21.8.07

Anyway

Aunque las fiestas del grupo de amigos de Anselmo no eran del particular agrado de Carmen, ella quiso acompañarlo a este cumpleaños de un tal Andrés. No le gustaban esas fiestas, porque todo giraba en torno al trago y los cigarrillos, que pese a que ella era una asidua consumidora de ambos vicios, no podía entender que los temas de conversación consistieran en un diálogo simple basado en las distintas experiencias de consumo-adicción, así como la fascinación de estas personas por compartir rumores de gente que no estaba presente. Sin embargo, esta vez había un factor detonante en su decisión de asistir a la fiesta. Ella estaba realmente estresada, acababa de terminar sus tres semanas más duras del semestre y sólo quería salir de su casa y tomarse algo con su mejor amigo, y por qué no, compartir un rato con otras personas. Lo que siempre pensaba Carmen era en fundar, algún día, un grupo propio, porque hasta ese momento eran solo dos, ella y Anselmo. Quería fundar algo así como el Club de la Serpiente de Cortázar, algún grupo heterogéneo basado en el jazz y las diferencias culturales; pero lo sabía bien, no estaban en París ni tampoco eran dos personajes antojadizos de un escritor surrealista. O tal vez sí, pero en un nivel de existencia que iba más allá de la física oficial.

-Lo que me carga, Anse, es que estos tipos, estos amigos tuyos, hablan de cosas inútiles. Uno le pregunta a otro: “¿Viste tal película?” Y el otro le responde: “Sí, es bakan”. “¿Escuchaste tal disco?” “Sí, es bakan”. “¿Conociste el auto nuevo de Fulano?” “Sí, es bakan”. Y eso me aburre demasiado.

-Entonces para qué vienes pues, Carmen, si tanto te aburren estos “amigos míos”.

-Ya te dije, quiero salir de mi casa, de mi círculo, por un rato. Además, pese a lo monótono de las conversaciones de estos “amigos tuyos”, creo que disfruto, bien en el fondo, el devenir de sus existencias. ¿Y quién es ese Andrés, anyway?

-Andrés es uno de los matemáticos, lo conozco hace varios años, tocaba en un grupo de rock progresivo cuando lo conocí, pero se disolvieron después de un año, y ahora este loco está más formal que nunca, anda de terno por la vida, y su vida es el trabajo y su esposa. Creo que va a tener un hijo ahora. Imagínate… ¿Anyway? ¿Qué es esa palabra anglófona en tu vocabulario?

-Ah, no sé, es que como que no hay una traducción fiel en español para esa expresión, que por cierto es muy buena. Podría decir uno “de todas formas” o “a fin de cuentas”, pero no es lo mismo. ¿Me entiendes?

-Sí, te entiendo, hay un montón de palabras de ese tipo, por ejemplo, intenta traducir mood. Es imposible. ¿Humor?, sí claro, pero cómo le aplicas “humor” a un swing. Es algo así como “estado-de-ánimo”, pero no exactamente. Sin embargo, uno entiende bien estas palabras, porque creo que el Lenguaje va más allá de las palabras y de los idiomas, creo que los conceptos los da el uso y se registran en la memoria, así simplemente. Ya Carmen, ya llegamos, aquí es la fiesta. Estaba bien enredado este cerro, ah?

-Me hubieses dejado dirigir a mí esta vez, he recorrido este cerro un montón de veces. Además, creo que desde que subimos esa escalera infernal que escucho la música de la fiesta, que, dicho sea de paso, es horrible. ¡Los gustos de tus amigos!

Anselmo hizo caso omiso a la nueva crítica de su compañera y tocó el timbre. Estuvieron harto rato esperando a que alguien se dignara a abrir, hasta que salió un gordo rubio a hablar por celular, y ahí pudieron por fin entrar. La casa estaba llena de gente, y vacía de muebles. Las paredes tenían un verde pálido que hacía recordar los hospitales rurales antiguos (casi podían ver el afiche del sarampión pegado en una de las murallas del living). Siguieron por el pasillo y Carmen le agarró la chaqueta por detrás a Anselmo, un claro indicio de que ya le estaba molestando la gran cantidad de gente acumulada en un lugar tan pequeño; ante esto, él, caballerosamente, la llevó hasta el fondo del pasillo, atravesaron la cocina hasta llegar al patio, que por cierto era inmenso, y también estaba lleno de gente (ahí era donde estaba el equipo de música y los muebles de la casa).

