21.12.07

Nostalgia

Lo que le ocurría a Matías no era otra cosa que un ataque de nostalgia. Volvía a la que había sido su casa durante quince años, eso antes de irse y formar su propia familia allá en la capital. Volvía y veía todo igual. Todo igual, pero cambiado. No podía evitar notar el paso de los años en aquella otrora alegre y luminosa casona campestre. El pasto estaba seco y la pintura blanca de las paredes estaba desteñida y resquebrajada, el muro de piedras de la entrada estaba lleno de hongos y el suelo cubierto de hojas secas. Se notaba el descuido prolongado que había sufrido aquella humilde casona, aquél castillo grandioso de la niñez. Tendría que meditar bien por dónde empezar. Tenía que dejar todo presentable para que llegara su esposa con sus hijos el siguiente fin de semana. Tenía tres días para arreglarlo todo.

El palto de la entrada no era tan gigante como lo recordaba, y la casa misma se veía menos asombrosa que en su infancia. Los rosales estaban secos. “Habrá que arreglarlos mañana a primera hora”, pensó. Había mucha maleza que sacar. En tres días tendría que dejar todo listo. Eso implicaba un montón de trabajo. Había llegado demasiado tarde ese día, y entre recuerdos y cavilaciones se le fueron volando las pocas horas de luz natural que quedaban. Notó que no había luz eléctrica en la casa, probablemente por cuentas impagas, aunque no quitó la posibilidad de algún cable roto o algún fusil quemado. Por suerte encontró unas velas, las que encendió prontamente con un encendedor color naranjo transparente, para luego encender un cigarrillo con el fuego mismo de la vela. Desde que era un fumador estricto, nunca había dejado de andar con un encendedor en el bolsillo izquierdo, ahí junto con el teléfono móvil. Fumó tranquilamente, y en su semblante se notó la paz que llegaba a sus ojos cansados y a su boca mustia y seca. Todos los muebles tenían polvo encima, por eso no podía parar de estornudar al principio; el cigarro pareció calmarlo. Se acostó en un sillón largo, quizás verde oscuro, y se tapó con una manta, quizás chal, que encontró por ahí, y se quedó despierto hasta que la vela se consumió entera. Soñó. Soñó y recordó.

De niño, como cualquier hijo único, jugaba solo. Esperaba a su padre que llegaba del trabajo a eso de las seis de la tarde para jugar o hablar de cualquier cosa, muchas veces llegaba justo para ayudarlo a bajar de algún árbol o para volver a ponerle la cadena a la bicicleta que siempre se salía cuando andando se caía. Le gustaba levantar las piedras del patio, preferentemente una que era grande y plana abajo, para encontrar una verdadera ciudad poblada de insectos de todo tipo; le encantaba pensar que tenían una vida urbana allí debajo, porque en el fondo sabía que había una cierta cooperación entre todos esos insectos, por algo habían escogido vivir juntos bajo una piedra. El pequeño Matías siempre andaba metido en problemas, como todo niño inquieto, y todos los días se llevaba un reto distinto. A su madre le encantaba verlo hablando solo en la cocina, aunque varias veces le había dado algo de susto, pese a que sabía bien, según su experiencia como educadora en la escuela del pueblo, que esas eran típicas cosas de niño. A Matías le encantaban los olores. Aún ahora recordaba muy bien el aroma de las plantas mientras su madre las regaba, o el pasto recién cortado, o el olor del agua. Recordaba a la perfección el olor del pan amasado que traía la brisa de la tarde, desde la cocina hasta cualquiera fuese el lugar donde él estaba jugando y conociendo el mundo. Recordaba el olor a tierra y azufre de su padre y el olor a harina y a flores de su madre. Por un momento le pareció que estaba allí al lado suyo mientras dormía, por un momento pensó que aún estaban vivos.

Recordó cuando tenía diez años, y su madre tuvo que ser hospitalizada. Nunca entendió bien la enfermedad que tenía, pero cuando la dieron de alta supo que nunca iba a tener hermanos. Desde ese momento su madre nunca volvió a ser la misma. Como que se le fue la alegría de vivir. Recordaba muy bien haber visto a su padre llorar en el patio luego de alguna discusión de dormitorio; nunca olvidaría esos sollozos cortos y violentos, así como la mirada pálida y casi muerta de su madre. Durante esos años, el mundo seguro y tranquilo que había entre él y sus padres dejó de existir, y Matías quedó a la deriva él solo frente al mundo, a un mundo que no conocía y que no se moría por conocer. La rutina de la escuela a la casa se vio adornada por varias escapadas al bosque de pinos que había a unos pocos kilómetros de su casa, allí donde conoció el miedo profundo por lo que no podía ver cuando estaba solo, donde conoció por primera vez los labios de una niña por ahí por los catorce, donde supo con certeza que su vida no estaba allí donde no era suficiente para sus padres que no paraban de quejarse de su desgracia y donde había decidido irse lejos y no volver nunca. Llegó una tarde casi al anochecer, entró y comió algo en la cocina. Su padre hablaba de las deudas de la parcela, que si seguían tendrían que irse de allí y quedarían en la calle; su madre mientras tejía y tejía el mismo tejido de todos los días, inanimada y al parecer sin poner la mínima atención a la conversación de su esposo. “Cada uno habla su idioma aquí” pensó el adolescente Matías, mientras echaba ropa a la mochila y algo que comer a un bolso azul pequeño.

