9.3.08

El robo

Regresó en la mañana. Hacía un frío de esos que impiden sentir lo fríos que están los dedos, a pesar de los guantes verdes de lana tejidos por la tía del sur. Sentía la clásica sensación de haber pasado la noche afuera, el estómago vacío y el ardor de ojos. En lo único que pensaba era en un café y una tostadas. Abrió la puerta de su casa y notó algo extraño, todo estaba desordenado, los cajones abiertos, faltaban cosas. Subió las escaleras y sintió un viento terrible desde su cuarto, abrió la puerta y vio la ventana abierta, a la fuerza, trató de cerrarla pero el seguro estaba roto. Lástima. No sabía si había sido mejor no estar en la casa mientras los asaltantes se llevaban todo. Tal vez no hubiesen entrado si ella hubiese estado ahí. Tal vez... Fue a la cocina, cansada del "qué-hubiese-pasado-si". Por suerte no se habían llevado el café. Puso dos láminas de pan de molde integral en el tostador, dejó calentando el café y fue a lavarse la cara al baño. Sus ojos estaban hinchados, se vio en el espejo, tenía ojeras notorias y su nariz estaba roja y helada. Se sacó el gorro de lana y se peinó un poco, se cepilló los dientes. Click. Su desayuno estaba listo. Corrió a la cocina, le puso mantequilla a los panes y se sirvió el café. Se sentó frente a una ventana y miró hacia la calle. Se quemó un poco la lengua con el café. No importaba. Afuera pasó un tipo rubio en bicicleta, unas señoras con bolsas subiendo el cerro (hablando de algún accidente, la forma de la calle permitía escuchar las conversaciones de la gente que por ahí transitaba, algún juego acústico-físico), un niño con uniforme de colegio corriendo calle abajo (era hora de estar en clases, seguro que este escolar se escapó, como decían antes, "se-hizo-la-cimarra").

Terminó de desayunar y llamó a Anselmo, quien hace unos días había accedido por fin a comprarse un celular. El aparato no hacía ninguna maravilla, pero servía para hacer y recibir llamadas. "Anse, se metieron a la casa unos ladrones" "¿Qué te robaron" "No sé, ¿puedes venir más tarde? No quiero estar sola en este momento".

Anselmo llegó a eso del mediodía. Se notaba que venía recién duchado. "Ellos sabían que tu no estabas, seguro que te vieron salir, y sabían que vivías sola. ¿Nunca viste a algún tipo merodeando por acá cerca?" "Y qué se yo, Anse, si no ando sospechando de todo el mundo que anda en la calle, nunca tan paranoica". Comenzaron una suerte de inventario, un anti-inventario en realidad, tratando de ver qué cosas faltaban.

Se llevaron un televisor. Qué tontos, no sabían que ese televisor ya no funcionaba, que estaba ahí desde antes que Carmen arrendara la casa. También se llevaron unas billeteras, todas vacías. Se llevaron un tren de juguete, lamentable, ese juguete tenía una tremenda historia... no quiso pensar en ello. Se llevaron algo de ropa, toda ropa de verano, que había dejado ahí encima para guardarla en cajas ahora que había comenzado el otoño. También un pasapelículas antiguo...

"En realidad no se llevaron tanto, ah? Si me hubiesen pedido esas cosas tal vez yo se las hubiese regalado, sin problema, así me deshacía de cachureos. Lástima que hayan roto la ventana, me muero de frío con ese aire helado entrando por ahí". Anselmo inventó un sistema para mantener la ventana cerrada, algo típico del maestrochasquilla que llevaba dentro, un invento bastante precario pero eficiente por el momento, hasta que mandara a arreglar la ventana. "Qué bueno que los ladrones no sabían nada de música, no se llevaron ese disco de Chet Baker que tenías encima, ni los cedés que tenías guardados en esa caja que está abierta ahí. Apuesto que sólo buscaban plata, o algo que se pudiese vender. Ya me imagino a los pobres corriendo apenas con la tele y las billeteras, cerciorándose al llegar a su guarida que la tele no funcionaba y que las billeteras estaban vacías". "Es que para qué voy a andar con plata, si existen cajeros automáticos".

Carmen decidió hacer un orden profundo en su casa. Ahora que tenía menos cosas sería más sencillo. Resolvió, gracias a su intelecto detectivesco, que habían sido cuatro ladrones, probablemente menores de edad, buscando dinero y cosas para vender. Entraron por la ventana pero salieron por la puerta del frente, seguro que algún vecino habrá escuchado algún ruido extraño, salieron apurados y dejaron cosas tiradas, llevándose sólo lo que podían cargar.

"Vamos a dar una vuelta, carmencita, para que te distraigas, luego te ayudo a re-ordenar tu casa". Salieron, y cuando iban bajando la escalera se encontraron con la señora Triste, la arrendataria (que en realidad se llamaba señora Aguilera, pero siempre andaba muy triste...). "Qué bueno que la encuentro, señorita Carmen, anoche se metieron unos ladrones a su casa y se llevaron algunas cosas, el vecino de al lado los escuchó y llamó a los carabineros, por lo que escuché ya los pillaron, deben estar en la comisaría ahora, dése una vuelta si quiere recuperar sus cosas".

Carmen no quería recuperar sus cosas. Pobres ladrones. Pobre gente que, por pura necesidad, anda robando, y se roban puras cosas inútiles y más encima los pillan. Alguien tiene que hacer justicia aquí. Fueron a la comisaría, resueltos a salvar a los ladrones de los malvados policías. Un tipo sin expresión los recibió en el mesón y les hizo algunas preguntas, como dónde ocurrió el hecho y cuál era el valor total de las cosas robadas. Carmen le dijo que no tenían tanto valor, que quería saber qué les harían a los ladrones. "Lo de rutina nomás pues, señorita".

Esperaron afuera de la comisaría. Hacía un frío tremendo. Ya estaba oscureciendo cuando salieron los pobres ladrones. Ella se acercó y se inquietaron, se imaginaron cualquier tipo de agresión, pero muy por el contrario ella los trató de buena forma, hasta los invitó a tomarse un chocolate caliente a su casa. Los ladrones, que eran Jonathan, Manuel, Alejandro y "el Sativo", eran gente del barrio, pobres como la mayoría de la gente de ahí. En la comisaría les quitaron lo que habían robado, aunque nunca se lo devolvieron a Carmen. También se quedaron con una poca marihuana que andaban trayendo. Conversaron de los males de la sociedad hasta tarde y luego se fueron, prometiéndole a Carmen arreglarle la ventana al día siguiente. También le prometieron "protección" en las calles. Ella no pensó mucho en eso, porque nunca desconfiaba de la gente de la calle, por muy drogadicta o "flaite" que parecieran. Pero desde ese día, cada vez que subía o bajaba el cerro los veía por ahí, rondando, y los saludaba, y le parecía divertido que tendría de ahí en adelante unos ángeles guardianes cuidándola.

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