Si ella era del campo
Pies descalzos salió a correr por esas piedras que jamás le hicieron daño. Sonreía y el sol brillaba en sus dientes. Jamás se hizo problema alguno, ni con la vida ni con la existencialidad del ser humano, jamás puso una mala cara cuando tenía que ir a trabajar en las parcelas, jamás lloró por un castigo recibido, jamás reclamó frente a una comida mal cocinada. En el pueblo decían que era un ángel, que su bondad superaba a la de cualquier hombre. Otros dirían que era un santa, pero los santos están todos muertos.
De niña se acostaba en la alfalfa, a veces abría los corrales para que los animales pastaran y pasearan, a veces corría persiguiendo alguna mariposa amarilla que por allí pasara. Pies descalzos era de la naturaleza, la ciudad nunca fue para ella.
En cuanto pisó la capital comenzó a sentirse mal. Tenía que ir a un doctor que sólo atendía allí, así que no le quedaba más remedio, aunque suene medio paradógico. Si hubiese podido evitarlo habría ido a la costa, que siempre le había atraído; pero su madre fue tajante, y el lunes temprano esperaron el bus para irse a Santiago.
No quería estar allí, las calles la mareaban. El olor del humo la sofocaba y parecía que el sol iba a terminar derritiéndola. El clásico olor del bus había sido sólo la introducción de su pésimo y empeorante malestar citadino. Había que volver pronto.
Cuando estuvo de vuelta los familiares le preguntaban que qué tal Santiago, que si había ido a macdonals o al mol, que si había visto a tal o cual actor o animador. Pero ella contestaba siempre lo mismo, que había pasado tanto tiempo tratando de soportar su malestar que al final no se fijó en las cosas buenas de la capital. Y eso no se le podía criticar pues, si ella era del campo y al campo pertenecía, y las estaciones del metro no le interesaban en lo más mínimo, ni el parque forestal ni el persa estación, ni la cercanía con el resto del mundo.
De niña se acostaba en la alfalfa, a veces abría los corrales para que los animales pastaran y pasearan, a veces corría persiguiendo alguna mariposa amarilla que por allí pasara. Pies descalzos era de la naturaleza, la ciudad nunca fue para ella.
En cuanto pisó la capital comenzó a sentirse mal. Tenía que ir a un doctor que sólo atendía allí, así que no le quedaba más remedio, aunque suene medio paradógico. Si hubiese podido evitarlo habría ido a la costa, que siempre le había atraído; pero su madre fue tajante, y el lunes temprano esperaron el bus para irse a Santiago.
No quería estar allí, las calles la mareaban. El olor del humo la sofocaba y parecía que el sol iba a terminar derritiéndola. El clásico olor del bus había sido sólo la introducción de su pésimo y empeorante malestar citadino. Había que volver pronto.
Cuando estuvo de vuelta los familiares le preguntaban que qué tal Santiago, que si había ido a macdonals o al mol, que si había visto a tal o cual actor o animador. Pero ella contestaba siempre lo mismo, que había pasado tanto tiempo tratando de soportar su malestar que al final no se fijó en las cosas buenas de la capital. Y eso no se le podía criticar pues, si ella era del campo y al campo pertenecía, y las estaciones del metro no le interesaban en lo más mínimo, ni el parque forestal ni el persa estación, ni la cercanía con el resto del mundo.
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