estaba jugando y conociendo el mundo. Recordaba el olor a tierra y azufre de su padre y el olor a harina y a flores de su madre. Por un momento le pareció que estaba allí al lado suyo mientras dormía, por un momento pensó que aún estaban vivos.

Recordó cuando tenía diez años, y su madre tuvo que ser hospitalizada. Nunca entendió bien la enfermedad que tenía, pero cuando la dieron de alta supo que nunca iba a tener hermanos. Desde ese momento su madre nunca volvió a ser la misma. Como que se le fue la alegría de vivir. Recordaba muy bien haber visto a su padre llorar en el patio luego de alguna discusión de dormitorio; nunca olvidaría esos sollozos cortos y violentos, así como la mirada pálida y casi muerta de su madre. Durante esos años, el mundo seguro y tranquilo que había entre él y sus padres dejó de existir, y Matías quedó a la deriva él solo frente al mundo, a un mundo que no conocía y que no se moría por conocer. La rutina de la escuela a la casa se vio adornada por varias escapadas al bosque de pinos que había a unos pocos kilómetros de su casa, allí donde conoció el miedo profundo por lo que no podía ver cuando estaba solo, donde conoció por primera vez los labios de una niña por ahí por los catorce, donde supo con certeza que su vida no estaba allí donde no era suficiente para sus padres que no paraban de quejarse de su desgracia y donde había decidido irse lejos y no volver nunca. Llegó una tarde casi al anochecer, entró y comió algo en la cocina. Su padre hablaba de las deudas de la parcela, que si seguían tendrían que irse de allí y quedarían en la calle; su madre mientras tejía y tejía el mismo tejido de todos los días, inanimada y al parecer sin poner la mínima atención a la conversación de su esposo. “Cada uno habla su idioma aquí” pensó el adolescente Matías, mientras echaba ropa a la mochila y algo que comer a un bolso azul pequeño.

Se fue para el norte, a la casa de unos tíos. Allí vivió hasta cumplir la mayoría de edad, compartiendo con sus odiosos primos, los gemelos. Le hicieron tantas bromas pesadas durante su estadía allí que al cabo de un tiempo Matías estaba preparado para cualquier prueba de la vida, al menos así lo pensó cuando partía rumbo a la capital para estudiar Ingeniería. Al terminar al carrera y encontrar un trabajo decente conoció a la mujer que ahora era su esposa; cuando nació el primer hijo se casaron y se compraron una casa. Al poco tiempo nació el segundo hijo, y ahora su esposa estaba esperando el tercero.

Durante toda su vida en la capital nunca habló con sus padres. Una vez su padre lo llamó con urgencia inusitada, diciendo que su madre estaba muy enferma y que probablemente acabaría muriéndose. Era alguna clase de cáncer que no recordaba bien. Matías asistió al funeral y vio - después de varios años - a su padre. Se negó a hospedarse en la antigua casa, prefiriendo quedarse en alguna residencial del pueblo y partir al otro día a primera hora. En aquella ocasión su padre había tratado de conversarle sobre la parcela y sus numerosas deudas, y mientras hablaba no podía dejar de tomar vino, un vaso tras otro, hasta que se había quedado dormido. Matías lo había dejado ahí tal cual y se había marchado. No tenía la menor intención de ayudar a un borracho. De hecho, su padre se había convertido en alcohólico, y al poco tiempo después de ese encuentro lo habían encontrado muerto en el patio de su casa. Fue en ese momento en que llamaron a Matías para asumir la pertenencia de la casa y la pequeña parcela.

A sus veintinueve años, era el único heredero de una casona en medio del campo y de unas pocas hectáreas descuidadas. Lo primero que pensó fue en vender. Para qué quería tener todo eso, si su vida estaba en la capital. Fue un lunes temprano a revisar los papeles y ahí se enteró que su padre había cubierto toda la deuda a fuerza de trabajo, y había trazado los comienzos de una empresa a pequeña escala que produciría productos agrícolas. Junto con esos papeles, encontró una carta de su padre, en la que éste le contaba cómo había podido pagar la deuda, todo para que su hijo pudiese continuar el negocio familiar. Matías estaba emocionado. Eso era algo que nunca se esperó de su padre. Además, la carta decía lo mucho que lamentaba haber estado ausente durante las principales etapas de su vida, y que estaba orgulloso de lo lejos que había llegado su único hijo.

Entonces, Matías había decidido quedarse con la parcela y continuar el negocio de su padre. Se había sentido responsable de lo que le había ocurrido a su familia, y tenía que reivindicarse. Luego de consultar con algunos conocidos que sabían del tema y de hacerle algunos arreglos al proyecto de su padre, se dispuso a utilizar esas descuidadas hectáreas. Y no sólo eso, decidió irse a vivir a la antigua casona con toda su familia y de ahí en adelante vivir allí.

Un rayo de sol lo despertó a las nueve de la mañana. El sillón era verde oscuro como lo había sospechado y tenía un montón de trabajo que hacer. Sobre todo, tenía que hacer las paces con su pasado, y qué mejor que hacerlo a través de algo de trabajo bajo el sol. Ese fin de semana, mientras surcaba el suelo y se limpiaba el sudor de su frente, sintió una bocina en la entrada de la casona. Era su esposa y los niños. Su hijo mayor corrió a sus brazos y él lo levantó y le mostró el patio. Cuando lo bajó el niño quedó maravillado con la vieja y oxidada bicicleta, con la que recorrió a toda velocidad el patio y la casa. Matías no podía evitar ver en su hijo a él mismo cuando niño, y de lo distinto que sería todo de ahí en adelante.

