21.3.07

De cómo se llega al Jazz


Que cómo llegué al jazz. Es una de muchas preguntas que se responden con la misma respuesta. Al jazz uno no llega por casualidad. Creo que la casualidad está sobredimensionada en nuestro círculo. Al jazz se llega a través del dolor. Toda sociedad que nace de una mezcla en el fondo nace del dolor, de la agonía de saberse ajeno, de la obligación de mezclarse para sobrevivir, de la melancolía de abandonar el hogar para iniciar nuevas travesías. Sabido es que el jazz nace con el cambio de siglo, resultado de distintas semillas que germinaron en un terreno fértil, como lo es el continente americano. Distintas culturas, distintas agonías.

Los griegos decían que la pasión es en realidad padecimiento, dolor. Como una fiebre que nos envuelve. Pues, es pasión lo que sobra en los jazzistas, y es pasión lo que se encuentra en los verdaderos amantes del jazz. Hay entre ambos una consonancia en el dolor. En el fondo, compartimos el mismo dolor, porque somos amantes de una misma musa, la música. Y la música muchas veces nos habla del pasado, mejor o peor, pero nuestro. Tal como lo demuestra la saudade brasilera, esa melancolía por el hogar, que acompaña prácticamente a toda la formación de una sociedad entera. Sí, el jazz no es fruto de la bienaventuranza norteamericana solamente; no por Arlen o Gershwin existe el jazz. El jazz existe porque hubo gente que sintió profundo dolor y quiso expresarlo, y continúa existiendo porque esa expresión cobra vida cada vez que sentimos la carencia de ese mundo perdido, de ese tiempo perdido. Basta con recordar el sentido agonizante de algún blue (pruebe con la ejecución de Bessy Smith).

En el fondo, es una imagen romántica la que pretendo mostrar aquí. Esa imagen de la pérdida, de sentirse solo en un mundo nuevo, o al menos extraño. Nuestra sociedad también fue formada de inmigrantes e indígenas, fue construida en el campo con el sudor de la labranza. Así nace el folk, que se ha mezclado y lo sigue haciendo con ritmos coincidentes, en cierta forma equivalentes. El llanto negro y el llanto indígena parece ser el mismo, porque juntos hacen un mismo eco.

Ahora, el jazz tiene un componente no menos importante: el estilístico. Claro, no es esa música en bruto la que escuchamos en las Big Bands, sino que fue remodelada, enriquecida, sazonada, por el componente europeo. Sí, el jazz es una creación artística. Como tal, exige que el tímpano del auditor esté lo suficientemente agudo y afinado como para apreciar la belleza de un sobreagudo de saxo o, para ir más lejos, un solo de Satchmo. Y hablando del rey del jazz, Louis Armstrong supo combinar de forma excelente esa unión entre el dolor y la belleza, entre la pasión y la habilidad musical. Uno de los precursores de la historia de la música en demostrar lo que sentía mientras ejecutaba una pieza maestra, quien también sufrió por el dolor de la tardía esclavitud en los estados sureños, quien cuando tocaba se conectaba de forma única con su público (tanto gente común como otros músicos admiradores), el que coreaba alegremente When The Saints Go Marching In.

Pasión. Así es como se llega al jazz. El dolor de estar en un mundo extraño, el sobrecogimiento de estar escuchando música de verdad, música formada con trabajo y pintada con sangre. Sea Nueva Orleáns, La Habana o Valparaíso, el jazz pervive porque hay inquietud musical, porque hay necesidad de compartir la melancolía y de escuchar buena música.


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