29.1.07

Periplos incesantes


Viajar. Siglos de carretera rodeada de desierto. Inconclusa metáfora de la inhabitable soledad y el tórrido arenal, similar al vacío mismo, incluso a alguna clase de purgatorio, que se avalancha sobre nuestras sienes. Volver al hogar, a los viejos amigos, las mismas bromas de antaño, las mismas frases “no has cambiado nada” o “ya no eres el mismo”. A quién le importa si has cambiado o no. Es indudable que nunca somos los mismos, a cada instante cambiamos algo de nosotros, al crecer nuestra experiencia vamos alimentando nuestro ser y eliminando aquello que no consideramos relevante, situación que va actualizándose todo el tiempo. Hemos cambiado. Permanecemos. La eterna disyuntiva del cambio y la permanencia. La vida misma es cambio a la vez que permanencia. La gente observa lo que a ella le interesa, y eso es totalmente respetable. Algunos más superficiales dirán que sigues igual que siempre. Lógico, uno no cambia radicalmente de un día para otro, al menos no con los escasos recursos de los que normalmente se dispone. Otros más profundos dirán que tu actitud frente a la vida ha cambiado. Quizás, una de las cosas más cambiantes del ser humano es la actitud frente a las cosas. Ahora, dependiendo de las cosas de las cuales estamos hablando.

Volviendo al tema inicial. El viaje. La única forma de volver a las raíces, o al menos a cierta etapa de la ramificación del metafórico árbol. La única forma de ver a esa gente que de alguna forma nos pertenece. La familia. Los amigos. Aquellas historias nunca acabadas… Viajar. Tiempo, distancia, velocidad. Todo conjugado dentro del acto de viajar. Muchos nos consideramos personas especialmente viajeras, añoramos aquellos viajes de la niñez en que se dormía incómodo, se aguantaban por horas las ganas de ir al baño, se moría uno de calor atravesando el desierto, o de frío allá en el sur. Disfrutábamos todo eso porque fue mágico, porque fue importante y se hizo parte constitutiva de nuestro ser, de nuestro tiempo. Todo pasado fue mejor, dicen algunos, sin embargo hay que decir que algunos pasados fueron más felices que otros, y que muchos pasados fueron realmente buenos presentes.



(Esto es un fragmento de una crónica de viaje que escribí hace algún tiempo. No incluí el resto porque no lo considero relevante... son cosas demasiado concretas, una narración del viaje que realizaba en ese momento. Sí, lo escribí en medio del viaje, en un bus con destino al norte...)

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