29.11.07

Paradojas y Negligencias

La urgencia de llegar a tiempo se transformó en ironía. Escuchar The Beatles todos los domingos por la tarde era algo más que una simple obsesión: era una religión. Según ella misma pensaba, las obsesiones son lo más sencillo del mundo, porque es una relación unilateral entre cazador y presa, y no hay nada más primitivo que eso. Todo ello se explica con un ejemplo (ella lo había pensado muchas veces), el de cualquier vicio, por ejemplo, el vicio de fumar. El vicio es una obsesión, en cuanto el cazador (o la victima de la obsesión, oh paradoja) sólo tiene dentro de su rango de visión a su presa (el objeto que lo atrae), en este caso el cigarrillo. Relación unilateral. Prehistórico. Pasado de moda, y no de esas cosas que están pasadas de moda pero que están de moda (oh paradoja, nuevamente), sino de esas que "ya basta!".

Una religión en cambio... bueno, ese es otro tema...

Ese día iba otra vez atrasada. Cada mañana repasaba en su mente el mismo reclamo contra nadie "¿Por qué siempre me toca la micro más lenta?". Como no se lo decía a nadie, nadie le respondía. En el fondo sabía que era ella la única responsable de todo, aunque sin negar que, según la ley de Murphy, siempre nos va a tocar la micro más lenta cuando vamos atrasados. La culpa era siempre de ella, pero la culpa igualmente la tenía la micro (oh, nueva paradoja).

Bajar el cerro todas las mañanas habia perdido su delicioso sabor de antaño. Quizás por falta de novedad, quizás por falta de rutina (paradoja otra vez). Tenía ese día en su mente grabado el sonido del contacto entrando a msn, y en su mente lo repasaba de todos los colores posibles, incluso guardando tonalidades y brillos distintos. Definitivamente su disco favorito era A Hard Day's Night... o acaso era White (1 y 2)... habría que darle unas vueltas más, pero era su favorito, eso era definitivo, aunque aún no se decidía por cuál, por lo que no era definitivo, o sea, no tenía un disco favorito... eso la alteraba, porque siempre vivía confiada de saber 1) quién era, 2) quién no era, 3) qué cosas le gustaban, 4) qué cosas no le gustaban, 5) cualquier otro criterio que requiera decisión.

Le molestaba que hubiesen tantas paradojas en la vida de las personas. Para ella lo contrario de negro era blanco. Y punto.

Pero ¿qué hay del azul, el rojo, el amarillo? ¿También tenían su doble opuesto? Esa duda siempre le surgía a mitad del camino, cuando ya se daba por vencida y se sabía irremediablemente atrasada. "Tal vez no haya clases, o tal vez el profesor también llegue atrasado". Le divertía imaginarse a ella misma llegar al mismo tiempo que su profesor, le divertía la forma en que se saludarían y sonreirían, en forma cómplice e ignorando la hora. Pero eso era imposible, porque el profesor de esa clase siempre llegaba a la hora, y probablemente no la dejaría ni entrar. Entonces, ¿para qué se esforzaba tanto en llegar, si ya estaba atrasada? ¿De dónde surgía ese montón de esperanzas y respuestas incoherentes ante su propia negligencia?

¿Llegaré en 5 minutos? se preguntaba en medio de un "taco". La respuesta era obvia, pero su mente no quería darse por vencida y seguía buscándole explicaciones imposibles a su situación.

Le costaba entender que, aunque hacía todo rápido, siempre saliera tarde de su casa para ir a clases. Hablaba rápido, comía rápido. Ni siquiera andaba relajada por la vida. Al contrario, siempre iba corriendo, agitada, tomándose el café mientras caminaba-hablaba-reía-pensaba. Una vez le habían preguntado "¿Cómo es que hablas tan rápido?" y ella, instintivamente, había respondido "Es que pienso rápido, por eso hablo rápido". Se creía inteligente con esa frase. Con el tiempo comprendió que la gente realmente inteligente escoge con más cuidado lo que habla, no dice todo lo que piensa atarantadamente; además, saben resumir el montón de cosas que piensan en una idea central y coherente; además, andan más calmados por la vida, porque conocen bien sus ritmos.

Ya quedaba una cuadra.

"¿Por qué tiene que detenerse en cada esquina?"

"¿Por qué se va detrás de este inmenso bus? ¿No puede adelantarlo?"

"¡Hey! ¡Estamos en verde! ¿Por qué no avanzamos?"

"¿Por qué tiene que esperar a esa señora gorda? Ya habrá una micro con más espacio para ella"


Pero todos esos reclamos sólo los pensaba. Nunca le reclamaría al conductor, y menos desde una vez que vio cómo uno de ellos se bajaba y se ponía a pelear con un señor que manejaba una camioneta y se le atravesó por delante, a puñetazos limpios, hasta que llegó un carabinero y los separó. No, jamás se metería con uno de esos conductores. Algunos se ven pacíficos, eso sí, pero nunca hay que confiar en las apariencias. "She loves you yeah yeah yeah". Sí, sí, ella era mujer, y probablemente serían frescos con ella antes de ser ofensivos, pero prefería evitar comprobarlo.

Al fin llegó al hora de bajarse. Corrió por la calle hasta llegar a la universidad. Miró y vio que recién estaban entrando a la clase. Miró su reloj y sólo se había atrasado diez minutos. ¿Por qué estaban afuera? Como fuese, corrió hasta la sala y, como un golpe de suerte, alcanzó a entrar. "Ya, ella es la última, nadie más entra" dijo el profesor. Quizás justo ese día andaba de buen humor, en otra ocasión hubiese hecho la clase con tres alumnos adentro; ese tipo de cosas no le importaban. "All you need is love"

Se sentó en uno de los asientos del fondo. . Y ahora, a pensar en otra cosa.