Se fue para el norte, a la casa de unos tíos. Allí vivió hasta cumplir la mayoría de edad, compartiendo con sus odiosos primos, los gemelos. Le hicieron tantas bromas pesadas durante su estadía allí que al cabo de un tiempo Matías estaba preparado para cualquier prueba de la vida, al menos así lo pensó cuando partía rumbo a la capital para estudiar Ingeniería. Al terminar al carrera y encontrar un trabajo decente conoció a la mujer que ahora era su esposa; cuando nació el primer hijo se casaron y se compraron una casa. Al poco tiempo nació el segundo hijo, y ahora su esposa estaba esperando el tercero.

Durante toda su vida en la capital nunca habló con sus padres. Una vez su padre lo llamó con urgencia inusitada, diciendo que su madre estaba muy enferma y que probablemente acabaría muriéndose. Era alguna clase de cáncer que no recordaba bien. Matías asistió al funeral y vio - después de varios años - a su padre. Se negó a hospedarse en la antigua casa, prefiriendo quedarse en alguna residencial del pueblo y partir al otro día a primera hora. En aquella ocasión su padre había tratado de conversarle sobre la parcela y sus numerosas deudas, y mientras hablaba no podía dejar de tomar vino, un vaso tras otro, hasta que se había quedado dormido. Matías lo había dejado ahí tal cual y se había marchado. No tenía la menor intención de ayudar a un borracho. De hecho, su padre se había convertido en alcohólico, y al poco tiempo después de ese encuentro lo habían encontrado muerto en el patio de su casa. Fue en ese momento en que llamaron a Matías para asumir la pertenencia de la casa y la pequeña parcela.

A sus veintinueve años, era el único heredero de una casona en medio del campo y de unas pocas hectáreas descuidadas. Lo primero que pensó fue en vender. Para qué quería tener todo eso, si su vida estaba en la capital. Fue un lunes temprano a revisar los papeles y ahí se enteró que su padre había cubierto toda la deuda a fuerza de trabajo, y había trazado los comienzos de una empresa a pequeña escala que produciría productos agrícolas. Junto con esos papeles, encontró una carta de su padre, en la que éste le contaba cómo había podido pagar la deuda, todo para que su hijo pudiese continuar el negocio familiar. Matías estaba emocionado. Eso era algo que nunca se esperó de su padre. Además, la carta decía lo mucho que lamentaba haber estado ausente durante las principales etapas de su vida, y que estaba orgulloso de lo lejos que había llegado su único hijo.

Entonces, Matías había decidido quedarse con la parcela y continuar el negocio de su padre. Se había sentido responsable de lo que le había ocurrido a su familia, y tenía que reivindicarse. Luego de consultar con algunos conocidos que sabían del tema y de hacerle algunos arreglos al proyecto de su padre, se dispuso a utilizar esas descuidadas hectáreas. Y no sólo eso, decidió irse a vivir a la antigua casona con toda su familia y de ahí en adelante vivir allí.

Un rayo de sol lo despertó a las nueve de la mañana. El sillón era verde oscuro como lo había sospechado y tenía un montón de trabajo que hacer. Sobre todo, tenía que hacer las paces con su pasado, y qué mejor que hacerlo a través de algo de trabajo bajo el sol. Ese fin de semana, mientras surcaba el suelo y se limpiaba el sudor de su frente, sintió una bocina en la entrada de la casona. Era su esposa y los niños. Su hijo mayor corrió a sus brazos y él lo levantó y le mostró el patio. Cuando lo bajó el niño quedó maravillado con la vieja y oxidada bicicleta, con la que recorrió a toda velocidad el patio y la casa. Matías no podía evitar ver en su hijo a él mismo cuando niño, y de lo distinto que sería todo de ahí en adelante.

2 comentarios:

~el sueño del esquimal~ dijo...

El sillón era verde oscuro como lo había sospechado...
:)

me acordé de este:
http://www.geocities.com/juliocortazar_arg/contiparq.htm#xx


"Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela."

Unknown dijo...

disculpa que no te deje algo como la gente, pero ando sin tiempo... te escribo pa q sapai q te sigo leyendo!
jajja, eso, saludos desde el horno