Largas Caminatas y Cortas Miradas
Su instinto insistía en tomar las rutas más rápidas para llegar a su destino, pero al caminar junto a Carmen, Anselmo sabía muy bien que eso era imposible. Con el tiempo aprendió a dejarse llevar por las poéticas conversaciones y las ilógicas reacciones de ella. Incluso aprendió a disfrutarlas, así como aprendió a disfrutar de los desvíos. Pronto caería en la cuenta de que las caminatas junto a Carmen estaban constituidas esencialmente de desvíos. Sin duda, algo típico de ella, a lo que la extraña fisonomía del puerto contribuía excelsamente.
La mente de Anselmo discurría dentro de términos literales, algo que coincidía con su natural gusto por los números y la lógica. Lo real y concreto era el terreno seguro para Anselmo, y rara vez se salía de estos límites. Sin embargo, al caminar al lado de Carmen solía salirse de dichos límites auto-impuestos, y transitaba cada vez más libremente a través de ese verde y extenso mundo de lo impredecible. Todavía no entendía por qué era verde (Carmen insistía en describir las cosas con colores), pero comprendía muy bien la libertad a la que se sometía dentro de aquél mundo, libertad que difícilmente lograría entre números y ecuaciones.
Le gustaba pasar el tiempo acostado en algún césped de algún parque simplemente escuchando las divagaciones de su amiga, lo cual no era de ninguna manera una acción pasiva, porque cada cierto montón de frases y pensamientos Anselmo intervenía y, en opinión de ambos, lo hacía magistralmente. Sin duda, un hombre de pocas pero contundentes palabras.
A estas alturas, nadie cuestionaba la notable influencia que había ejercido Carmen en la vida de Anselmo. Cabe señalar que la influencia inversa no era menor, considerando los muchos problemas que había afrontado exitosamente gracias a los locuaces consejos y al incesante apoyo de Anselmo. Y era tanto el tiempo que pasaban juntos y tantos los temas que abordaban en esas tardes infinitas de ocio, cigarrillos y cafés cargados, que habían comenzado a sentir cosas. Cosas. Difícil definir esa inevitable palabra, neutral y genérica, que sólo es alcanzable si se pone atención a la expresión con la que es dicha. Quizás baste con señalar que de una simple amistad (simple? Suena como una rotunda mentira, considerando los niveles de complejidad a los que había llegado su relación) habían llegado a compenetrarse y conocerse a tal punto que parecía que habían crecido juntos. Incluso, Anselmo ya había comenzado a dilucidar en gran misterio que era Carmen.
“Eres un verdadero acertijo tú, eh?” le decía siempre Anselmo. “¿Cómo pretendes conocer los detalles de un libro si ni siquiera lo has abierto? Los acertijos son sólo verdades cubiertas por una capa de polvo, y lamentablemente la flojera mental de las personas es el principal enemigo de que los secretos salgan a flote” le respondió ella en cierta ocasión. En lo profundo, Carmen quería que el mundo la conociera, pero no se le hacía fácil mostrarse. Con Anselmo era distinto, porque su sola mirada inquisitiva y curiosa la impulsaba a vomitar casi todo lo que pensaba. Es tanto así que, hay que reconocerlo, junto a Anselmo, Carmen no paraba de hablar, y entre teorías filosóficas, poemas románticos y canciones infinitas, era complicado seguirla. Claro que él ya era un experto. Claramente no conocía el montón de autores que ella nombraba todo el tiempo, pero comprendía bien por qué “I Let A Song Go Out Of My Heart” era de color violeta.
De esta forma, Anselmo comenzó a conocerla realmente justo en el momento en que decidió abrir el libro, y leerlo sin saltarse páginas y poniendo atención a detalles aunque parecieran insignificantes. “La vida hay que aceptarla tal como viene, entera. No sacamos nada con tomar sólo lo bueno, lo que nos gusta, eso es engañarse a uno mismo” decía siempre Anselmo. A Carmen le costó entenderlo totalmente en esta aseveración, porque ella vivía más en lo etéreo y sus problemas consistían más bien en tratar de absorber todo el mensaje de Rilke en sus Elegías o intentar traducir con exactitud “Lucia di Lammermoore” de Donizetti (y sin caer siempre en el llanto cada vez que la escuchaba en su tocadiscos). Pero consideraciones sobre cómo enfrentar la vida, ese era terreno totalmente desconocido para ella; tenía que reconocerlo, al final siempre confiaba en Anselmo para esos asuntos.