21.8.07

Anyway

Aunque las fiestas del grupo de amigos de Anselmo no eran del particular agrado de Carmen, ella quiso acompañarlo a este cumpleaños de un tal Andrés. No le gustaban esas fiestas, porque todo giraba en torno al trago y los cigarrillos, que pese a que ella era una asidua consumidora de ambos vicios, no podía entender que los temas de conversación consistieran en un diálogo simple basado en las distintas experiencias de consumo-adicción, así como la fascinación de estas personas por compartir rumores de gente que no estaba presente. Sin embargo, esta vez había un factor detonante en su decisión de asistir a la fiesta. Ella estaba realmente estresada, acababa de terminar sus tres semanas más duras del semestre y sólo quería salir de su casa y tomarse algo con su mejor amigo, y por qué no, compartir un rato con otras personas. Lo que siempre pensaba Carmen era en fundar, algún día, un grupo propio, porque hasta ese momento eran solo dos, ella y Anselmo. Quería fundar algo así como el Club de la Serpiente de Cortázar, algún grupo heterogéneo basado en el jazz y las diferencias culturales; pero lo sabía bien, no estaban en París ni tampoco eran dos personajes antojadizos de un escritor surrealista. O tal vez sí, pero en un nivel de existencia que iba más allá de la física oficial.

-Lo que me carga, Anse, es que estos tipos, estos amigos tuyos, hablan de cosas inútiles. Uno le pregunta a otro: “¿Viste tal película?” Y el otro le responde: “Sí, es bakan”. “¿Escuchaste tal disco?” “Sí, es bakan”. “¿Conociste el auto nuevo de Fulano?” “Sí, es bakan”. Y eso me aburre demasiado.

-Entonces para qué vienes pues, Carmen, si tanto te aburren estos “amigos míos”.

-Ya te dije, quiero salir de mi casa, de mi círculo, por un rato. Además, pese a lo monótono de las conversaciones de estos “amigos tuyos”, creo que disfruto, bien en el fondo, el devenir de sus existencias. ¿Y quién es ese Andrés, anyway?

-Andrés es uno de los matemáticos, lo conozco hace varios años, tocaba en un grupo de rock progresivo cuando lo conocí, pero se disolvieron después de un año, y ahora este loco está más formal que nunca, anda de terno por la vida, y su vida es el trabajo y su esposa. Creo que va a tener un hijo ahora. Imagínate… ¿Anyway? ¿Qué es esa palabra anglófona en tu vocabulario?

-Ah, no sé, es que como que no hay una traducción fiel en español para esa expresión, que por cierto es muy buena. Podría decir uno “de todas formas” o “a fin de cuentas”, pero no es lo mismo. ¿Me entiendes?

-Sí, te entiendo, hay un montón de palabras de ese tipo, por ejemplo, intenta traducir mood. Es imposible. ¿Humor?, sí claro, pero cómo le aplicas “humor” a un swing. Es algo así como “estado-de-ánimo”, pero no exactamente. Sin embargo, uno entiende bien estas palabras, porque creo que el Lenguaje va más allá de las palabras y de los idiomas, creo que los conceptos los da el uso y se registran en la memoria, así simplemente. Ya Carmen, ya llegamos, aquí es la fiesta. Estaba bien enredado este cerro, ah?

-Me hubieses dejado dirigir a mí esta vez, he recorrido este cerro un montón de veces. Además, creo que desde que subimos esa escalera infernal que escucho la música de la fiesta, que, dicho sea de paso, es horrible. ¡Los gustos de tus amigos!

Anselmo hizo caso omiso a la nueva crítica de su compañera y tocó el timbre. Estuvieron harto rato esperando a que alguien se dignara a abrir, hasta que salió un gordo rubio a hablar por celular, y ahí pudieron por fin entrar. La casa estaba llena de gente, y vacía de muebles. Las paredes tenían un verde pálido que hacía recordar los hospitales rurales antiguos (casi podían ver el afiche del sarampión pegado en una de las murallas del living). Siguieron por el pasillo y Carmen le agarró la chaqueta por detrás a Anselmo, un claro indicio de que ya le estaba molestando la gran cantidad de gente acumulada en un lugar tan pequeño; ante esto, él, caballerosamente, la llevó hasta el fondo del pasillo, atravesaron la cocina hasta llegar al patio, que por cierto era inmenso, y también estaba lleno de gente (ahí era donde estaba el equipo de música y los muebles de la casa).

- Espérame aquí, ya vuelvo, voy a buscar al Andrés para saludarlo y pasarle esto – le dijo Anselmo, mostrándole una bolsa blanca de supermercado con un vino que decía “reserva” adentro. Se fue y la dejó sola, sin esperar ni siquiera una respuesta de ella. Carmen se molestó, pero lo olvidó rápido, dedicándose con todos sus sentidos a captar el escenario que tenía alrededor. Se trataba de un asado, había un grupo de hombres alrededor de la parrilla, viendo cómo se asaba la carne y añadiendo pseudo-secretos para que quedara más sabrosa, y obviamente contradiciéndose entre sí sobre quién manejaba mejor tal o cual secreto asadero. En un rincón del patio estaban las mujeres, todas ellas alrededor del equipo de música, seguramente creyendo que eso les daba autoridad dentro de la fiesta, ignorantes por completo de la fatalidad de música que habían puesto y de la que seguramente se sentían orgullosas; bueno, por lo menos nadie les reclamaba las pachangas que iban intercalando una tras otra con los bajos a todo volumen. Había un perro blanco y peludo ladrando y saltando entre la gente. Carmen lo llamó y el perro se acercó a ella y le lamió la mano izquierda, le movió unas cuantas veces la cola y salió disparado a buscar un pedazo de carne que se había caído de la parrilla.

-Así que tú eres Carmen, ah? – le dijo una figura misteriosa que de pronto apareció desde la puerta de la cocina – Anselmo me dijo que estabas acá, vine a acompañarte, soy Andrés.

Así que este era el famoso cumpleañero. Por lo visto, ya había abierto el regalo que le habían llevado, y lo había bajado hasta la mitad aparentemente él solo. Su aliento era una mezcla de olores rancios y fermentados, de los cuales Carmen pudo identificar coñac, ron y vino; sus dedos olían a hierba. “Digno representante de esta categoría de gente con la que nos estamos mezclando esta noche” pensó Carmen, mientras lo saludaba amablemente y le deseaba un feliz cumpleaños. Este gesto de amabilidad de su parte le costaría bastante caro, porque le dio bríos a este tal Andrés para que siguiera hablándole, cada vez más de cerca y compartiendo con mayor intensidad su bendito aliento de alcohólico anónimo.

-Qué te puedo servir, bella Carmen. Hay de todo en la casa, sólo pídeme lo que quieras – dijo el “tal Andrés” dándole arbitrariamente un vaso con ron-cola (o Cuba Libre, para los conocedores).

-Esto está bien, gracias – le respondió Carmen con una sonrisa de lo más falsa, con una falsedad que no se preocupó en lo más mínimo por disimular. Sin embargo, el “tal Andrés” pareció no notar la ambigüedad e ironía del mensaje y siguió hablándole. Sí, cada vez más de cerca. Carmen sólo quería que llegara Anselmo y la sacara de ahí. “Dónde estará Anse, por qué me deja sola con este pervertido-vividor-licorero” pensó.

-Eh, Andrés, ¿dónde te habías metido, viejo?, te estaba buscando; te pasé el regalo y te desapareciste – dijo súbitamente Anselmo, que venía saliendo por la puerta de la cocina con esa cara inocentona que lo caracteriza. “Ah, se dignó a aparecer” suspiró Carmen.

-Ah, sí… yo… estaba conversando con tu amiga. Bien simpática ella. ¿Por qué no la habías presentado antes? Yo siempre te invito a carretes y nunca la traes, eres un egoísta.

-Bueno, ya la traje. A propósito, ¿cómo está tu esposa? Supe que iban a tener un hijo – le dijo Anselmo, cambiándole el tema. Ya sabía cómo tratar a un amigo borracho, sobre todo a este Andrés, que no hacía más que dar problemas, incluso cuando estaba lúcido.


Luego de hablar un montón de trivialidades, y después de unos cuantos golpes en las costillas de parte de Carmen, él decidió que ya era hora de irse, así que se despidieron del borracho cumpleañero (tal parece que el regalo que le traían era el más apropiado que podían haber traído) y salieron de la “casa pachanguera”, bajaron por otra escalera, que curiosamente era más directa y rápida que por la que habían subido el cerro, y llegaron al plan. No tenían sueño, así que fueron a tomarse unas cañas a algún bar del puerto, después de todo esta era una de las pocas veces que podían ir a tomarse algo fuera de casa.

-Menos mal que salimos de ese antro, Anse, estaba cansándome de aguantar la respiración mientras el “tal Andrés” me hablaba. Lástima que no hayamos podido sentarnos en uno de esos sillones de mimbre y conversar un rato solos los dos.

-Sí, y lástima que no hayamos alcanzado algún pedazo de carne, que se veía bastante buena

-No seas asqueroso, acaso no sabes que eso era un ser vivo antes de estar en esa grasienta y oxidada parrilla. Eres un monstruo al comerte a esos pobres animales indefensos…

Anselmo no tenía ganas de discutir sobre el vegetarianismo a esas horas de la noche, así que le propuso rápidamente un bar, del que los dos estuvieron de acuerdo, y entraron sin más demora. Ella pidió vodka tónica y él pidió un ron, y comenzaron a hablar de la naturaleza del tiempo y de los ritos que hay en las casas de las tías mientras les servían los tragos. Conversaron hasta que cerraron el local. Hablaron de Heidegger y la esencia del Ser, de Agustín de Hipona que Carmen se negaba a llamarlo “santo”, y de la tía de Anselmo que siempre dejaba el volumen de la televisión en un número par. También hablaron de las excelentes improvisaciones de Dizzie Gillespie y de la ensalada de lechuga con atún (por lo menos, Carmen comía atún, aunque no comía pescado frito, lo cual constituía otro de sus misterios alimenticios, como el tomarse el té sin azúcar pero comerse esos deliciosos y relajantes pasteles de selva negra los domingos por la tarde).

Comenzaron a subir las sillas a las mesas y a barrer el piso en el bar, señal clara de que tenían que desalojar el recinto por la buena. Salieron y les pesaron los tragos que se habían tomado en el local porteño, sobre todo en las piernas, que apenas lograban mover para caminar en forma relativamente decente.

-Así te reías del “tal Andrés”, y mírate ahora, Carmen, apenas te mantienes de pie – le repetía Anselmo cada ciertos pasos mientras caminaban hacia la casa de ella, y cada vez que decía esa broma los dos se mataban de la risa. Iban abrazados subiendo las escaleras, que extrañamente estaban húmedas sin haber llovido esa noche. Llegaron a la casa de Carmen, entraron a su pieza y se tiraron en la cama, muertos de cansancio y de sueño. Por debajo de la cómoda de enfrente salió Tender a recibirlos, y se tiró al lado de ellos. Ahí se quedaron los tres largo rato, hasta que Carmen fue a la cocina a tomarse un vaso de agua. Al volver, se acurrucó entre el brazo derecho y el pecho de Anselmo, y él la abrazó cariñosamente, sintiendo cómo la respiración de ella se deslizaba a través de su cuello desabrigado. Notaba su delgadez y la suavidad de su rostro y estaba completamente perdido en esas cavilaciones, cuando se dio cuenta de que sus labios estaban justo enfrente de los de ella, y casi se tocaban, y ambos tenían los ojos cerrados y difícilmente podrían abrirlos de tan cansados que estaban, y casi sentían la efervescencia del otro mientras estaban allí como paralizados sin besarse ni alejarse. Estuvieron así durante unos minutos. De pronto, Carmen se rió en silenció arrojándole todo el aire en el rostro a Anselmo; él le respondió con una sonrisa, la abrazó con ternura y la besó en los labios.

