Viaje al Pasado
Anselmo lo decidió todo a las tres de la mañana de un día cualquiera. Lo decidió luego de no haberlo pensado nunca, simplemente se le ocurrió y se sintió feliz con su ocurrencia. En fin, esa misma tarde Anselmo tomó un bolso verde oscuro y echó ahí todas sus cosas importantes: un libro de Borges, algo de música, un tren mecánico de juguete y sus poleras favoritas. Sólo lo imprescindible. Hacía unos días estaba algo distanciado con Carmen, quién sabe por qué, tomando en cuenta lo intrincado que se ponía a veces el ánimo de su amiga; por eso no le avisó que se iría unos días al campo, como bien lo había pensado esa madrugada. En el fondo, sabía que ella lo entendería, quizás no de inmediato, pero con el pasar de los minutos luego de enterarse de su fugaz huída probablemente lo haría. La conocía. Ella pedía a gritos algo de espacio, y también sabía muy bien dar ese espacio a los demás.
Pasaron varias ciudades y pueblos a través de su ventana, y el trayecto entre ellas le pareció exageradamente corto. Recordó la relatividad y le dio asco su propio relativismo, tan propio del mundo moderno (o posmoderno, como diría Carmen) en el que estaba inmerso. Lo cierto es que Anselmo estaba algo hastiado del constante relativismo con que eran tratados temas que para él eran muy serios. Y es que se repetían demasiado algunas frases, tanto justificativas como egoístas, de parte de sus coetáneos. Bueno, pero ese era un tema que iba a ser tratado a su regreso, cuando pudiera compartir con su mejor amiga todo lo que sucedería en su escapada. Le encantaba la idea de llegar sin aviso al lugar de Carmen y conversar con ella hasta tarde sobre lo acontecido, claro, si ella no se rehusaba a hablarle después del inusitado enojo que se había apoderado de ella los últimos días. Pensó que mejor era no darle más vueltas a eso, que cuando regresara iba a arreglar ese asunto. Ahora sólo debía pensar con su viaje, en su presente, en su regreso al pasado.
Se quedó dormido viendo los parajes constantes a su derecha, que estaba seguro que eran los mismos que veía el que estaba sentado al lado izquierdo del bus, asiento uno, cinco, nueve, etc. En realidad escogió ese asiento porque era el único libre, y le agradó que fuese ventana, entre otras cosas, porque le gustaba ver el paisaje, y si su compañero de asiento tenía que bajarse, simplemente lo hiciera sin importunarlo. Pronto desechó esa segunda idea bastante egoísta y se quedó con lo primero: le encantaba el paisaje sureño. De un momento a otro se durmió profundamente pensando en esos distintos cielos, cuando sintió que alguien tocaba su hombro. Era el auxiliar, el señor bajito con camisa celeste y corbata azul-marino, como de uniforme colegial, al que le había sonreído al subirse. Le indicaba que pronto llegarían al cruce en el que tenía que bajarse. Le emocionó la noticia. Sacó su bolso verde del casillero de arriba, y pensó que era una suerte que pudiera siempre llevar por mano su equipaje, porque nunca se cargaba demasiado con cosas que no ocuparía. Recordó a Carmen, que siempre andaba con cosas inservibles, que más que una manía era algo así como superstición, según sospechaba Anselmo. En todo caso, él llevaba un tren de juguete, que era en realidad un pedacito de Carmen que llevaba consigo para poder recordarla mejor cuando estuviese solo.Llegaron al cruce y Anselmo se bajó de prisa y comenzó a caminar de inmediato, mientras sonaba detrás el ruido del motor del bus partiendo y pasando cambios, hasta alejarse. Era tarde y no vio ningún taxi o microbús, así que procedió a caminar, sorprendiéndose gratamente de su propia memoria que recordaba exactamente el camino. Al cabo de casi un ahora y media, aunque relativamente parecieron unos veinte minutos de caminata, llegó hasta el pueblo, conformado por una calle larga de tierra, un par de almacenes con pizarras negras que decían “Hay pan” en la entrada, algunas carretas enterradas en el suelo y las tenues luces de los postes, curiosamente verdes. No había nadie en la calle. En la calle del pueblo. Siguió caminando, esperando que su tío lo reconociera y no se asustara con la visita de un tipo prácticamente desconocido que llegaba en plena oscuridad. Salió del pueblo y caminó por algunos minutos por un camino de tierra en que no se veía mucho; sobrepasó algunos portones, unos pomposos y otros más humildes, hasta llegar a un portón café cerrado con un alambre grueso. Lo abrió y entró, y lo recibieron un montón de perros ladrando. Anselmo se asustó, pero recordó la clásica letanía que dice que los perros que ladran no muerden. De pronto una voz proveniente de la oscuridad lo sobrecogió aún más, entrecerró los ojos para mirar mejor entre las sombras pero no lograba ver bien. En la voz que le gritó “¿Quién vive?” reconoció a su tío, su querido tío Leo.
