31.1.07

Nueces (Parte II)

Ya es de noche; deben ser las once. Después de tomarnos un café yo me puse a leer en el sillón, y ella encendió la radio y puso varios discos, hasta que se quedó con uno de rock antiguo. Se sentó en el suelo sobre sus piernas cruzadas, al estilo oriental, ya saben, como los que hacen yoga o algo por el estilo, como en posición de meditación. Estaba descalza y vestía un pantalón ligero y una blusa azul; se había tomado el pelo, aunque el la cola estaba ya casi desarmada. Yo seguía leyendo, pero a la vez estaba pendiente de ella. Su cabello claro me encantaba, su nariz respingada, su tez blanca, sus labios especialmente rojos. Me gustaba esa permanente desconcentración en la que siempre se encontraba, esa flojera y constante desinterés por todo lo serio, reemplazada todo el tiempo por un afán por sacarle el extracto a lo cotidiano, a lo trivial. Demás está decir que eso era lo que la mantenía viva; bueno, a mi también me mantenía vivo eso de ella. Siempre he pensado que la mujer ideal para mi es aquella que ponga mis pies en la tierra, pero ella me separaba más aún de la realidad concreta, y vivíamos en su constante sueño, y los días eran ilusiones, y todo lo que importaba era el espacio entre yo y ella. Llevábamos bastante tiempo, juntos, algo así como seis años, suficientes para hacernos sentir que nos pertenecíamos y que no había más vida antes de estar juntos. Son las típicas ilusiones que se fabrican un par de locos, pero que realmente se disfrutan en el momento, cuando todavía no ha terminado esa complicidad ni ese anhelo tan propio de dos personas que han encontrado un hogar fuera de sí mismos, en ese otro, que aparece como la solución a sus problemas, como el agua que apaga el incendio depresivo que había antes de conocerse. De pronto, me miró fijamente, y yo me percaté al instante de ello, aunque sin despegarme de mi libro. Sabía que ella tenía esa clásica mirada juguetona, furtiva, oculta, sabía que estaba planeando arruinar mi lectura con otro de sus juegos; de alguna manera, lo esperaba, y me alegraba que ella fuera así. La sentí acercarse y esconderse tras el sillón blanco. La sentí caminando en cuatro patas hasta llegar a mis pies; creo que sonreí sin poder evitarlo. Iniciamos un nuevo juego hasta que nos dio sueño y nos fuimos a la cama. Aquella noche hicimos el amor por última vez.

1 comentario:

Circo Pobre dijo...

me encantan los relatos en primera persona