Luego de unos tres casi-besos consecutivos en los últimos días, uno en su paseo por el parque, otro en el café de los recuerdos y otro allí mismo en su pieza hacía tan sólo unos días, no podía creer que al fin había sucedido. Por lo visto, ella estaba totalmente consciente y de hecho no parecía estar molesta con el beso, aunque Anselmo se dejó para sí el “beneficio de la duda” y prefirió pensar que todo fue casualidad. Sin embargo, su pensamiento conformista se desmoronó con una rapidez inusitada, cuando Carmen le envolvió el cuello con sus delgados brazos y puso sus labios húmedos y fríos sobre los de él, y lo besó con extraña soltura.

Ahí se quedaron dormidos, abrazados, uno en frente del otro. Ambos pensaron, con cierto miedo, en lo que acababan de hacer y en la posibilidad de que su amistad cambiara a causa ello. Sin embargo, el cansancio pudo más, y sus ojos no volvieron a abrirse hasta la tarde siguiente. Curiosamente, ambos se quedaron dormidos con la misma frase en la mente, de Rilke, el primer verso de la segunda Elegía: “Terrible es todo ángel…”

15.8.07

Entre Cerros y Plan (Parte 3)

Iban por el Plan sin ningún plan. Se reían de los perros persiguiendose la cola y de los escolares vestidos de muertos que salían a esa hora del colegio. Ella recordaba el inconfundible sonido de Miles Davis, él hacía figuras con sus manos emulando alguna clase de ave. Así se entretenían y mataban el tiempo, ese tiempo que a veces pasa tan lento y tan rápido a la vez. Tiempo, un concepto algo vago y difuso para Anselmo en el último tiempo. Veintisiete horas atrás estaba inmerso en el pasado remoto de su infancia y en ese mismo instante se encontraba en alguna clase de presente sin tiempo ni espacio. Pero sabía que su presente era lo único que existía, pese a ser inalcanzable e incalculable. Su visita al pasado había sido sólo un vistazo, como si una especie de "fantasma de los recuerdos de la infancia" lo hubiese llevado de viaje hacia esas imágenes en magia y sepia, y luego lo haya traído de regreso y lo haya hecho ver lo añoso y deteriorado del presente. Pero el presente no era tan malo después de todo. Primero, su tío parecía muy feliz allí en su parcela, pese a un par de deudas impagas y ciertos dolores a la columna. Y segundo, lo había sorprendido Carmen, algo que - tenía que reconocer - nunca se lo había esperado. Ella llegó sin previo aviso, y lo trajo de vuelta a su verdadero hogar, al viejo pero joven puerto de Valparaíso.

Siguieron sin pla definido caminando, hasta que vieron por ahí una escalera bastante empinada y decidieron subirla. Cuando iban por la mitad de la subida el cansansio era casi insoportable, pero ya era lo mismo seguir que volver, así que tomaron algo de aliento y siguieron subiendo. Al llegar arriba sintieron un fino olor a hierba - sí, sí, cannabis sativa - y vieron unos letreros que indicaban el camino a un museo. Siguieron las flechas (como seguir un "camino amarillo") y llegaron al museo, aunque no les importó mucho los cuadros y esculturas de adentro y se quedaron afuera, mirando el mar y los cerros desde esa imponente vista. Encontraron un pequeño parque, algo escondido y bien obscuro, y decidieron entrar. No había nadie, y se preguntaron si estaba permitido estar ahí. Aún caían gotas allí adentro del parque, gotas de lluvia de la noche anterior que obviamente habían quedado en las ramas de los árboles. El suelo estaba aún mojado, más bien embarrado, y había un exquisito olor a tierra mojada. También algo de olor a pasto mojado, lo que puso algo pensativa a Carmen (Anselmo sabía bien la razón, pero no dijo nada).

Pasaron un buen rato ahí. Hacía bastante frío y ya estaba oscureciendo, así que decidieron volver. Bajaron el cerro por un camino distinto, algo enredado y laberíntico, y llegaron nuevamente al Plan. Sintieron por ahí cerca un delicioso olor a café y como era de esperarse se antojaron de tomarse una taza caliente, ella de expreso y él de cortado. Se metieron al café más cercano, que resultó ser uno de los más bonitos que había visitado, tenía algunas fotos en blanco y negro que recordaban ciertos hechos históricos bastante memorables o que eran simplemente bonitas, muchas de ellas de los grandes del jazz. Quizás impregnados de ambiente de recuerdos, comenzaron a hablar, mientras les traían los cafés, de cómo se habían conocido y de lo bien que lo pasaban juntos.

"Debo pedirte disculpas, Anse, por ser así de complicada el último tiempo" dijo de pronto Carmen. "Tranquila, no te he reclamado nada" le respondió sinceramente él, desestimando la gravedad del asunto. Los dos pidieron una segunda taza, y luego de tomársela, tomando en cuenta las fotos de las paredes y lo que habían hablado en el café, bautizaron al lugar como "café de los recuerdos". Al salir cada uno tenía que tomar un camino distinto, cada uno a su propia casa. Se despidieron con un abrazo fuerte y extendido, chocaron sus mejillas y en pocos segundos ya estaban frente a frente, nariz con nariz, mirándose con una sonrisa arcaica y ambigua. Podrían haber seguido, pero su instinto hizo que se separaran, aunque quedaron tomados de las manos. "Chau, Carmen, nos vemos mañana" le dijo Anselmo, como para cortar el tenso momento. Carmen no dijo nada, simplemente dio media vuelta y caminó hacia un paradero. De tanto caminar, descubrir lugares mágicos y morirse de frío, no estaba de ánimo para pensar lo que casi había sucedido, así que tomó la primera micro que pasó, se sentó en el cuarto asiento y encendió su mp3 player hasta llegar a su casa. De seguro el disco "April in Paris" de Count Basie la ayudaría relajarse y dejar de pensar tanto, y claro, lograr dormir esa fría noche.

