La muerte de un maldito
1
La sensación de éxtasis provocaba en Alonso una especie de clarividencia, una indescriptible claridad para percibir las cosas y una fuerte capacidad de decisión. Las noches que había pasado junto a Fernanda habían sido adornadas con hermosas conversaciones poéticas y metafísicas. Sus diálogos viajaban inductivamente para retornar deductivamente, intentando dilucidar la Verdad dentro de la verdad y esmerándose en unir las palabras con las cosas. En la cama de ella encontraba Alonso la explicación más lógica a todo tipo de asuntos: objetos voladores, magia, lenguaje, política, control social de las elites y, por supuesto, el Amor. A decir verdad, la diosa del Amor inundaba todos sus diálogos, como si aquellos malditos no pudiesen despegarse jamás de su carne, de su instinto, de su pasión. En mitad de algún tema de interés transformaban la pasión por el Conocimiento en pasión por el otro. Se enredaban en madejas filosóficas para terminar enredados entre las sábanas, y con el acto amoroso sintetizaban todas sus tesis y antítesis en una sola y gran explicación universal.
2
Las citas que utilizaban en sus ensayos verbales, fabricados mientras intentaban recobrar el aliento y miraban fijamente las imperfecciones del techo, eran seleccionadas minuciosamente.
El vodka que bebieron aquella noche de otoño los llevó a hablar de Tolstoi y de las largas descripciones que éste hacía de los sentimientos humanos que se hacían presentes en una milésima de segundo. Ambos se reían de la gran cantidad de información que el escritor entregaba al referirse a un acto casi imperceptible, pero que desde su visión detallista propia de un escritor descriptivo de su calibre, cobraba vital importancia para el desarrollo de la trama de sus novelas. Una mirada basta para provocar un giro en la historia, repetía una y otra vez Fernanda, mientras miraba con dedicación los ojos de Alonso. Y Tolstoi (al igual que el vodka) era sólo una excusa para continuar el juego de seducción.
Los besos y las caricias formaban parte de dichos ensayos, claro está. Ésa era una de las formas de unir las palabras con las cosas. Tal como cuando alguien ha vivido un tiempo considerable en el extranjero y al regresar se expresa mezclando los dos idiomas, Alonso y Fernanda cerraban una oración con un roce físico, como si tales actos complementaran cada idea (y de hecho lo hacían). Hay cosas que sólo pueden decirse con un beso, o con una mirada, la que basta para provocar un giro en la historia.
3
En algún momento de la noche recordaban los inicios de su idilio. El permanente interés del uno por el otro, las tajantes opiniones de ambos, algunas citas en común, el misterio de ambos. Claro que antes de poder siquiera acercarse Alonso había sido fielmente custodiado por su amigo Anselmo, que se había convertido en algo así como su hermano mayor, aunque sólo tenían dos años de diferencia. Y dicha amistad lo unía inevitablemente al binomio Anselmo-Carmen, separándolo del otro binomio Fernanda-Gustav. Es cierto: ambos binomios constituían un solo grupo, una sociedad de malditos unidos por las letras, pero existían diferencias tajantes entre ellos. En primer lugar Carmen tenía una especie de rivalidad amistosa con Fernanda, provocada quizás por la coincidencia de ser cada una de ellas una versión distinta de femme fatale, mientras que Anselmo no soportaba la presencia de Gustav (como tampoco la soportaba Alonso). En segundo lugar, ciertos hechos ocurridos entre Carmen y Gustav (de los que ella se arrepentía todo el tiempo) los separaban cada día más, mientras que el coqueteo entre Anselmo y Fernanda había terminado al momento en que éste se había ligado definitivamente a Carmen. En tercer lugar, las reuniones de ellos parecían más bien sesiones del poder legislativo, con oficialismo y oposición; y Alonso quedaba en medio del fuego cruzado. Pero una vez que Gustav se fue del país, quedando el quinteto de malditos reducido a cuatro integrantes (nuevamente), Alonso y Fernanda al fin pudieron juntarse.
