29.1.07

EL sujeto vestido de negro. . .

El sujeto vestido de negro no tenía idea de lo que sucedería. Salió de su habitación ese día pensando en todo lo que tenía que hacer, pero jamás pensó en lo que le pasaría a eso de las 11 AM en el negocio del tipo gordo ese que vende carnes y quesos. El sujeto de negro se levantó bastante temprano. Sabía que el tiempo se escapa rápidamente. Al levantarse, encendió su equipo, con música típica de alguien como él, y que si viviera con alguien seguramente ese alguien le haría apagar tal estrépito. El caso es que el sujeto de negro salió de su casa rápidamente. Vivía al final de una escalera enorme. Esa noche había llovido bastante, por lo que el sujeto de negro tuvo que tener cuidado al bajar los peldaños mojados, y más cuidado aún por los dos perros que se le atravesaron y la señora cargada de bolsas que no le daba espacio para adelantarla. Al terminar de bajar la escalera, se percató que hacía un frío terrible, y que no se había abrigado muy bien al salir. De hecho, había pensado en ponerse una bufanda que había recibido hace poco de parte de una tía, pero con el apuro se le olvidó y la dejó tirada encima de la cama. Andaba con una chaqueta delgada, negra, unos jeans negros muy gastados, con un par de parches por ahí por las rodillas, y unos bototos viejos, que no cambiaba desde que iba en el colegio; de hecho, eran bototos de escuela. Al bajar la escalera, caminó por una y otra calle, hasta llegar a la casa de su amigo, un tipo calvo y muy malas pulgas, que le vendía ciertos artículos a cambio de unas pocas monedas. Hizo la transacción que tenía que hacer y salió apurado, con una bolsa de plástico negra en la mano izquierda. A poco de caminar su mente comenzó a divagar, como ya era costumbre en él. Pensaba en una vieja novia que tuvo en el colegio, y del tipo que se quedó con ella finalmente, y que incluso en ese momento estaban aún juntos, un tipo pesadísimo, grandote e inútil, según iba pensando, y qué gracia le haría encontrárselo algún día y romperle los dientes con esa manopla nueva que le compró al calvo esa mañana. No tenía idea de que su pensamiento se haría realidad ese día, aunque no como él se lo esperaba. Iba caminando mirando el suelo, por una calle bastante concurrida, y se encontró un billete botado, un buen billete, y pensó que era su día de suerte. Pero, vaya suerte. Cuando lo recogió miró, sin querer a su izquierda, y unos flaites estaban asaltando a un tipo gordo detrás de un mostrador lleno de tripas de animal. En sujeto de negro odiaba a esos flaites, siempre los había odiado, desde que uno de ellos le quitó a su novia del colegio, justo en el que venía pensando cuando caminaba. Y qué sorpresa se llevó, cuando vio que era el mismo tipo, el mismo flaite, que tanto odiaba. Esa era su oportunidad de desquitarse. Entró rápidamente al negocio, fingió querer comprar algo. Pensó, al pasar, lo raro que era que alguien quisiera asaltar un negocio como ése, con tan mal olor y que pasaba casi siempre vacío. Sin duda no era por dinero. Esos tipos querían algo más allí. El sujeto de negro se acercó al mostrador, pero el gordo le dijo que se fuera, que estaba cerrado. Fue en ese momento cuando el flaite lo vio y lo reconoció. El flaite y el de negro cruzaron miradas. Recordaron sus viejas rencillas. De inmediato el flaite sacó un cuchillo tremendo de su pantalón, y el de negro sacó su manopla nueva. Ahora era el momento de usarla. Comenzaron a insultarse, aunque el de negro no hablaba mucho, porque estaba estudiando a su oponente; no iba a dejar escapar esta oportunidad que había esperado desde hace tanto tiempo. Tenía a su mayor enemigo enfrente. Como un acto reflejo, el de negro dio un par de pasos largos hacia el otro mostrador, y sin querer hizo que la puerta se viniera de golpe y se cerrara haciendo un gran ruido, saltaron vidrios rotos y algunas personas afuera se dieron cuenta de lo que estaba pasando, pero se quedaron mirando y nadie hizo nada. Era una pelea de gallos, y en esas nadie más se mete, hasta que alguno caiga. El flaite aprovechó el momento y tiró una estocada que le rozó el brazo al de negro, rompiéndole un poco su chaqueta, pero eso no importaba. Odiaba que esos tipos pelearan con cuchillos, le daba la sensación de que eran unos cobardes que se ocultaban detrás de un filo en vez de encarar a su oponente de frente. En caso es que el de negro aprovechó el movimiento y empujó al otro contra una vitrina. Pero ese vidrio era muy duro, y no se rompió, pero al flaite le dolió tanto que se enfureció y comenzó a tirar estocadas al aire, como poseído por la locura. No se dio cuenta que el piso estaba algo mojado y se resbaló. Cayó de espalda. Se le cayó el cuchillo. El de negro pateó el cuchillo y lo tiró lejos, debajo de otra vitrina al fondo del negocio. Era su oportunidad de terminar esa pelea, pero le dio la oportunidad al flaite de ponerse de pie. Al estar parado, se sintió de pronto vulnerable, y era obvio ya que no tenía su cuchillo en la mano. El de negro lo golpeó una y otra vez con la manopla, hasta botarlo al suelo, otra vez, pero ahora cubierto de una sangre oscura. Lo dejó quejándose en el suelo, porque le surgió una gran curiosidad. Le preguntó al gordo que estaba detrás de la vitrina por qué venía este tipo a asaltarlo. El gordo le respondió que venía a saldar una cuenta, porque él, el gordo, había abusado de su novia. Sí, la misma novia. De pronto una furia tremenda se apoderó del de negro. Se agacho y tomó el cuchillo del flaite que estaba debajo de la otra vitrina y se al arrojó con fuerza al gordo, atravesándolo, dejándolo clavado en la pared, como sostenido, aún de pie, con los ojos desorbitados. La gente afuera dio un grito. Sonaron las sirenas. Tenía que correr y esconderse. No podían sorprenderlo después de haber matado a ese gordo y de haber golpeado hasta casi matar al flaite. Vio una salida por una puerta trasera. Iba a correr hacia ese lugar cuando el flaite lo llamó y le pidió ayuda. Estaba ensangrentado en el suelo, pero podía ponerse de pie. El de negro de pronto sintió que lo entendía bien, y decidió ayudarlo. Juntos corrieron por un pasillo largo, mientras escuchaban cómo los carabineros entraban con un tremendo estrépito a la escena del crimen. Corrieron y salieron a un patio. Saltaron un muro y corrieron por unos techos. Saltaron al suelo. Siguieron corriendo por las calles sucias. Escuchaban detrás de ellos las sirenas. Casi deseó no haberle pegado al flaite. Se metieron a un mercado. Espantaron a unas gallinas que estaban en su camino, corrieron hasta la otra salida. Pero ahí estaban dos carabineros hablando por radio. De seguro les estaban avisando que ellos iban escapando por esa dirección. Estaban perdidos. Entonces el flaite le pidió al de negro que se fuera sin él. El de negro se negó pero finalmente accedió. Los de verde estaban demasiado cerca ya. Podían oír sus gritos y a la gente indicándoles el camino hasta ellos. El de negro salió por una ventana estrecha y siguió corriendo por una calle larga y sucia, llena de autos estacionados. Dobló por una esquina y perdió a los carabineros. Subió a su casa por un lado distinto, un camino más largo, pero que se hizo muy breve con el apuro que llevaba. Hace mucho, pensó, que no corría de esa manera. Mientras, el flaite cayó al suelo, mancho todo el piso son su sangre. De verdad el de negro le había pegado bastante fuerte. No podía respirar con toda la sangre que le salía por la nariz y por la boca. Se puso de pie y justo llegaron cuatro carabineros, que como es ya su costumbre, se lanzaron sobre él, aplicándole llaves y golpes en las costillas. El flaite no aguantó más y dio su último respiro. Murió ahí mismo, en el mercado, con todos los vendedores de testigos, que vieron cómo los carabineros acabaron quitándole la vida a ese pobre muchacho ensangrentado. Quizás pagó de esa forma por muchos de sus crímenes, que desde niño venía cometiendo. Quizás, los policías también pagaron de esa forma el constante abuso de su fuerza contra los más débiles, y se les hizo justicia debidamente, acabándose su carrera poco tiempo después del incidente. El de negro llegó a su casa y se acostó es su cama. Se quedó dormido por unos segundos. Fue al baño y se quitó la sangre de las manos. Meditaba sobre lo sucedido. Pero extrañamente no se sentía culpable. Una idea se metió en su cabeza y no lo dejó tranquilo. El recuerdo de su ex novia lo agobiaba. Sin pensarlo más, la fue a buscar. Golpeó su puerta. Hacía años que no andaba por esos lugares. Le abrió su padre. Lo hizo pasar. La joven llegó y se sentó en frente. Se miraron y no dijeron nada. Pasó un buen rato. El de negro no supo decir nada. Se puso de pie, tomó las manos de la joven y le pasó su manopla, un montón de billetes, una carta, y se fue. La carta contaba todo lo sucedido. El dinero que le dio era una gran suma. El de negro corrió y corrió. Se subió escondido en un barco y nunca más se supo de él.

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