13.8.07

Entre Cerros y Plan (Parte 2)

Nuevamente debido a cierta casualidad existencial se encontraron, como si se hubiesen puesto de acuerdo para hacerlo, detrás del Neptuno. Sí, esa pileta que tiene unos pescaditos, entre eso y la librería de atrás. Se encontraron justo de frente, se miraron y sonrieron, al acercarse pretendieron que fuese más casual aún aquél encuentro mirando para otro lado tosiendo y pensando en otra cosa. Hacía frío esa tarde. "Valparaíso puede ser una fuente de no-tiempo similar a la mente, pero con un poco más de certidumbre" dijo Carmen. Él asintió y la invitó a caminar.

Habían pasado un montón de cosas extrañas entre los dos, desde que habían vuelto juntos del sur. Anselmo sabía que ella era así, que de pronto le daba la locura y podía pintar de nuevo su pieza (en dos meses lo había hecho unas cinco veces) o regalar la mitad de su closet. Y claro, su úlitma locura fue viajar al sur, donde él estaba descansando y evadiendo el mundo donde su tío. En mejores palabras, estaba evadiendo el presente con un poco de pasado.

Carmen pensaba en el botón del semáforo y en su supuesta eficiencia a la hora de cruzar la calle. ¿Quién alimentará a esos peces? Recordó en su manía de perder siempre un calcetín, así que esa mañana había resuelto ponerse siempre calcetines cambiados, después de todo tenía una gran cantidad de calcetines "guachos". Francamente no creía en la filosofía de Anselmo de coserle los hoyos a cada calcetín (y menos de plancharlos para secarlos más rápido en invierno) y si alguno quedaba sin pareja utilizarlo para limpiar los muebles o guardarlo para algún día hacerse un títere.

Caminaron. Cada uno pensando en lo suyo, pero compartiendo algo de aire, la subida desde el plan al cerro, a ratos la vereda y a ratos la calle, un sandwich de soya a medio comer y unas cuantas palabras mientras caminaban.

Hacía frío, y un viento helado se insertaba con facilidad entre la lana del chaleco tejido de Carmen. Sin pensarlo dos veces, y luego de mirar lo abrigada que se veía la chaqueta de Anselmo, se metió ahí dentro abrazando el torso de su distraído mejor amigo y poniendo, casi por obligación para él, su brazo sobre los hombros de ella. "¿Quedaste cómoda?" le preguntó irónicamente Anselmo. "Podría decirse que sí..." respondió ella y siguieron caminando rumbo a alguna parte que ninguno de los dos sabía.

Entre Cerros y Plan (Parte 1)

Lo sabían muy bien. Además de viajar eternamente dentro de sus mentes, también era muy agradable a veces pasear en calles físicas, no tan solo metafísicas, y observar la maravilla de la creación humana, mezclada con todo eso que ya estaba ahí desde antes. ¿Cómo describir esos olores y sabores habituados a las calles sucias y polvorientas, cubiertas de rocío matutino, de ese rocío que es salado y que recuerda a ese arduo y glorioso mar que uno ve todos los días bajando el cerro?. Sí, lo sabían. Sabían que debían salir un rato de sí mismos y observar su entorno. Después de todo, el ego está construído no sólo de lo interno sino también de lo externo, y qué mejor que salir a recorrer las infinitas escaleras desteñidas por la lluvia y saludar a las señoras gordas que barren y barren un espacio de la calle que piensan suyo, hablando con otras señoras equivalentes o con uno que otro gato, también gordo (por comer ratones, claro), que justo pasaba por ahí.

24.7.07

Viaje al Pasado

Anselmo lo decidió todo a las tres de la mañana de un día cualquiera. Lo decidió luego de no haberlo pensado nunca, simplemente se le ocurrió y se sintió feliz con su ocurrencia. En fin, esa misma tarde Anselmo tomó un bolso verde oscuro y echó ahí todas sus cosas importantes: un libro de Borges, algo de música, un tren mecánico de juguete y sus poleras favoritas. Sólo lo imprescindible. Hacía unos días estaba algo distanciado con Carmen, quién sabe por qué, tomando en cuenta lo intrincado que se ponía a veces el ánimo de su amiga; por eso no le avisó que se iría unos días al campo, como bien lo había pensado esa madrugada. En el fondo, sabía que ella lo entendería, quizás no de inmediato, pero con el pasar de los minutos luego de enterarse de su fugaz huída probablemente lo haría. La conocía. Ella pedía a gritos algo de espacio, y también sabía muy bien dar ese espacio a los demás.

Tomó un bus antiguo, de un color blanco pálido con unas líneas rojo oscuro a los lados, los vidrios delanteros tenían una forma curiosamente redondeada, la puerta para subirse estaba bastante más atrás del conductor, y el auxiliar era un tipo pequeño aparentemente simpático. Anselmo le sonrió al subir. Luego de sentarse en el asiento doce, ventana, sacó un sándwich de queso que se había preparado antes de viajar y se dispuso a observar el paisaje. Después de todo, hacía bastante tiempo que no viajaba, y menos con rumbo al sur, a la mítica parcela de su tío Leo.

Nunca supo bien si su tío se llamaba Leonardo o Leopoldo. Todo el mundo lo conocía como Leo, simplemente Leo. Quizás no se llamara de ninguna de las dos formas. A Anselmo se le ocurrió que podía llamarse Pancracio, Atanasio, Baltasar o cualquier otro nombre de persona mayor, que no tuviese nada que ver con Leo. La idea le divirtió un rato, pero pronto se distrajo con el hermoso verde que veían sus ojos a través de la ventana. Se imaginó pronto que volvería a ver esos árboles gigantes a la entrada de la parcela de su tío, esos manzanos que harían desvariar a cualquier Quijote, o esos nogales infinitos que casi tocaban el cielo, ese camino siempre embarrado de la entrada, y toda la familia disfrutando de un almuerzo a la intemperie. La idea lo puso contento. Sin duda la nostalgia del pasado, pensó. Un abrupto ronquido lo sacó de sus cavilaciones, y una tos seca proveniente de unos asientos más atrás le indicó que aún estaba en el bus, que aún no llegaba al soñado escenario campestre.