Efectivamente, Gustav era, en la mayoría de los casos, el cuerpo de conflicto entre todos los miembros del grupo. Su forma de ser lo distanciaba del resto, tanto intelectual como culturalmente. Sólo había pertenecido a él por su relación con Fernanda, que aunque había acabado él seguía mencionando, exasperándola a ella y al resto. Era el doble opuesto de Anselmo, y claramente no tenía feeling alguno con Alonso, pero su acercamiento con Carmen había sido el detonante de la definitiva enemistad con ambos hombres.
Una tarde de octubre Gustav había recibido una carta desde Uruguay. Al fin tenía una pista de dónde podía estar su padre. Tenía que reanudar su viaje. Al irse para siempre Fernanda dejó de sentirse observada y permanentemente juzgada, y se sintió libre para comenzar algo con Alonso. Justo en esos momentos Carmen y Anselmo comenzaban su relación, casi sin seriedad pero, en el fondo, muy implicados el uno con el otro. De pronto se formaba un nuevo binomio Fernanda-Alonso, y el grupo comenzaba a disminuir las reuniones. Cada binomio comenzaba a vivir su propia historia.
4
La personalidad de Fernanda era diametralmente opuesta a la de Carmen. Mientras ésta última lloraba luego de alcanzar el éxtasis sexual, Fernanda sonreía, mostrando sus prominentes colmillos entre sus labios naturalmente rojos. Si el gesto definitivo de Carmen era la mirada (oscura, penetrante, decisiva), el de Fernanda era la sonrisa (ambigua, coqueta, inquietante). Hasta el sentido de la estética era diverso entre ambas musas; mientras Carmen prefería los colores oscuros, las faldas escocesas y llevar su pelo liso y negro tomado por palillos chinos, Fernanda escogía siempre colores vivos, ropa lisa y anteojos de sol que resaltasen su pelo claro.
El joven Alonso se enamoró de Fernanda, tal como Werther se había enamorado de Lotte. Siguiendo con los símiles, Anselmo vendría a ser como Wilhelm, el leal amigo de Werther a quien dirige sus sensibles y apasionadas cartas.
Pero Fernanda, al quedar libre de Gustav-Albert, y a diferencia de Lotte, dejó que Alonso se apoderara de sus sueños y vigilias. Tan sólo dos días después que Gustav se marchase, Fernanda corrió al cuarto alquilado de Alonso y respondió a sus poemas y angustias con un rotundo beso que quedó marcado en la memoria de estos jóvenes malditos por el resto de su existencia.
Lo cierto es que Alonso se asemeja al joven Werther también por su destino trágico. Pero aún no es momento de ahondar en aquellos tópicos.
5
Fernanda sentía amor, respeto y admiración por Alonso. Ella jamás sería capaz de sentir la angustia que él sentía. Alonso era un hombre del siglo XIX en nuestros días, tal como Borel era un anacrónico en los tiempos de Gautier. Tal como estos románticos del siglo de la angustia y la melancolía, que habían formado parte del Petit Cenácle en aquél efervescente París, el anacrónico Alonso había formado parte de aquél salón de lectores y escritores malditos, grupo que pronto llegaría a su fin a causa de los binomios…
Una noche, después de una celebración en el departamento de Fernanda, Alonso estaba especialmente exaltado. Se movía de un lado a otro con gran soltura. Parecía alegre. Besaba a Fernanda a cada instante. Pese a las sospechas de ella, él no había consumido ningún tipo de droga esa noche (a diferencia de otras noches, en que ambos llegaban a la Iluminación ayudados de diversas sustancias); estaba drogado, sí, pero con su propia pasión. Su padecimiento se había apoderado de él. No era su mente la que dominaba sus actos, sino más bien su pasión. Sentía que comprendía acabadamente el mundo, que al fin había llegado a comprender lo Inefable. Sentía que había visto el rostro de Dios y del Infinito. Veía fluir la energía cósmica por todos lados e iluminarse la silueta de las personas con todos los colores imaginables.
Sería difícil explicar con palabras lo que Alonso sentía esa noche. Al parecer, había logrado lo que muchos poetas han intentado sin éxito: ver de frente el Abismo, cruzar el límite entre este mundo y su fuente primera, vislumbrar al fin la “quintaesencia” (de la que hablaba Rimbaud, algo así como la “esencia esencial” de Hölderling), aquella energía primigenia que habría desencadenado la Vida y el Cosmos. El poeta debe hacerse vidente, se repetía constantemente Alonso. Esa noche, Alonso se sentía un vidente, un profeta, un iluminado.
El constatar su poético hallazgo, Alonso sintió de pronto que el Vértigo se apoderaba de sus miembros. Estímulos nerviosos fluyeron a través de su cuerpo, desde su médula hasta la punta de sus pies y manos. Al fin veía de frente el Abismo y sólo deseaba caer en él. Pero la Vida no era suficiente para aprehender toda la experiencia: era necesaria la Muerte para al fin alcanzar lo Inefable, para comprender el Todo, y no quedarse como un simple espectador mirándola.a lo lejos. Necesitaba tocar el Infinito con sus manos. Necesitaba caer, dejar que la gravedad lo abdujese hacia el centro del Cosmos, dejarse absorber por la Poesía anterior al Lenguaje.
El Amor, el Deseo, el Delirio, la Angustia, y una serie de otras substancias habían sido insuficientes para el joven Alonso. Su ambición por alcanzar lo inalcanzable lo había carcomido hasta la Locura. En ese preciso instante sentía el penúltimo escalón de la inspiración: el Vértigo. Y el Vértigo no es tan sólo el miedo a caer: es más bien el deseo de caer, la tentación de la autodestrucción, alcanzar la Muerte para poder engendrar la Vida, deconstruirse para renacer.
Pisó el último escalón, y se dejó caer en el Abismo.
6
Anselmo y Carmen se despidieron a la una en punto, y se fueron a deambular por las solitarias calles viñamarinas. Casi todos los demás invitados también se retiraron, con el argumento de que estaban en mitad de la semana y al siguiente día tendrían que trabajar temprano. Luego de acompañar a los que se iban a la puerta y despedirse de ellos, Fernanda fue a retocarse al baño. Se miró largamente al espejo mientras se arreglaba el cabello y estiraba su tenida color carmín.
Al volver a la sala principal del departamento, recordó que Alonso estaba como poseído por la Locura. Recordó cómo su joven amante exhalaba euforia mientras ella, siempre calmada, hacía a la perfección su papel de anfitriona. Lo buscó con la mirada, pero no lo encontró. Había gente durmiendo en los sillones, un par de amigos conversando en la puerta de la cocina sobre la diferencia entre la música en vivo y las grabaciones en estudio, una antigua amiga bailando sobre la alfombra algún punkrock decadente. Pero Alonso no estaba. Fue a su cuarto a buscarlo, pero tampoco estaba allí. Volvió a la sala y se le ocurrió mirar hacia el balcón.
Ahí estaba Alonso, enajenado, con sus ojos desorbitados, con el mismo rostro del amante que se adueña de ella todas las noches en su cama. Lo llama, pero éste no responde, quizás por la música fuerte o por el ruido de sus ondas mentales. Entonces intenta acercársele, pero apenas da dos pasos hacia él, lo ve saltar al vacío.
Después de unos diez segundos de confusión, en los cuales Fernanda no puede convencerse de lo que han visto sus ojos, se da cuenta de la gravedad de la situación, y lanza un grito que resuena en todo el edificio. Sus amigos apagan la música y corren todos al balcón. Ella no tiene las fuerzas necesarias para ir a ver la tragedia; en cambio, se queda allí, paralizada, esperando que lo que ha visto haya sido sólo producto de su imaginación.
7
Después del suicidio de Alonso, Fernanda nunca volvió a ser la misma. A la semana después viajó a París, con el pretexto de ir a hacer un postgrado pero en realidad escapando de una ciudad que le recordaba a su querido maldito. Alonso cayó dieciocho pisos y murió dejando un enorme rastro que nunca más pudieron borrar de la acera, así como de la memoria de Fernanda.
La sensación de éxtasis provocaba en Alonso una especie de clarividencia, una indescriptible claridad para percibir las cosas y una fuerte capacidad de decisión. Las noches que había pasado junto a Fernanda habían sido adornadas con hermosas conversaciones poéticas y metafísicas. Sus diálogos viajaban inductivamente para retornar deductivamente, intentando dilucidar la Verdad dentro de la verdad y esmerándose en unir las palabras con las cosas. En la cama de ella encontraba Alonso la explicación más lógica a todo tipo de asuntos: objetos voladores, magia, lenguaje, política, control social de las elites y, por supuesto, el Amor. A decir verdad, la diosa del Amor inundaba todos sus diálogos, como si aquellos malditos no pudiesen despegarse jamás de su carne, de su instinto, de su pasión. En mitad de algún tema de interés transformaban la pasión por el Conocimiento en pasión por el otro. Se enredaban en madejas filosóficas para terminar enredados entre las sábanas, y con el acto amoroso sintetizaban todas sus tesis y antítesis en una sola y gran explicación universal.
2
Las citas que utilizaban en sus ensayos verbales, fabricados mientras intentaban recobrar el aliento y miraban fijamente las imperfecciones del techo, eran seleccionadas minuciosamente.
El vodka que bebieron aquella noche de otoño los llevó a hablar de Tolstoi y de las largas descripciones que éste hacía de los sentimientos humanos que se hacían presentes en una milésima de segundo. Ambos se reían de la gran cantidad de información que el escritor entregaba al referirse a un acto casi imperceptible, pero que desde su visión detallista propia de un escritor descriptivo de su calibre, cobraba vital importancia para el desarrollo de la trama de sus novelas. Una mirada basta para provocar un giro en la historia, repetía una y otra vez Fernanda, mientras miraba con dedicación los ojos de Alonso. Y Tolstoi (al igual que el vodka) era sólo una excusa para continuar el juego de seducción.
Los besos y las caricias formaban parte de dichos ensayos, claro está. Ésa era una de las formas de unir las palabras con las cosas. Tal como cuando alguien ha vivido un tiempo considerable en el extranjero y al regresar se expresa mezclando los dos idiomas, Alonso y Fernanda cerraban una oración con un roce físico, como si tales actos complementaran cada idea (y de hecho lo hacían). Hay cosas que sólo pueden decirse con un beso, o con una mirada, la que basta para provocar un giro en la historia.
3
En algún momento de la noche recordaban los inicios de su idilio. El permanente interés del uno por el otro, las tajantes opiniones de ambos, algunas citas en común, el misterio de ambos. Claro que antes de poder siquiera acercarse Alonso había sido fielmente custodiado por su amigo Anselmo, que se había convertido en algo así como su hermano mayor, aunque sólo tenían dos años de diferencia. Y dicha amistad lo unía inevitablemente al binomio Anselmo-Carmen, separándolo del otro binomio Fernanda-Gustav. Es cierto: ambos binomios constituían un solo grupo, una sociedad de malditos unidos por las letras, pero existían diferencias tajantes entre ellos. En primer lugar Carmen tenía una especie de rivalidad amistosa con Fernanda, provocada quizás por la coincidencia de ser cada una de ellas una versión distinta de femme fatale, mientras que Anselmo no soportaba la presencia de Gustav (como tampoco la soportaba Alonso). En segundo lugar, ciertos hechos ocurridos entre Carmen y Gustav (de los que ella se arrepentía todo el tiempo) los separaban cada día más, mientras que el coqueteo entre Anselmo y Fernanda había terminado al momento en que éste se había ligado definitivamente a Carmen. En tercer lugar, las reuniones de ellos parecían más bien sesiones del poder legislativo, con oficialismo y oposición; y Alonso quedaba en medio del fuego cruzado. Pero una vez que Gustav se fue del país, quedando el quinteto de malditos reducido a cuatro integrantes (nuevamente), Alonso y Fernanda al fin pudieron juntarse.
Efectivamente, Gustav era, en la mayoría de los casos, el cuerpo de conflicto entre todos los miembros del grupo. Su forma de ser lo distanciaba del resto, tanto intelectual como culturalmente. Sólo había pertenecido a él por su relación con Fernanda, que aunque había acabado él seguía mencionando, exasperándola a ella y al resto. Era el doble opuesto de Anselmo, y claramente no tenía feeling alguno con Alonso, pero su acercamiento con Carmen había sido el detonante de la definitiva enemistad con ambos hombres.
Una tarde de octubre Gustav había recibido una carta desde Uruguay. Al fin tenía una pista de dónde podía estar su padre. Tenía que reanudar su viaje. Al irse para siempre Fernanda dejó de sentirse observada y permanentemente juzgada, y se sintió libre para comenzar algo con Alonso. Justo en esos momentos Carmen y Anselmo comenzaban su relación, casi sin seriedad pero, en el fondo, muy implicados el uno con el otro. De pronto se formaba un nuevo binomio Fernanda-Alonso, y el grupo comenzaba a disminuir las reuniones. Cada binomio comenzaba a vivir su propia historia.
4
La personalidad de Fernanda era diametralmente opuesta a la de Carmen. Mientras ésta última lloraba luego de alcanzar el éxtasis sexual, Fernanda sonreía, mostrando sus prominentes colmillos entre sus labios naturalmente rojos. Si el gesto definitivo de Carmen era la mirada (oscura, penetrante, decisiva), el de Fernanda era la sonrisa (ambigua, coqueta, inquietante). Hasta el sentido de la estética era diverso entre ambas musas; mientras Carmen prefería los colores oscuros, las faldas escocesas y llevar su pelo liso y negro tomado por palillos chinos, Fernanda escogía siempre colores vivos, ropa lisa y anteojos de sol que resaltasen su pelo claro.
El joven Alonso se enamoró de Fernanda, tal como Werther se había enamorado de Lotte. Siguiendo con los símiles, Anselmo vendría a ser como Wilhelm, el leal amigo de Werther a quien dirige sus sensibles y apasionadas cartas.
Pero Fernanda, al quedar libre de Gustav-Albert, y a diferencia de Lotte, dejó que Alonso se apoderara de sus sueños y vigilias. Tan sólo dos días después que Gustav se marchase, Fernanda corrió al cuarto alquilado de Alonso y respondió a sus poemas y angustias con un rotundo beso que quedó marcado en la memoria de estos jóvenes malditos por el resto de su existencia.
Lo cierto es que Alonso se asemeja al joven Werther también por su destino trágico. Pero aún no es momento de ahondar en aquellos tópicos.
5
Fernanda sentía amor, respeto y admiración por Alonso. Ella jamás sería capaz de sentir la angustia que él sentía. Alonso era un hombre del siglo XIX en nuestros días, tal como Borel era un anacrónico en los tiempos de Gautier. Tal como estos románticos del siglo de la angustia y la melancolía, que habían formado parte del Petit Cenácle en aquél efervescente París, el anacrónico Alonso había formado parte de aquél salón de lectores y escritores malditos, grupo que pronto llegaría a su fin a causa de los binomios…
Una noche, después de una celebración en el departamento de Fernanda, Alonso estaba especialmente exaltado. Se movía de un lado a otro con gran soltura. Parecía alegre. Besaba a Fernanda a cada instante. Pese a las sospechas de ella, él no había consumido ningún tipo de droga esa noche (a diferencia de otras noches, en que ambos llegaban a la Iluminación ayudados de diversas sustancias); estaba drogado, sí, pero con su propia pasión. Su padecimiento se había apoderado de él. No era su mente la que dominaba sus actos, sino más bien su pasión. Sentía que comprendía acabadamente el mundo, que al fin había llegado a comprender lo Inefable. Sentía que había visto el rostro de Dios y del Infinito. Veía fluir la energía cósmica por todos lados e iluminarse la silueta de las personas con todos los colores imaginables.
Sería difícil explicar con palabras lo que Alonso sentía esa noche. Al parecer, había logrado lo que muchos poetas han intentado sin éxito: ver de frente el Abismo, cruzar el límite entre este mundo y su fuente primera, vislumbrar al fin la “quintaesencia” (de la que hablaba Rimbaud, algo así como la “esencia esencial” de Hölderling), aquella energía primigenia que habría desencadenado la Vida y el Cosmos. El poeta debe hacerse vidente, se repetía constantemente Alonso. Esa noche, Alonso se sentía un vidente, un profeta, un iluminado.
El constatar su poético hallazgo, Alonso sintió de pronto que el Vértigo se apoderaba de sus miembros. Estímulos nerviosos fluyeron a través de su cuerpo, desde su médula hasta la punta de sus pies y manos. Al fin veía de frente el Abismo y sólo deseaba caer en él. Pero la Vida no era suficiente para aprehender toda la experiencia: era necesaria la Muerte para al fin alcanzar lo Inefable, para comprender el Todo, y no quedarse como un simple espectador mirándola.a lo lejos. Necesitaba tocar el Infinito con sus manos. Necesitaba caer, dejar que la gravedad lo abdujese hacia el centro del Cosmos, dejarse absorber por la Poesía anterior al Lenguaje.
El Amor, el Deseo, el Delirio, la Angustia, y una serie de otras substancias habían sido insuficientes para el joven Alonso. Su ambición por alcanzar lo inalcanzable lo había carcomido hasta la Locura. En ese preciso instante sentía el penúltimo escalón de la inspiración: el Vértigo. Y el Vértigo no es tan sólo el miedo a caer: es más bien el deseo de caer, la tentación de la autodestrucción, alcanzar la Muerte para poder engendrar la Vida, deconstruirse para renacer.
Pisó el último escalón, y se dejó caer en el Abismo.
6
Anselmo y Carmen se despidieron a la una en punto, y se fueron a deambular por las solitarias calles viñamarinas. Casi todos los demás invitados también se retiraron, con el argumento de que estaban en mitad de la semana y al siguiente día tendrían que trabajar temprano. Luego de acompañar a los que se iban a la puerta y despedirse de ellos, Fernanda fue a retocarse al baño. Se miró largamente al espejo mientras se arreglaba el cabello y estiraba su tenida color carmín.
Al volver a la sala principal del departamento, recordó que Alonso estaba como poseído por la Locura. Recordó cómo su joven amante exhalaba euforia mientras ella, siempre calmada, hacía a la perfección su papel de anfitriona. Lo buscó con la mirada, pero no lo encontró. Había gente durmiendo en los sillones, un par de amigos conversando en la puerta de la cocina sobre la diferencia entre la música en vivo y las grabaciones en estudio, una antigua amiga bailando sobre la alfombra algún punkrock decadente. Pero Alonso no estaba. Fue a su cuarto a buscarlo, pero tampoco estaba allí. Volvió a la sala y se le ocurrió mirar hacia el balcón.
Ahí estaba Alonso, enajenado, con sus ojos desorbitados, con el mismo rostro del amante que se adueña de ella todas las noches en su cama. Lo llama, pero éste no responde, quizás por la música fuerte o por el ruido de sus ondas mentales. Entonces intenta acercársele, pero apenas da dos pasos hacia él, lo ve saltar al vacío.
Después de unos diez segundos de confusión, en los cuales Fernanda no puede convencerse de lo que han visto sus ojos, se da cuenta de la gravedad de la situación, y lanza un grito que resuena en todo el edificio. Sus amigos apagan la música y corren todos al balcón. Ella no tiene las fuerzas necesarias para ir a ver la tragedia; en cambio, se queda allí, paralizada, esperando que lo que ha visto haya sido sólo producto de su imaginación.
7
Después del suicidio de Alonso, Fernanda nunca volvió a ser la misma. A la semana después viajó a París, con el pretexto de ir a hacer un postgrado pero en realidad escapando de una ciudad que le recordaba a su querido maldito. Alonso cayó dieciocho pisos y murió dejando un enorme rastro que nunca más pudieron borrar de la acera, así como de la memoria de Fernanda.
1 comentario:
feliz otoño aprendiz
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