2.2.07

Un café frío, lluvia y cigarrillos

En el fondo le gustaba esperar. Siempre llegaba unos quince minutos antes, encendía un cigarrillo y lo fumaba lentamente. Era ya típico ver en el cenicero un cigarrillo manchado con lápiz labial al encontrarla. Hacía sentir a todos impuntuales con su manía de llegar temprano a todos lados. Mientras esperaba, leía todos los afiches cuando iba al cine, manoseaba los cordelitos que indican el camino de entrada a las salas, se tomaba un par de cafés cargados. No le gustaba el cortado ni el capuchino, ella tomaba el café puro, sin azúcar, porque, según ella misma decía, le gustaba sacarle el provecho a las cosas en su estado puro. Siempre andaba con libros incoherentes en la mano. Un día se le vio con el Manual de Carreño, otro con un libro de recetas de cocina colombiana. Escuchaba música clásica, en su mp3 player. Caminaba sin rumbo todos los días de invierno por las calles húmedas del puerto. Siempre se le veía bajar el cerro con sus medias curiosamente bordadas y su falda corta de franela, su pelo liso tomado con unos palillos artesanales y su libro en la mano. Casi nunca hacía caso a lo que le hablaba la gente en la calle, porque siempre estaba absorta en sus pensamientos, o quizás en qué otra cosa. Le gustaban los gatos. Pero no esos gatos gordos que siempre hacían guardia en los negocios antiguos, sino que le fascinaban esos gatos estilizados, elegantes, con clase. Siempre decía que su hombre ideal tenía que ser como uno de esos gatos. También decía otras incoherencias, que si se piensan bien cobran total sentido.

Ese día estaba lloviendo. Nunca se abrigaba para salir, y cuando llovía nunca llevaba impermeable, y extrañamente nunca parecía estar empapada. Para variar, llegó muy temprano al café de siempre, un antiguo recinto con permanente olor a humedad e incienso, que siempre tocaba algún jazz añejo. Aunque ella preferiría haber escuchado en ese momento algo de música clásica (Bach hubiese sido apropiado), con su cigarrillo sabía disfrutar casi cualquier música. Cuando Anselmo llegó ella estaba llorando. Uno nunca sabía por qué extraña razón ella se ponía a llorar o se reía o se enojaba. Su café ya estaba frío, con apenas un par de sorbos de menos.

Esa mañana había llamado a Anselmo y le había pedido encontrarla en el café. Sonaba agitada. Él podía imaginársela hablando por teléfono ese día, seguramente jugando con sus dedos en algo, una planta o su gato, un cojín o un peluche. Aunque siempre se notaba algo nerviosa e intranquila, ese día lo estaba más que de costumbre. Cuando Anselmo llegó al café, ella estaba llorando y fumando. Su cenicero estaba lleno, igual que su taza de café. Algo extraño, teniendo el antecedente de que los cafés nunca le duraban más de un minuto. Ella prefería los de máquina, porque estaban listos rápido, podía tomárselos caminando y botar el vaso desechable en cualquier basurero.

Su mano temblaba. Su pierna izquierda estaba embarrada. De seguro se había caído, porque siempre andaba apurada y siempre se caía o chocaba o metía un pie a un charco, etc. Pero Anselmo no quiso decirle nada. Ella comenzó la conversación. “Tengo algo que decirte”, fueron sus palabras, justo cuando comenzó a sonar If I Could Be With You. Le molestó que tocaran algo tan antiguo, pero continuó hablando. “Esta mañana me sentía extraña, entonces le dije a mi vecina, que estaba preparándole el desayuno a sus nietos”. Anselmo se pasaba toda la película en su cabeza, como siempre que le contaban algo. “Ella me preguntó que qué síntomas tenía… y qué sé yo de síntomas, no soy médico ni cocinero…”. Anselmo no quiso preguntarle qué tenía que ver un cocinero en todo esto, quería que ella continuara su historia. “Entonces me hizo hacerme un maldito test, que se hizo eterno… Anselmo, hay algo que quiero decirte….”. Anselmo comenzó a preocuparse. Ya sabía lo que venía, sabía que fue un error haberse quedado con ella esa noche en que tomaron más de la cuenta después del concierto. En el fondo, él se había aprovechado de que ella estuviera tan ebria, y claro, que fuera el único del grupo que sabía donde estaba su casa. Él comenzó a transpirar, algo que no se sentía muy bien con ese frío y esa lluvia afuera. “No te preocupes” le dijo a ella “Todo va a salir bien. Yo voy a hacerme cargo”. Ella de pronto arrojó una despiadada carcajada, y Anselmo la miró perpleja. “Es una simple anemia, Anselmo, pero gracias por preocuparte. Bueno, te sigo contando, cuando llegue a mi casa noté que había dejado la llave corriendo y mi casa se inundó. Quería que me ayudaras, porque no tengo idea de fontanería…”

2 comentarios:

Unknown dijo...

Hola Jose.. te lo prometí, asu es que leo lo que escribes... me gustó el cuento, de hecho, me pareció a alguien familiar, incluso, te mostraré que escribí un relato hace algunos meses con un tinte parecido al tuyo.. te lo mostraré.
Me pareció eso sí, que el final fue muy abrupto para toda la descripción que hiciste de los rasgos identirarios de la mujer.
Puede que sea un capricho de extensión, y sobretodo, dale más dramatismo al final.. me tenías expectante con el embarazo. Saludos!

Profe José dijo...

Sí, los "Cuentos de Café Cargado" (asi los llamo al conjunto de cuentos sobre Carmen y Anselmo) son bastante absurdos, detallistas y abruptos. No sé, este cuento era más bien como un chiste, o quizás algo así como un relato con el que digamos "ah, es tìpica esa!"...

Sobre lo del orden y el final, creo que no respeto mucho ciertas normas de escritura de cuentos. Pero me da lo mismo... lo importante es que se entiendan, y que sean entretenidos igual po...

Gracias por el comentario. Saludos (hey... me llamaste por mi nombre!)