- Espérame aquí, ya vuelvo, voy a buscar al Andrés para saludarlo y pasarle esto – le dijo Anselmo, mostrándole una bolsa blanca de supermercado con un vino que decía “reserva” adentro. Se fue y la dejó sola, sin esperar ni siquiera una respuesta de ella. Carmen se molestó, pero lo olvidó rápido, dedicándose con todos sus sentidos a captar el escenario que tenía alrededor. Se trataba de un asado, había un grupo de hombres alrededor de la parrilla, viendo cómo se asaba la carne y añadiendo pseudo-secretos para que quedara más sabrosa, y obviamente contradiciéndose entre sí sobre quién manejaba mejor tal o cual secreto asadero. En un rincón del patio estaban las mujeres, todas ellas alrededor del equipo de música, seguramente creyendo que eso les daba autoridad dentro de la fiesta, ignorantes por completo de la fatalidad de música que habían puesto y de la que seguramente se sentían orgullosas; bueno, por lo menos nadie les reclamaba las pachangas que iban intercalando una tras otra con los bajos a todo volumen. Había un perro blanco y peludo ladrando y saltando entre la gente. Carmen lo llamó y el perro se acercó a ella y le lamió la mano izquierda, le movió unas cuantas veces la cola y salió disparado a buscar un pedazo de carne que se había caído de la parrilla.

-Así que tú eres Carmen, ah? – le dijo una figura misteriosa que de pronto apareció desde la puerta de la cocina – Anselmo me dijo que estabas acá, vine a acompañarte, soy Andrés.

Así que este era el famoso cumpleañero. Por lo visto, ya había abierto el regalo que le habían llevado, y lo había bajado hasta la mitad aparentemente él solo. Su aliento era una mezcla de olores rancios y fermentados, de los cuales Carmen pudo identificar coñac, ron y vino; sus dedos olían a hierba. “Digno representante de esta categoría de gente con la que nos estamos mezclando esta noche” pensó Carmen, mientras lo saludaba amablemente y le deseaba un feliz cumpleaños. Este gesto de amabilidad de su parte le costaría bastante caro, porque le dio bríos a este tal Andrés para que siguiera hablándole, cada vez más de cerca y compartiendo con mayor intensidad su bendito aliento de alcohólico anónimo.

-Qué te puedo servir, bella Carmen. Hay de todo en la casa, sólo pídeme lo que quieras – dijo el “tal Andrés” dándole arbitrariamente un vaso con ron-cola (o Cuba Libre, para los conocedores).

-Esto está bien, gracias – le respondió Carmen con una sonrisa de lo más falsa, con una falsedad que no se preocupó en lo más mínimo por disimular. Sin embargo, el “tal Andrés” pareció no notar la ambigüedad e ironía del mensaje y siguió hablándole. Sí, cada vez más de cerca. Carmen sólo quería que llegara Anselmo y la sacara de ahí. “Dónde estará Anse, por qué me deja sola con este pervertido-vividor-licorero” pensó.

-Eh, Andrés, ¿dónde te habías metido, viejo?, te estaba buscando; te pasé el regalo y te desapareciste – dijo súbitamente Anselmo, que venía saliendo por la puerta de la cocina con esa cara inocentona que lo caracteriza. “Ah, se dignó a aparecer” suspiró Carmen.

-Ah, sí… yo… estaba conversando con tu amiga. Bien simpática ella. ¿Por qué no la habías presentado antes? Yo siempre te invito a carretes y nunca la traes, eres un egoísta.

-Bueno, ya la traje. A propósito, ¿cómo está tu esposa? Supe que iban a tener un hijo – le dijo Anselmo, cambiándole el tema. Ya sabía cómo tratar a un amigo borracho, sobre todo a este Andrés, que no hacía más que dar problemas, incluso cuando estaba lúcido.


Luego de hablar un montón de trivialidades, y después de unos cuantos golpes en las costillas de parte de Carmen, él decidió que ya era hora de irse, así que se despidieron del borracho cumpleañero (tal parece que el regalo que le traían era el más apropiado que podían haber traído) y salieron de la “casa pachanguera”, bajaron por otra escalera, que curiosamente era más directa y rápida que por la que habían subido el cerro, y llegaron al plan. No tenían sueño, así que fueron a tomarse unas cañas a algún bar del puerto, después de todo esta era una de las pocas veces que podían ir a tomarse algo fuera de casa.

-Menos mal que salimos de ese antro, Anse, estaba cansándome de aguantar la respiración mientras el “tal Andrés” me hablaba. Lástima que no hayamos podido sentarnos en uno de esos sillones de mimbre y conversar un rato solos los dos.

