2.6.07

El Material de los Sueños

Se conocieron por casualidad, como por casualidad se cruzan el viento y las hojas durante cada otoño, como por casualidad el agua transita y regresa a su fuente remota, como por casualidad todos los dioses se han ido de viaje o se han quedado dormidos dejando que el mito crezca por sí solo. Cuando él la vio por primera vez le pareció estar viendo un sueño, porque toda la imagen que ella proyectaba parecía ser de ese material, del material de los sueños. Cabe decir que de ese mismo material son las ensoñaciones románticas de adolescente, la mitología antigua y algunas recetas de cocina. Cuando ella lo vio a él, le pareció estar viendo algo así como un ángel, pero no de esos ángeles que aparecen llenos de luz y dejando sus plumas esparcidas por todos lados, sino más bien de esos ángeles que aparecen para ayudar a la gente y luego desaparecen sin dejar rastro. Subjetivamente hablando, sus impresiones eran similares en cuanto a etéreas y oníricas.

Algún santo de la historia había construido una utopía a partir del mismo material de los sueños, y algún poeta había construido algunos castillos en el aire usando la misma esencia. De alguna forma, Carmen y Anselmo se sentían con pleno derecho a utilizar ese mismo material para conformar sus percepciones y sus visiones de mundo.

Ella andaba algo apurada. Llevaba un par de libros bajo el brazo. Uno de ellos, alcanzó a ver Anselmo, se trataba de “Lo real y lo movible”; después se enteró que eso consistía en ciertas consideraciones post-filosóficas, un conjunto de discursos en torno a discusiones que jamás entendió bien, pese a que tiempo después ella se lo explicó mil veces. Llevaba un mp3 player, con el cual escuchaba sobre todo música clásica. Según recordó, ya la había visto antes, bajando algún cerro de Valparaíso inserta en sus pensamientos, comprando almendras en la feria de los domingos o acariciando algún gato gordo de algún almacén de barrio ubicado en uno de los cerros que ambos frecuentaban. Pero jamás la había “visto” antes. Hay que decirlo: hay una diferencia clara entre ver y “ver”, aunque es posible que uno no la “vea”. Además, esta vez se “vieron” los dos simultáneamente, lo que constituía una clara diferencia respecto de lo que habían sido las anteriores miradas fugaces. Esta vez, había habido cierto tipo de conexión entre ellos, tanto de audio como de imagen.

Él, despistado, andaba buscando nada-en-particular en los carteles de los paneles de avisos, en la entrada de su facultad. Solía buscar nada-en-particular, sobre todo después de haber encontrado algo-interesante-digno-de-contar. Llevaba una corchetera en la mano izquierda y un sacapuntas en la derecha; cualquiera habría dicho que era un pequeño alumno de prekinder (aunque claramente una corchetera habría sido un objeto peligroso para aquél niño preescolar). Carmen nunca supo para qué llevaba aquellos utensilios escolares. Descubrió después que nunca había sido su costumbre llevar esos objetos, que justo lo había “visto” el día en que los llevaba consigo. Anselmo tenía un montón de cosas que hacer: pagar un par de cuentas, pedir un libro en biblioteca, caminar un rato para despejarse, dormir entre dos y tres horas para recuperar sueño y leer su e-mail. Finalmente, debido al encuentro súbito entre él y Carmen, no pudo hacer ninguna de las cosas planeadas, salvo lo de caminar un rato. Y de hecho ésta fue precisamente la esencia de su relación: él andaba siempre ocupado y tenía que hacer mil cosas, ella siempre andaba volátil por la vida y le desordenaba totalmente la existencia al organizado Anselmo. Pero eso ya es entrar demasiado en el centro de la historia que ocurrió entre ambos, y por ahora sólo necesitamos saber cómo comenzó todo.

Estaba Anselmo concentrado en lo que estaba haciendo, sea lo que sea que estaba haciendo con esa corchetera y el sacapuntas en la mano, cuando se le acercó Carmen por la espalda y le tocó el hombro. Él se dio vuelta y ella le sonrió. Él habló primero.

