La casa de los tíos
Comíamos de las manzanas que caían del árbol,
en el patio de la casa de los tíos.
Cuando llovía nos acostábamos, y las tías
contaban cuentos de memorias ancestrales.
Desearía volver a ver esos chales
con que nos cubrían,
el pecho inamovible del abuelo frente al brasero,
el mate y el queso de cabra,
las conversaciones interminables frente al fuego.
La lluvia afuera. Un auto que llega,
son más familiares que se reúnen bajo el mismo techo.
Siguen sopaipillas y otras artes.
Sigue lloviendo. De un momento a otro
vemos alguna rama volando por la ventana.
Los grandes salen al patio a arreglar
lo que haya que arreglar.
Los niños nos quedamos dentro,
deseando salir,
pero a la vez imaginándonos que el viento
nos podría llevar volando,
como a las ramas de antaño.
En la noche nos aprendemos de memoria
los sonidos de las gotas,
para al otro día volver a olvidarlos.
Música sobre el tejado.
Nos sacamos los calcetines por el calor de la estufa.
Desearíamos estar afuera,
pero no nos movemos de la cama.
Los caballos relinchan,
el coro de fantasmas canta
hasta el amanecer,
sólo callado por los queltehues.
Al otro día desayuno
en la mesa de mimbre,
huevos recién empollados
revueltos en la pailita deforme.
La lluvia se detenía, salíamos,
los perros nos ladraban
jubilosos, nos acompañaban
acompañando al abuelo,
que iba a buscar agua al pozo
en unos baldes de lata.
Escuchábamos el sonido del agua,
y los sonidos eran todos distintos.
Comprendimos el significado de la música.
Hay que ir al pueblo, más familia nos espera.
Hay que comprar víveres, por si sigue lloviendo.
Nos vamos en auto, pasamos por los barriales.
Nosotros vamos acostados en el asiento trasero,
mirando los cables de alta tensión.
Las nubes están negras, por ahí algún trueno
ilumina el sendero.
En el pueblo hay poca gente, y pocos negocios abiertos.
Hay pan, dice alguno
con faltas de ortografía.
Ya va a ser hora de almuerzo,
Hay que llevar lo necesario.
Volvemos temprano. Las tías ya prepararon
porotos con riendas,
ensalada a la chilena y ají rojo verde amarillo.
Los primos juegan entre los perales.
Un primo grande ensilla los alazanes.
Vamos a dar un paseo.
Orgullosos estamos de cabalgar solos.
Tanteamos al amigo que nos trae aventuras,
vemos si trota suave, si corre como un rayo,
vemos si salta las acequias, si entra en el bosque oscuro.
Las ramas nos rasguñan el rostro, pero el amigo sigue trotando.
Salimos a un claro, y de ahí a la parcela,
nos llaman a comer los abuelos y los tíos.
Hay que volver, nos vamos galopando,
de pronto sentimos el viento y el movimiento escaso,
del amigo casi volando. Nos emociona.
Estamos al fin corriendo.
Nos sentamos a la mesa. Cada tía cuida a sus críos.
Nuestra madre nos trae la comida,
después de lavarnos las manos.
(De niños queríamos casarnos con nuestras madres.
Al crecer quisimos casarnos con las madres de nuestros amigos.
Algunos quisieron casarse con sus amigos.
Otros no volvimos a pensar en casarnos)
Otra vez la lluvia comienza.
Otra vez el fuego eterno
que eterniza los cuentos de la abuela,
los mates con cáscara de limones,
el pan amasado
hecho en horno de barro.
De nuevo el calor en la casa,
los chalecos de lana tejidos con cariño,
los demás niños bostezando, las velas encendidas,
los pijamas con dibujitos, las cortinas desteñidas.
De nuevo viene el viento, los fantasmas
y la imaginación que nos lleva lejos,
a países de fantasía.
1 comentario:
Los años cambian las cosas, a veces sería hermoso revivir ciertas cosas.
Besos
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