Pasaron varias ciudades y pueblos a través de su ventana, y el trayecto entre ellas le pareció exageradamente corto. Recordó la relatividad y le dio asco su propio relativismo, tan propio del mundo moderno (o posmoderno, como diría Carmen) en el que estaba inmerso. Lo cierto es que Anselmo estaba algo hastiado del constante relativismo con que eran tratados temas que para él eran muy serios. Y es que se repetían demasiado algunas frases, tanto justificativas como egoístas, de parte de sus coetáneos. Bueno, pero ese era un tema que iba a ser tratado a su regreso, cuando pudiera compartir con su mejor amiga todo lo que sucedería en su escapada. Le encantaba la idea de llegar sin aviso al lugar de Carmen y conversar con ella hasta tarde sobre lo acontecido, claro, si ella no se rehusaba a hablarle después del inusitado enojo que se había apoderado de ella los últimos días. Pensó que mejor era no darle más vueltas a eso, que cuando regresara iba a arreglar ese asunto. Ahora sólo debía pensar con su viaje, en su presente, en su regreso al pasado.

Se quedó dormido viendo los parajes constantes a su derecha, que estaba seguro que eran los mismos que veía el que estaba sentado al lado izquierdo del bus, asiento uno, cinco, nueve, etc. En realidad escogió ese asiento porque era el único libre, y le agradó que fuese ventana, entre otras cosas, porque le gustaba ver el paisaje, y si su compañero de asiento tenía que bajarse, simplemente lo hiciera sin importunarlo. Pronto desechó esa segunda idea bastante egoísta y se quedó con lo primero: le encantaba el paisaje sureño. De un momento a otro se durmió profundamente pensando en esos distintos cielos, cuando sintió que alguien tocaba su hombro. Era el auxiliar, el señor bajito con camisa celeste y corbata azul-marino, como de uniforme colegial, al que le había sonreído al subirse. Le indicaba que pronto llegarían al cruce en el que tenía que bajarse. Le emocionó la noticia. Sacó su bolso verde del casillero de arriba, y pensó que era una suerte que pudiera siempre llevar por mano su equipaje, porque nunca se cargaba demasiado con cosas que no ocuparía. Recordó a Carmen, que siempre andaba con cosas inservibles, que más que una manía era algo así como superstición, según sospechaba Anselmo. En todo caso, él llevaba un tren de juguete, que era en realidad un pedacito de Carmen que llevaba consigo para poder recordarla mejor cuando estuviese solo.

Llegaron al cruce y Anselmo se bajó de prisa y comenzó a caminar de inmediato, mientras sonaba detrás el ruido del motor del bus partiendo y pasando cambios, hasta alejarse. Era tarde y no vio ningún taxi o microbús, así que procedió a caminar, sorprendiéndose gratamente de su propia memoria que recordaba exactamente el camino. Al cabo de casi un ahora y media, aunque relativamente parecieron unos veinte minutos de caminata, llegó hasta el pueblo, conformado por una calle larga de tierra, un par de almacenes con pizarras negras que decían “Hay pan” en la entrada, algunas carretas enterradas en el suelo y las tenues luces de los postes, curiosamente verdes. No había nadie en la calle. En la calle del pueblo. Siguió caminando, esperando que su tío lo reconociera y no se asustara con la visita de un tipo prácticamente desconocido que llegaba en plena oscuridad. Salió del pueblo y caminó por algunos minutos por un camino de tierra en que no se veía mucho; sobrepasó algunos portones, unos pomposos y otros más humildes, hasta llegar a un portón café cerrado con un alambre grueso. Lo abrió y entró, y lo recibieron un montón de perros ladrando. Anselmo se asustó, pero recordó la clásica letanía que dice que los perros que ladran no muerden. De pronto una voz proveniente de la oscuridad lo sobrecogió aún más, entrecerró los ojos para mirar mejor entre las sombras pero no lograba ver bien. En la voz que le gritó “¿Quién vive?” reconoció a su tío, su querido tío Leo.

***

Carmen despertó esa mañana con una extraña sensación de vacío. Repasó su itinerario, que consistía en ir a pagar unas cuentas al centro, escuchar el vinilo de Charlie Parker que había comprado ese fin de semana en la feria de las pulgas, mirar a través de su ventana entre una o dos horas y visitar a su amiga abuela. Hace tiempo que no la visitaba. Hasta extrañaba ese olorcito añoso de los vetustos libreros que tenía la anciana, y el té caliente con canela que siempre le ofrecía. Pero esa sensación de vacío no la dejaba en paz. Estuvo toda la mañana algo extraña, aún más extraña de lo que había estado desde hacía unas semanas. Lo sabía, ella era complicada, era difícil de soportar. Por suerte su mejor amigo sabía cómo hacerlo. Así, pensó en Anselmo, y se le ocurrió llamarlo. Llamó a su casa y allí le dijeron que se había ido de viaje. “¿Acaso todo el mundo sabe y soy la última en enterarme que viajó?” pensó Carmen, y notó el egocentrismo de su retórica pregunta. Le dijeron que se fue donde su tío, a la octava región. “Tan lejos que está mi Anse” pensó mientras el contaban que se había ido sin avisarle a nadie, y que de no ser por su hermano que se encontró con él en la entrada de la casa mientras se iba, nadie sabría dónde estaba. Colgó, y comprendió muy bien que la angustia de esa mañana estaba relacionada con la ausencia de su mejor amigo. No había cabida a otra explicación, estas cosas se sienten, simplemente se sienten, incluso antes de saber racionalmente lo que ocurre. Carmen se duchó con total lentitud, se puso una falda a cuadros encima de un buzo (o salida de cancha, como el llaman en Valpo) y una bufanda color mostaza, añadió a su atuendo los clásicos palillos de madera con que se afirmaba el pelo, que por cierto era muy oscuro (aún más oscuro ahora que estaba húmedo recién-salido-de-la-ducha) y liso. Salió de su casa, cerró la puerta detrás suyo sin echarle llave y se dirigió donde la amiga abuela. Se saludaron cariñosamente, Carmen le dijo que iría a verla esa tarde, y la anciana asintió feliz. Bajó corriendo la escalera, algo húmeda aún, del cerro. Se mareó un poco al mirar hacia abajo, pero siguió con la misma velocidad, corrió y siguió corriendo una vez que había bajado toda la escalera. Se detuvo en un quiosco y compró un horóscopo, y luego de leerlo se dirigió a pagar las cuentas.