***
Carmen despertó esa mañana con una extraña sensación de vacío. Repasó su itinerario, que consistía en ir a pagar unas cuentas al centro, escuchar el vinilo de Charlie Parker que había comprado ese fin de semana en la feria de las pulgas, mirar a través de su ventana entre una o dos horas y visitar a su amiga abuela. Hace tiempo que no la visitaba. Hasta extrañaba ese olorcito añoso de los vetustos libreros que tenía la anciana, y el té caliente con canela que siempre le ofrecía. Pero esa sensación de vacío no la dejaba en paz. Estuvo toda la mañana algo extraña, aún más extraña de lo que había estado desde hacía unas semanas. Lo sabía, ella era complicada, era difícil de soportar. Por suerte su mejor amigo sabía cómo hacerlo. Así, pensó en Anselmo, y se le ocurrió llamarlo. Llamó a su casa y allí le dijeron que se había ido de viaje. “¿Acaso todo el mundo sabe y soy la última en enterarme que viajó?” pensó Carmen, y notó el egocentrismo de su retórica pregunta. Le dijeron que se fue donde su tío, a la octava región. “Tan lejos que está mi Anse” pensó mientras el contaban que se había ido sin avisarle a nadie, y que de no ser por su hermano que se encontró con él en la entrada de la casa mientras se iba, nadie sabría dónde estaba. Colgó, y comprendió muy bien que la angustia de esa mañana estaba relacionada con la ausencia de su mejor amigo. No había cabida a otra explicación, estas cosas se sienten, simplemente se sienten, incluso antes de saber racionalmente lo que ocurre. Carmen se duchó con total lentitud, se puso una falda a cuadros encima de un buzo (o salida de cancha, como el llaman en Valpo) y una bufanda color mostaza, añadió a su atuendo los clásicos palillos de madera con que se afirmaba el pelo, que por cierto era muy oscuro (aún más oscuro ahora que estaba húmedo recién-salido-de-la-ducha) y liso. Salió de su casa, cerró la puerta detrás suyo sin echarle llave y se dirigió donde la amiga abuela. Se saludaron cariñosamente, Carmen le dijo que iría a verla esa tarde, y la anciana asintió feliz. Bajó corriendo la escalera, algo húmeda aún, del cerro. Se mareó un poco al mirar hacia abajo, pero siguió con la misma velocidad, corrió y siguió corriendo una vez que había bajado toda la escalera. Se detuvo en un quiosco y compró un horóscopo, y luego de leerlo se dirigió a pagar las cuentas.
***
- Bienvenido Chemito – le dijo su tío la siguiente mañana, y de inmediato Anselmo, al abrir los ojos luego de despertar con esa voz ronca que le hablaba, notó los años que habían pasado encima del rostro curtido y de los verdes ojos profundos de su querido tío. Se le había olvidado que aquí en el campo todos le decían chemito, una especie de diminutivo no oficial de su nombre. Pensó un rato en los diminutivos de los nombres y en lo ilógicos que suelen ser: Coke, Pepe, Feña, Seba, etc. Pero ninguno más ilógico que el odioso pero cariñoso Chemito.
- Hola tío, ¿cómo está? – saludó educadamente Anselmo, y le dio risa lo protocolar de su saludo.