Ella era insistente en escapar de su pasado, claramente algo doloroso que en su opinión era mejor olvidar, pero él insistía en sacarlo a flote, porque, según él mismo decía, hay que afrontar las cosas para superarlas. Anselmo llegó a comprender que la constante evasión del mundo de su amiga era en gran parte resultado una niñez llena de sobresaltos, de una rápida adolescencia y de una inevitable necesidad por convertirse en una mujer independiente, luego de la cruda tragedia que le tocó vivir. Pero bueno, eso ya es entrar demasiado en el pasado de Carmen, y ya habrá oportunidad de hablar de aquello.
Nuevamente en el presente, una tarde nublada (en la que es difícil mantener abiertos los ojos y dejar de tomar café), una caminata por los cerros, un libro de Whitman en la mano. Un perro blanco los siguió gran parte del camino. Se acostaron en el pasto de algún parque de la extensa Alemania, y Carmen se quedó dormida sobre las piernas de Anselmo. Él la miró quedarse dormida, con su mp3 player aún sonando y con un chicle en la boca. Le sacó el chicle, por precaución, le quitó los audífonos y se puso a escuchar un poco de la música que ella tenía. “Es imposible no deprimirse con esta música” exclamó en voz baja Anselmo, al constatar la existencia de diversas óperas de Verdi, Puccini y Donizetti, algo de Chopin y ciertos éxitos setenteros en español.
Nunca compartió mucho su gusto por la música. Él más bien prefería escuchar rock, algo de drum&bass, ciertas mezclas alternativas actuales y mucho underground. En lo que coincidían era en el jazz. De hecho, las veces que salían en la noche solían ir a diversos clubes de jazz, donde disfrutaban de música en vivo y del humo constante en el ambiente. No obstante aquello, en el mp3 player de Carmen no había mucho jazz. Tenía un par de temas de Art Blakey y del inevitable Miles Davis.
Ella despertó súbitamente, y lo primero que observó fueron los ojos de Anselmo, como fijos, pegados en los suyos, y tuvo una extraña sensación al observarse de pronto a sí misma mirando a su mejor amigo ya no como un amigo. Carmen era de esas mujeres que todo el tiempo niegan cualquier necesidad (o debilidad) de tener un hombre al lado, pero de pronto se sentía tan protegida, tan segura acostada sobre las piernas de Anselmo y mirándolo y perdiéndose a sí misma y sintiendo cómo la irracionalidad se apoderaba de su piel y sus tripas.
Ese fue su primer casi beso. Ambos detuvieron sus impulsos, quizás más ella que él. Anselmo hacía tiempo que tenía sensaciones con Carmen (sí, sentía “cosas”, por muy complicada que resulte definir esa palabra), pero no les prestaba atención, porque para él era más importante conservar esa indescifrable amistad antes que echarla a perder por causa de un estúpido impulso juvenil propio de un hombre con una mujer atractiva al lado. Porque hay que decirlo, Carmen tenía lo suyo. Era alta y delgada, y aunque su forma de vestir muchas veces impedía evidenciar su cuerpo, tenía buenas proporciones. Tenía una nariz elegantemente respingada y un cabello curiosamente café, siempre tomado por dos palillos artesanales. Sus ojos eran curiosos, eran grandes y cambiaban de color todo el tiempo. Además, a simple vista se veía que era una persona interesante, siempre con un libro en la mano, caminando apurada por las sucias calles del puerto, evadiendo el mundo con sus audífonos rojo italiano. Pero lo que más le gustaba a Anselmo era cuando ella le contaba sobre tal o cual filósofo griego, o sobre tal o cual poema romántico, y la mirada que ponía al contarlo. A fin de cuentas, lo que le impresionaba de Carmen era que, pese a que no paraba de hablar sobre cosas intelectuales, él veía en sus ojos (que cambiaban de color todo el tiempo) una simpleza difícil de creer, porque sus ojos eran honestos y no necesitaban vomitar conocimiento cada vez que hablaban, porque sus ojos eran sinceros y en muchas ocasiones decían algo muy distinto a lo que decía su boca. Por eso, Anselmo había aprendido a mirarla siempre a los ojos cuando hablaba, excepto claro cuando él se acostaba en el césped y cerraba los ojos y soñaba y su mente se iba a otro cielo.
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