Los Amores de la Amiga Abuela
Había un olor a familiaridad, un sonido a cobijo, una canción algo azulada, quizás hasta dulce, desde cierto punto de vista algo totalmente entendible en la mente de Carmen. A ella le gustaban las casas de las abuelas precisamente por ese ambiente, por esa extraña aura que lo inundaba todo. Era tan diferente a lo que ella conocía, a ese clima tenso de la que fue su casa durante la niñez, tan distinto incluso del pequeño departamento que le arrendaba a la señora Triste. En ese lugar ella y Tender eran toda una familia, de eso no hay duda alguna, pero faltaba ese aire hogareño tan típico y a veces tan necesario, que abunda en las casas de las abuelas. Lo único que tenía ese olor en la casa de Carmen era el interior del viejo baúl que se trajo del sur, cuando tuvo que irse de su pueblo a buscar algún futuro (palabras de su madre). Pero eso ya es entrar demasiado en el pasado de Carmen. En este momento, la situación era distinta. La situación hablaba de aromas y sensaciones, de colores sepia y de canciones sabidas inconscientemente como movidas por una extraña magia que hace que las cosas bellas nunca mueran.
Ese día Carmen había ido a visitar a su vecina, una anciana de ochenta y tantos años que vivía en el piso de abajo. Le caía bien porque también vivía sola con su gato y su también pequeño departamento estaba igualmente mal decorado. Aunque Carmen le haría varios “toques” si fuese su lugar. Pero no lo era, así que mejor era no pensar en eso. La sensación de verse a sí misma cuando vieja era algo que la estremecía. Quizás era por eso que varias tardes ella bajaba donde esta anciana y la acompañaba a tomar el té, escuchaba sus historias, bastante interesantes por lo demás, y compartía con ella las travesuras de Tender.
Al entrar a lugar a la esfera añosa de la vecina, Carmen sintió esa sensación que tanto le gustaba, familiaridad y cobijo y color azul. Sí, también cierto dulzor. Saludó a la anciana y luego a su gato Anselmo. Le daba risa que el gato se llamara igual que su mejor amigo, pero nunca se lo decía a la anciana, quien por lo demás estaba ya acostumbrada a las risas sin razón de Carmen. “Oye tú, sabes? Te llevarías bastante bien con Tender, que tiene casi tu misma edad y es tan terco como tú. Por suerte tienes una dueña tan buena como la señora Felicia”. La anciana apenas escuchaba el murmullo que tenía Carmen con su gato (una bastante viva conversación).
Tomaron el té y la anciana estaba algo triste. No tan triste como la señora Triste, su arrendataria, pero se le notaba que no estaba tan alegre como solía estar en las tardes de sol. Se le notaba que alguna pena no dejaba que su alma infantil brotara nuevamente. Carmen la miró como queriéndole decir “Señora, cuénteme lo que le pasa”. Sí, ella quería saber lo que había en la mente de la anciana, quizás por una extraña ambición por saberlo todo, quizás por interés genuino en saber lo que le pasaba, quizás por ese afán de impregnarse de la pena de otros y vivir desdichada soportando los problemas de todos sus seres queridos.
La anciana suspiró tranquilamente. Sus ojos verdes grisáceos estaban más grises que verdes, algo brillosos y fijos en algún punto lejano en el tiempo y las almendras. Se oía la respiración de la anciana, con algún sorbetón de pañuelo, y el reloj de pared. Con ese silencio era fácil deprimirse, incluso caer en la desesperación, algo que hasta para una persona solitaria como Carmen constituía una inevitable posibilidad. Luego de suspirar y pensar un rato, con los ojos fijos en el suelo, comenzó a hablar, con una voz rasposa y con esfuerzo, respondiendo a la mirada inquisitiva de su joven amiga del piso de arriba. Ellas dos lograban una extraña complicidad que sólo se da entre mujeres, entre buenas amigas.
Esa tarde esa complicidad llegó hasta niveles inimaginables, sobre todo cuando escuchaban a Dalva de Oliveira tomando el té. La abuela Felicia relató lentamente sus desdichas, que eran en realidad un conjunto de recuerdos felices en torno a la figura de su amado ex esposo, muerto en un accidente de avión hacía ya un buen tiempo. Y es que justo ese caluroso día de diciembre era el aniversario de matrimonio de la abuela Felicia con su esposo, si es que hubiese estado vivo y saludable. De ahí la pena de la anciana. Carmen lo comprendió todo, derramó algunas lágrimas junto con su acongojada amiga y la escuchó atentamente hasta que terminó su triste relato.
Esa noche, Carmen se durmió pensando en la probabilidad de que esos grandes amores que duran más allá de la muerte realmente existan, y que en el presente en el que ella estaba inmerso podía ser siquiera posible que su generación se diera el lujo de amar de esa forma. No llegó a ninguna conclusión porque el sueño la venció, y cuando Carmen se duerme nada en lo absoluto puede detener su adormecimiento y menos despertarla.
1 comentario:
mmm...
carmen es como media neptuniana, no?
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