16.1.08

Si ella era del campo

Pies descalzos salió a correr por esas piedras que jamás le hicieron daño. Sonreía y el sol brillaba en sus dientes. Jamás se hizo problema alguno, ni con la vida ni con la existencialidad del ser humano, jamás puso una mala cara cuando tenía que ir a trabajar en las parcelas, jamás lloró por un castigo recibido, jamás reclamó frente a una comida mal cocinada. En el pueblo decían que era un ángel, que su bondad superaba a la de cualquier hombre. Otros dirían que era un santa, pero los santos están todos muertos.

De niña se acostaba en la alfalfa, a veces abría los corrales para que los animales pastaran y pasearan, a veces corría persiguiendo alguna mariposa amarilla que por allí pasara. Pies descalzos era de la naturaleza, la ciudad nunca fue para ella.

En cuanto pisó la capital comenzó a sentirse mal. Tenía que ir a un doctor que sólo atendía allí, así que no le quedaba más remedio, aunque suene medio paradógico. Si hubiese podido evitarlo habría ido a la costa, que siempre le había atraído; pero su madre fue tajante, y el lunes temprano esperaron el bus para irse a Santiago.

No quería estar allí, las calles la mareaban. El olor del humo la sofocaba y parecía que el sol iba a terminar derritiéndola. El clásico olor del bus había sido sólo la introducción de su pésimo y empeorante malestar citadino. Había que volver pronto.

Cuando estuvo de vuelta los familiares le preguntaban que qué tal Santiago, que si había ido a macdonals o al mol, que si había visto a tal o cual actor o animador. Pero ella contestaba siempre lo mismo, que había pasado tanto tiempo tratando de soportar su malestar que al final no se fijó en las cosas buenas de la capital. Y eso no se le podía criticar pues, si ella era del campo y al campo pertenecía, y las estaciones del metro no le interesaban en lo más mínimo, ni el parque forestal ni el persa estación, ni la cercanía con el resto del mundo.

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