
Lo sabían muy bien. Además de viajar eternamente dentro de sus mentes, también era muy agradable a veces pasear en calles físicas, no tan solo metafísicas, y observar la maravilla de la creación humana, mezclada con todo eso que ya estaba ahí desde antes. ¿Cómo describir esos olores y sabores habituados a las calles sucias y polvorientas, cubiertas de rocío matutino, de ese rocío que es salado y que recuerda a ese arduo y glorioso mar que uno ve todos los días bajando el cerro?. Sí, lo sabían. Sabían que debían salir un rato de sí mismos y observar su entorno. Después de todo, el ego está construído no sólo de lo interno sino también de lo externo, y qué mejor que salir a recorrer las infinitas escaleras desteñidas por la lluvia y saludar a las señoras gordas que barren y barren un espacio de la calle que piensan suyo, hablando con otras señoras equivalentes o con uno que otro gato, también gordo (por comer ratones, claro), que justo pasaba por ahí.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario