30.3.09

Juntos flaneabamos

A Vita
(Texto escrito el 14 de junio de 2008)

En aquellos días nos juntábamos a hacer nada. Cada vez, después del trabajo, nos reuníamos en algún café, pedíamos el espresso doble (que allí llamaban con el artilugio “doppio”) y conversábamos de todo un poco. A veces nos repetíamos, sólo por evitar salir al frío de afuera, para no sentir el eólico frío porteño que se mete entre los poros de la ropa y de la piel. Disfrutábamos de la exquisita finitud de las cosas, de la temporalidad misma de la existencia. Es curiosa la forma en que dos personas pueden viajar en el tiempo al estar sentados en la mesa de un café. Yo diría que esa era nuestra terapia anti-estrés. Tú dirías que es delicioso sentir el sabor del café cargado en uno de esos fríos días de invierno. Una vez más la propina del diez por ciento, taparse hasta los ojos con las bufandas y salir a caminar en medio de la soledad, acompañado sólo por hojas caídas y basura inescrupulosamente arrojada fuera de los basureros. Planeábamos como en un cielo propio, acostumbrados a iniciar el viaje para poder naufragar un poco, para dejar de ser parte del tránsito individualista y ser, por un rato, parte del todo. Flaneábamos. En nuestras poesías andantes se vinculaban los conceptos con las experiencias, y nos convertíamos en la envidia de los difuntos señores H. Alguien distraído pensaría que aquello era compañía, pero era en realidad pertenencia. No del uno al otro, sino de los dos a algo más elevado, algo que el lenguaje no podría nombrar, aquello en que la naturaleza y la cultura pasan a ser lo mismo, aquello en que el hombre se convierte en dios para poder aniquilarse a sí mismo para dejar equilibradas las cosas, aquello en que el desierto urbano es de todo menos un lugar solitario. Recordábamos viejas travesuras, revelábamos lo que habíamos pensado cuando no nos conocíamos tan bien, alardeando de nuestra ingenuidad, probando poco a poco el sabio vino de la retrospección. Descubríamos, una y otra vez, la incalculable cantidad de pasados que existen, o que podrían existir, como la cantidad de sueños que se pueden tener soñando o la cantidad de espejos que pueden verse a través de otro espejo. Luego nos encerrábamos en el vacío, donde ningún ruido se propaga, pero sí la música de tus párpados, músicas fantasmales que venían después del carmenére y después del ocio de nuestras lenguas. Una vez más buscábamos lo inefable, translúcidos en un mar etéreo de eternidades y divagaciones conscientes. La música de tus cedés completaba el sueño maldito de dos viajeros, que en tierras exóticas encuentran lo propio. Sensucht y saudade, nostalgiosos errabundos de la pachamama, inauditos cometas con colas eternas y aspiraciones siderales. En el juego de sonrisas se adivinaba la sensibilidad de los que juegan con el fuego divino cada día. Y en el fondo, siempre viene lo más concreto del existir, la ropa sucia y los platos por lavar, la comida para alimentarse pero también para disfrutarla en ese grato gusto compartido por las exquisiteces. El llanto también surge de la risa, y de picar cebolla o de tener abiertos los ojos mucho rato, o del cansancio, o de las nubes. La luz del sol entraba por las ventanas de la comprensión, en un amanecer cargado de estivalidad. Cada día se anunciaría como algo callado, misterioso, amparado en la claridad solar, obligándonos a olvidar por una horas la permeabilidad de la figuración, para construir consensos a partir de disensos y volver a recordar lo originario al llegar la noche, nuevamente, con el atardecer cafeinado y los chalecos insuficientes, con el caminar eterno entre los pliegues de la brisa, entre los manantiales de ilusiones traslúcidas y ensimismadas, en un eterno retorno como espejo de sí mismo, en una ciclicidad de temporalidades anexas al sonido del encanto oceánico, aquellas voces del arte en concreción, la creación de dos palabras arrojadas al azar y a las corrientes urbanas, siempre luego del trabajo y durante los cafés y las tartas de manzana, entre una y otra silla arrojadas en la mesa nuestras cartas comprensivas que tientan al azar con cada melodía.

2 comentarios:

vita-luz dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
vita-luz dijo...

lindo texto...
historia de conjunciones
aunque esa dedicatoria siempre se me hizo como dirigida a alquien que ya no existe

bellos momentos irrepetibles

luz