They Can’t Take That Away From Me
Hace ya algún tiempo iba caminando por la playa, cuando observé que entre las rocas había una linda muchacha rubia con el pelo hecho rastas, dibujando el mar en su croquera. Al ver que yo la miraba mientras pasaba, ella me sonrió, y se quedó largo rato mirándome. Yo me senté a cierta distancia de ella, saqué un cuaderno y me puse a garabatear algún poema o escribir alguna historia (metido en mí mismo, para variar). De pronto me acuerdo de la muchacha rubia que estaba más allá y vuelvo a mirar, percatándome que ella sigue mirándome. Me sonríe, lo cual me parece bastante curioso, incluso cómico. Sin pensarlo mucho me levanto y me alejo un poco, sólo para poder observarla desde mayor distancia sin que ella me vea. Me doy cuenta de que ella nota que no estoy y comienza a buscarme con la mirada. “Esto sí que es gracioso” pienso. Otra vez sin pensarlo mucho, me dirijo hacia ella y me siento a su lado. “Hola” le digo. Cuando me saluda de vuelta noto algo extraño en su forma de hablar. Era gringa.
La razón por la que me sorprende que sea gringa es bastante sencilla. En un principio pensaba que ella era una simple compatriota pero de clase alta, no sé, por su pelo rubio y sus ojos claros. Aunque claramente una cuica no me miraría ni me sonreiría, pero bueno, mi análisis no fue muy exhaustivo en ese momento. Estaba actuando sin meditación alguna.
Empezamos a hablar un rato, de todo un poco. Me cuenta que es de Massachussets, pero estudia en Berkeley algo relacionado con ciencias. Su nombre es Cate, y, grata sorpresa, es amante del jazz. De hecho, toca el saxofón y el clarinete. Su favorito es Gershwin. Comenzamos a caminar por la playa, vemos el sol esconderse y nos explicamos ciertos deportes, ella el football (americano) y yo el rodeo chileno. Congraciamos con el volleyball. De pronto, otra vez sin pensarlo, le pregunto “¿Te gusta el café?”. “Prefiero el té” me responde sincera. “Entonces te invito a tomar un té a mi casa” le digo, y de inmediato noto lo agresivo de mi propuesta. Ella acepta encantada y nos vamos caminando hacia el departamento en el que yo vivía en aquellos meses.
Al llegar le sirvo el té. Yo me tomo un café bien cargado. Ella ve mis discos y comenzamos a hablar de música. Le cuento que Ella Fitzgerald es mi cantante favorita, aunque Sarah Vaughan no se queda atrás. En todo caso Louis Armstrong se gana toda mi admiración. Ella me nombra algunos otros que yo no conocía y seguimos pasando un rato bastante agradable, hasta que comienzo a notar cierto coqueteo mutuo. Casi no lo creo. Pero no iba a ponerme a pensar demasiado sobre mi suerte, así que, nuevamente sin pensarlo dos veces, me acerco y junto mis labios con los suyos en un beso que salió bastante cálido. Pasamos largos ratos mirándonos y besándonos, hasta que ella evidencia la típica crianza anglosajona y mira su reloj. Time is gold. Tiene que irse, y es bastante lógico dado que era ya más de medianoche. Se va y quedamos de juntarnos al siguiente día.
Nos juntamos en una pequeña fiesta y pasamos un buen rato, conversando con mis amigos y dándole a probar chicha y vino chileno. Creo que prefería la cerveza, fiel a sus costumbres yanquies. En fin, llegado el momento de su partida esa noche, la fui a dejar a la avenida, y con un pequeño truco la distraje y le di un beso. “Eres muy suave” me dijo, lo que me confundió un poco, porque pensé que se refería a mi piel o algo así. “Esa es una traducción literal de una expresión gringa” me aclaró. Creo que la palabra era sly, pero no estoy seguro. La traducción más a la chilena sería “pillo” o “rápido”… típico chileno pues.
Estuvimos un tiempo así, juntándonos y mirándonos y besándonos en la playa. Cierto día que estábamos en las rocas donde nos conocimos, ella comenzó a decir que cuando estaba conmigo siempre se acordaba de una canción que le gustaba mucho. They Can’t Take That Away From Me, de George Gershwin. Comenzó a cantarla para mí, porque yo no la conocía bien. Mientras la cantaba yo iba tratando de entender la letra, para saber por qué se acordaba de la canción cuando estaba conmigo. Luego de cantarla me la tradujo, y yo en mi mente le di sentido. Mi alma estaba a punto de gritar de entusiasmo con esta muchacha rubia.
Luego de un par de semanas ella tuvo que viajar. Es típico que estos gringos viajen por Chile y Argentina cuando están de intercambio. Entonces, no volví a verla en bastante tiempo. Al regreso me dio un regalo de cumpleaños atrasado, una postal de su país y una hoja con la letra de la canción que me había cantado aquella noche. Era realmente especial todo aquello. Todavía conservo esos regalos. Pero cuando comenzamos a vernos otra vez todo había cambiado, ella estaba distante. Ella me explicó que como estaba de viaje no quería comprometerse con nadie, porque tendría que irse y no quería dejar asuntos inconclusos, o algo así. Lo comprendí muy bien, pero me costó aceptarlo, porque ella ya me había conquistado y en unas semanas se iría.
Dicen que algunas personas aparecen en nuestras vidas, y se van para nunca volver. De hecho, esta gringa era una de esas personas. Aún no logro dilucidar su aporte en mi vida. Sobre esta breve historia, debo decir que fue tal cual como la canción que me había dedicado tiempo atrás. Lo seguro es que . . . the memory of all that, no, they can’t take that away from me…
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