-Hola

-Hola… soy Carmen. Tú eres Anselmo, ¿verdad? – él asintió –. Sí, te he visto por aquí un par de veces. Anselmo es un lindo nombre. ¿Sabías que estás de santo el 21 de abril?

-Gracias. ¿Te sabes todo el santoral católico?

-No, sólo el de algunos nombres lindos. Eres de pocas palabras, ¿ah? –preguntó Carmen, y esta pregunta pareció incomodar a Anselmo.

-Lo que pasa –respondió él luego de meditar un rato antes de hablar, como era su costumbre – es que no entiendo la causa por la que estamos hablando ahora, no sé por qué justo hoy teníamos que hablarnos, siendo que nos hemos visto varias veces por ahí antes de este preciso momento.

-Todo está conectado, Anse, y quizás este día estaba destinado para que nos conociéramos.

-Ah, y ¿ya nos hemos conocido?

-En eso estamos. ¿Puedo llamarte Anse, verdad?

-Bueno, ya me llamaste así. Acompáñame a caminar por la costa, que quiero divagar un rato. Ahí aprovechamos de conocernos mejor.

Se fueron de la facultad rumbo a la costa, y caminaron desde el muelle (Barón) hasta la caleta (Membrillo). Él le increpó que en realidad no había sido el destino el que había hecho que se conocieran, sino que simplemente había sido ella la que se había acercado. Ella le respondió que no tenía que cuestionar los hilos que se tejían en un universo más amplio de lo que sus pequeños y casi ciegos ojos podían llegar a vislumbrar, que en realidad el destino estaba ya escrito y que si ella sintió ganas de tocarle el hombro eso ya lo sabía el destino y eso era a fin de cuentas lo que “tenía” que pasar. Anselmo no siguió cuestionándole aquello, y respondió con un simple y extendido silencio. Caminaron tanto rato que sus pies estaban algo cansados, así que se sentaron en una vereda. Él fue a comprarle unas golosinas a un señor que se subía a los microbuses a venderlas, y le dio un dulce de anís. Ella lo recibió complacida, feliz de que ese dulce haya sido justamente el que más le gustaba; cada cosa que sucedía la convencía más de que todo ello estaba escrito. Luego de aquello se fueron a tomar un café a un lugar bastante acogedor, en donde los atendió una señora de lo más simpática que les regaló unas galletas recién hechas. Así, bebiendo un café una fría tarde de mayo, sellaron su amistad; quedaron de juntarse al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente, y pasaron largas horas juntos cada día a partir de ese momento, siempre acompañándose de un café cargado y alguna canción jazz. La primera canción que escucharon juntos fue “Fine Dinner” interpretada por Coleman Hawkins, y el primer disco entero fue “Bright Size Life” de Pat Metheny Group. Pronto se hicieron fanáticos de los discos de vinilo que vendían en las tiendas de antigüedades, y que eran escuchados como un verdadero rito por ambos en la casa de Carmen, que tenía tocadiscos. Y era un verdadero rito, porque una vez que ponían el disco, estaban en silencio hasta que terminaba, siempre bebiéndose un café (a veces un té, cuando el hígado no podía seguir aguantando tanta cafeína), y al final de cada disco venía una ola de comentarios que tanto ella como él disfrutaban en demasía.

Su amistad perduró tanto que al cabo de tres meses ya eran los mejores amigos. Pasaron juntos por tribulaciones y felicidades, discutieron e hicieron las paces. Crearon un mundo totalmente aparte, lleno de magia y nostalgia, y no dejaron que nadie más se entrometiera en él. Ese mundo era sólo de ellos. Aunque Carmen siempre pensó en ensanchar el grupo, es decir, en construir una especie de club (al más puro estilo cortazariano), nunca aparecían los personajes adecuados, así que seguían siendo sólo ellos dos. Fue tan especial este pequeño-mundo compartido por ellos dos, que una vez Anselmo escribió en un block de notas que siempre traía consigo:

En nuestro mundo hay praderas sin fin

llenas de tulipanes y mariposas amarillas,

hay molinos gigantescos y ríos que nunca acaban,

hay castillos habitados por princesas y

dragones que las protegen, y

ellas siempre esperan un héroe que las rescate,

hay países más allá de las montañas

habitados por duendes y gigantes,

hay un cielo del color que queramos

e infinitos lagos navegables,

hay hadas que todo el día hacen el amor y

cantores en los bosques,

hay viajeros que cuentan historias

sobre mundos lejanos,

y de barcos infinitos que surcan los reinos de Neptuno,

hay sirenas nadando desnudas

peinando sus trenzas en la arena,

hay reyes elfos tocando sus flautas

y cortesanos que bailan al son,

hay batallas épicas de ogros y hombres

que por mil años serán contadas,

hay hombres audaces y mujeres guerreras,

hay dioses que corren por sobre las nubes

y en todo lugar hay música

y ollas de oro al fin de cada arcoiris,

hay genios locos y locos genios,

lámparas mágicas y alfombras que vuelan,

hay desiertos llenos de demonios

y reyes que lo convierten todo en oro,

está Eldorado que tanto soñamos,

ahí tenemos nuestro aposento,

nos visitan reyes moros y cristianos,

a veces nos visita el maestro Gautama

(y otros maestros),

comemos dátiles y frutillas con crema,

bebemos néctar y los mejores vinos,

damos largos paseos en bicicleta góndola u ornitóptero

o en el lomo de Pegaso …

Al final del escrito había un gran rayón, impidiendo que otra persona pudiese ver qué había escrito allí. Pero Carmen, intruseando en los apuntes de Anselmo (entre los que se contaban un par de keygen para programas computacionales, unas cuantas recetas de cocina española y varios versos escritos al azar), había descubierto que estaban la palabra amor y la palabra eternidad, pero no quiso seguir indagando al respecto, pese a que sus métodos detectivescos eran grandiosos, según ella, y podría haber descubierto toda la frase que faltaba. Además, de seguro no era lo que ella pensaba (su inseguridad era destacable, casi como personaje propio dentro de esta historia)

Carmen pensaba que este escrito de Anselmo, que por pura casualidad estaba escrito en prosa (debido a los límites naturales de la hoja), perfectamente podía utilizarse como un manifiesto para el futuro club que formarían ella y Anselmo, pero él se negaba y decía que ese escrito era algo suyo y que no tenía por qué ser usado para nada, que después de todo lo había escrito una noche de puro aburrido que estaba. Ella no siguió insistiendo, pero en el fondo seguía ambicionando un manifiesto (como los distintos manifiestos que surgieron en el arte a través del siglo XX), porque ella se sentía con la capacidad de formar un grupo heterogéneo de intelectuales. Claro, Anselmo no se consideraba a sí mismo un intelectual, pero Carmen le insistía una y otra vez que él era el hombre más inteligente que conocía. “Y conste que utilizo la palabra hombre y la palabra inteligente en la misma oración” le decía una y otra vez, a lo cual él siempre le respondía con un lacónico “Bueno”.

En lo que ambos coincidían era que, en el fondo, ese escrito estaba hecho del mismo material de su primer encuentro, del mismo material que los sueños y las utopías. (Era demasiado evidente el componente literario que conformaban las palabras que Anselmo había escogido para escribir aquello que Carmen llamaría posteriormente "manifiesto"). La casualidad (o destino, según Carmen) había hecho que se conocieran, como dos hojas de otoño bajo un árbol gigantesco cuya probabilidad de encontrarse era menor que cero (Anselmo sabía la cifra exacta, un número con una coma, varios ceros y un uno al final), y que se hayan hecho grandes amigos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

bueno, te posteo solo por el apoyo, ya sabes que me gustaria saber que pasa por la mente de Anselmo, aunque digamos que nada le importa demasiado, esto deberia poder ser explicado en palabras =)

Anónimo dijo...

Esto no es sólo por apoyo...
hay un exelente trabajo detras de lo anteriormente escrito, esta, como diriamos, bueno, con cuerpo, no es una historia cualquiera, es algo con sustancia, no de mi entera predilección, pero hecho desde "ahi mismo".
bueno, eso
Pato!