- Aquí pue’, hijo, poniéndole empeño to’avía. Usté sabe questá difícil la cosa – típica respuesta de un hombre cansado. Recordó cierto cuento de Borges, no supo bien por qué, pero le agradó que hubiese traído precisamente el Libro de Arena a este viaje. El viejo en realidad se veía cansado, y más aún tomando en cuenta que se había quedado solo. El tío Leo quedó viudo a temprana edad, cuando sus dos hijos estaban aún pequeños, y tuvo que ser papá y mamá a la vez. Algún tiempo le ayudó su hermana Leticia, la madre de Anselmo, y por eso que había una relación bastante cercana entre las dos familias. De hecho, los hijos del tío Leo parecían hermanos de los hijos de Leticia.
Conversaron largo rato, recordando viejos tiempos. El tío tenía encendida la cocina a leña, así que estaba todo listo para tomarse y ‘conversarse’ unos mates. El mate le pareció exquisito, sobre todo por el toque que le daba la cáscara de limón que le echó el tío en la quinta cebada. Comieron queso de cabra tostado. Todo era típicamente sureño, y a Anselmo lo sobrecogió esa sensación de nostalgia que ya era patente desde que había llegado. Recordaron las ‘pichangas’ que se jugaban los primos en el potrero de don Jacinto, de la parcela de al lado, y recordaron esos almuerzos que nunca acababan y se juntaban con la once y la comida, y parecía que hubiesen estado almorzando desde la una de la tarde hasta las diez de la noche. Después de compartir esos recuerdos los dos se quedaron mudos, y una clara simpatía reinaba entre ellos, una clara complicidad de haber sido compañeros de esos recuerdos en sepia. Luego de un rato de silencio, el tío Leo le dijo a Anselmo que tenía que ir a vender unas cosas al pueblo, y que regresaría a la hora de almuerzo, que mientras tanto él podía ir a dar una vuelta por la parcela. Anselmo se sintió feliz de poder ver, ahora con la luz del día, lo que era esa parcela de sus recuerdos, esa alfalfa que parecía infinita y ese canal en que se bañaban en los veranos, a hurtadillas de los adultos porque era un sitio bastante peligroso para niños tan pequeños. Su tío se fue en una carreta y Anselmo lo vio alejarse, luego dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el interior de la parcela, seguido de los - ahora amistosos – perros quiltros que cuidaban el lugar.
***
El horóscopo decía esa mañana: “Piscis: No se olvide de sus amigos. La depresión es un mal de los tiempos modernos, especialmente en las grandes ciudades”. A Carmen no le parecía que Valparaíso fuese una ciudad grande, al contrario, era bastante provinciano, pero la idea de la depresión la remeció. Estaba siendo muy egoísta, evadiendo todo atisbo de sociedad, y sobre todo, ignorando a Anselmo, quien era la persona que más la entendía. Y ahora él estaba lejos, allá en el sur. Deseó por un instante que Anselmo tuviese teléfono móvil, o haber tenido el número de este tío del sur, para así haberlo llamado. Pero no había ninguna opción de contactarlo. Simplemente desapareció de la faz de la tierra (lo pensó así, tal cual, con todo lo cursi de esa expresión)
De pronto sus ojos se iluminaron. Corrió hacia su casa, revolvió unos papeles con dibujos y escritos en su escritorio y encontró una de las libretas de Anselmo. “Anse, tú todo lo expresas en estas, ah?” se rió Carmen, y se dispuso a hojearla para ver si encontraba alguna pista. Y la encontró, casi al final, y observó lo que parecía un mapa, hecho con lápiz 6B pero entendible, y con una X estaba marcada la casa de su tío en el sur. Lo había descubierto. Una vez más su espíritu detectivesco había encontrado la solución. Se sintió bastante auto-complacida, pero aún quedaba la parte más difícil: verlo en la realidad. Necesitaba algo de aire. No, no necesitaba aire, necesitaba valor. Y ese valor lo iba a encontrar en la fuente de todas las valentías y de toda experiencia, y claro, de todo romanticismo por esos días: la amiga abuela.
1 comentario:
Carmen es Piscis? si, somos asquerosamente sensibles y soñadores... veremos si ella tiene ademas la veta de victima de la que se nos culpa (quizas con razon).
me gusto este "capitulo", aunque quedo para continuarlo =) oye, trabaja en tu otro proyecto!
nos vemos por ahi, quizas alguna tarde acompañada de cafe y kuchen. muchos saludos y cariños.
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