Litoral
Otoño y los platos ovalados. Con ensaladas verdes en mesas de madera añeja. Se desplomaron las imágenes de lo que nada queda, y conn ellas los pocos que quedaban en la casona de la infancia. Tantas dudas que surgían cuando los volantines no podían alcanzarse, y con los remolinos jugábamos a ser grandes. Tan grandes como el viejo alerce.
Crecimos junto a los matorrales. Corrimos por prados que no eran nuestros. Pero el mundo nos pertenecía y nosotros éramos del movimiento y del húmedo viento del norte. Nos iremos volando o tal vez nunca dejemos la patria ajena. Si esa bandera es lo que somos ¿qué queda de todo el resto?
Nunca fue casualidad el acierto, o acaso jamás pensamos en aquello, sólo disfrutamos los mates de la abuela con queso de cabra tostado al brasero. Las fronteras jamás lo fueron del todo, el holograma, el alucinógeno, el ferrocarril del norte árido y solitario que curtió nuestra piel a través del sol.Y ahora en el litoral, el viento que otrora nos hubiera asustado. El viento, el mar, los pescadores, la casa blanca, los volantines, la alfalfa, los recuerdos infatigables.
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