-Sí, y lástima que no hayamos alcanzado algún pedazo de carne, que se veía bastante buena

-No seas asqueroso, acaso no sabes que eso era un ser vivo antes de estar en esa grasienta y oxidada parrilla. Eres un monstruo al comerte a esos pobres animales indefensos…

Anselmo no tenía ganas de discutir sobre el vegetarianismo a esas horas de la noche, así que le propuso rápidamente un bar, del que los dos estuvieron de acuerdo, y entraron sin más demora. Ella pidió vodka tónica y él pidió un ron, y comenzaron a hablar de la naturaleza del tiempo y de los ritos que hay en las casas de las tías mientras les servían los tragos. Conversaron hasta que cerraron el local. Hablaron de Heidegger y la esencia del Ser, de Agustín de Hipona que Carmen se negaba a llamarlo “santo”, y de la tía de Anselmo que siempre dejaba el volumen de la televisión en un número par. También hablaron de las excelentes improvisaciones de Dizzie Gillespie y de la ensalada de lechuga con atún (por lo menos, Carmen comía atún, aunque no comía pescado frito, lo cual constituía otro de sus misterios alimenticios, como el tomarse el té sin azúcar pero comerse esos deliciosos y relajantes pasteles de selva negra los domingos por la tarde).

Comenzaron a subir las sillas a las mesas y a barrer el piso en el bar, señal clara de que tenían que desalojar el recinto por la buena. Salieron y les pesaron los tragos que se habían tomado en el local porteño, sobre todo en las piernas, que apenas lograban mover para caminar en forma relativamente decente.

-Así te reías del “tal Andrés”, y mírate ahora, Carmen, apenas te mantienes de pie – le repetía Anselmo cada ciertos pasos mientras caminaban hacia la casa de ella, y cada vez que decía esa broma los dos se mataban de la risa. Iban abrazados subiendo las escaleras, que extrañamente estaban húmedas sin haber llovido esa noche. Llegaron a la casa de Carmen, entraron a su pieza y se tiraron en la cama, muertos de cansancio y de sueño. Por debajo de la cómoda de enfrente salió Tender a recibirlos, y se tiró al lado de ellos. Ahí se quedaron los tres largo rato, hasta que Carmen fue a la cocina a tomarse un vaso de agua. Al volver, se acurrucó entre el brazo derecho y el pecho de Anselmo, y él la abrazó cariñosamente, sintiendo cómo la respiración de ella se deslizaba a través de su cuello desabrigado. Notaba su delgadez y la suavidad de su rostro y estaba completamente perdido en esas cavilaciones, cuando se dio cuenta de que sus labios estaban justo enfrente de los de ella, y casi se tocaban, y ambos tenían los ojos cerrados y difícilmente podrían abrirlos de tan cansados que estaban, y casi sentían la efervescencia del otro mientras estaban allí como paralizados sin besarse ni alejarse. Estuvieron así durante unos minutos. De pronto, Carmen se rió en silenció arrojándole todo el aire en el rostro a Anselmo; él le respondió con una sonrisa, la abrazó con ternura y la besó en los labios.

Luego de unos tres casi-besos consecutivos en los últimos días, uno en su paseo por el parque, otro en el café de los recuerdos y otro allí mismo en su pieza hacía tan sólo unos días, no podía creer que al fin había sucedido. Por lo visto, ella estaba totalmente consciente y de hecho no parecía estar molesta con el beso, aunque Anselmo se dejó para sí el “beneficio de la duda” y prefirió pensar que todo fue casualidad. Sin embargo, su pensamiento conformista se desmoronó con una rapidez inusitada, cuando Carmen le envolvió el cuello con sus delgados brazos y puso sus labios húmedos y fríos sobre los de él, y lo besó con extraña soltura.

Ahí se quedaron dormidos, abrazados, uno en frente del otro. Ambos pensaron, con cierto miedo, en lo que acababan de hacer y en la posibilidad de que su amistad cambiara a causa ello. Sin embargo, el cansancio pudo más, y sus ojos no volvieron a abrirse hasta la tarde siguiente. Curiosamente, ambos se quedaron dormidos con la misma frase en la mente, de Rilke, el primer verso de la segunda Elegía: “Terrible es todo ángel…”

1 comentario:

Evelyn dijo...

Disculpa por no haberte escrito antes, pero tenía mi blog votado, además que lo inicié con un fin "estudiantil".
No tengo el libro de Benjamin Subercaseaux, la cita la saqué de internet, debe andar por ahí, después de ler lo que me escribiste lo busqué pero no lo encontré.
Ya me ha pasado que hay libros que simplemente no están, o estan en el buscador de google pero censuran varias páginas, y no tiene mucho sentido si es que no tienes el texto completo.

Disculpa por no comentar tu post, pero debo irme, quizás otro día, en que no esté tan ocupada te pueda escribir algo


Adios =)