***

- Bienvenido Chemito – le dijo su tío la siguiente mañana, y de inmediato Anselmo, al abrir los ojos luego de despertar con esa voz ronca que le hablaba, notó los años que habían pasado encima del rostro curtido y de los verdes ojos profundos de su querido tío. Se le había olvidado que aquí en el campo todos le decían chemito, una especie de diminutivo no oficial de su nombre. Pensó un rato en los diminutivos de los nombres y en lo ilógicos que suelen ser: Coke, Pepe, Feña, Seba, etc. Pero ninguno más ilógico que el odioso pero cariñoso Chemito.

- Hola tío, ¿cómo está? – saludó educadamente Anselmo, y le dio risa lo protocolar de su saludo.

- Aquí pue’, hijo, poniéndole empeño to’avía. Usté sabe questá difícil la cosa – típica respuesta de un hombre cansado. Recordó cierto cuento de Borges, no supo bien por qué, pero le agradó que hubiese traído precisamente el Libro de Arena a este viaje. El viejo en realidad se veía cansado, y más aún tomando en cuenta que se había quedado solo. El tío Leo quedó viudo a temprana edad, cuando sus dos hijos estaban aún pequeños, y tuvo que ser papá y mamá a la vez. Algún tiempo le ayudó su hermana Leticia, la madre de Anselmo, y por eso que había una relación bastante cercana entre las dos familias. De hecho, los hijos del tío Leo parecían hermanos de los hijos de Leticia.

Conversaron largo rato, recordando viejos tiempos. El tío tenía encendida la cocina a leña, así que estaba todo listo para tomarse y ‘conversarse’ unos mates. El mate le pareció exquisito, sobre todo por el toque que le daba la cáscara de limón que le echó el tío en la quinta cebada. Comieron queso de cabra tostado. Todo era típicamente sureño, y a Anselmo lo sobrecogió esa sensación de nostalgia que ya era patente desde que había llegado. Recordaron las ‘pichangas’ que se jugaban los primos en el potrero de don Jacinto, de la parcela de al lado, y recordaron esos almuerzos que nunca acababan y se juntaban con la once y la comida, y parecía que hubiesen estado almorzando desde la una de la tarde hasta las diez de la noche. Después de compartir esos recuerdos los dos se quedaron mudos, y una clara simpatía reinaba entre ellos, una clara complicidad de haber sido compañeros de esos recuerdos en sepia. Luego de un rato de silencio, el tío Leo le dijo a Anselmo que tenía que ir a vender unas cosas al pueblo, y que regresaría a la hora de almuerzo, que mientras tanto él podía ir a dar una vuelta por la parcela. Anselmo se sintió feliz de poder ver, ahora con la luz del día, lo que era esa parcela de sus recuerdos, esa alfalfa que parecía infinita y ese canal en que se bañaban en los veranos, a hurtadillas de los adultos porque era un sitio bastante peligroso para niños tan pequeños. Su tío se fue en una carreta y Anselmo lo vio alejarse, luego dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el interior de la parcela, seguido de los - ahora amistosos – perros quiltros que cuidaban el lugar.

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El horóscopo decía esa mañana: “Piscis: No se olvide de sus amigos. La depresión es un mal de los tiempos modernos, especialmente en las grandes ciudades”. A Carmen no le parecía que Valparaíso fuese una ciudad grande, al contrario, era bastante provinciano, pero la idea de la depresión la remeció. Estaba siendo muy egoísta, evadiendo todo atisbo de sociedad, y sobre todo, ignorando a Anselmo, quien era la persona que más la entendía. Y ahora él estaba lejos, allá en el sur. Deseó por un instante que Anselmo tuviese teléfono móvil, o haber tenido el número de este tío del sur, para así haberlo llamado. Pero no había ninguna opción de contactarlo. Simplemente desapareció de la faz de la tierra (lo pensó así, tal cual, con todo lo cursi de esa expresión)

De pronto sus ojos se iluminaron. Corrió hacia su casa, revolvió unos papeles con dibujos y escritos en su escritorio y encontró una de las libretas de Anselmo. “Anse, tú todo lo expresas en estas, ah?” se rió Carmen, y se dispuso a hojearla para ver si encontraba alguna pista. Y la encontró, casi al final, y observó lo que parecía un mapa, hecho con lápiz 6B pero entendible, y con una X estaba marcada la casa de su tío en el sur. Lo había descubierto. Una vez más su espíritu detectivesco había encontrado la solución. Se sintió bastante auto-complacida, pero aún quedaba la parte más difícil: verlo en la realidad. Necesitaba algo de aire. No, no necesitaba aire, necesitaba valor. Y ese valor lo iba a encontrar en la fuente de todas las valentías y de toda experiencia, y claro, de todo romanticismo por esos días: la amiga abuela.