1.2.07

Carruseles (Parte III)

Transcurrieron diez mil novecientos cincuenta y dos días y las cosas no cambiaban. Jaime seguía tratando de soñar con el hada pero ella no se aparecía. Estaba desesperado. Seguía siendo un niño. Había recorrido la ciudad entera buscando respuesta. Una vez se quedó dormido en un supermercado al otro lado de la ciudad. Como es lógico, despertó en su casa del árbol, igual que siempre, y justo a tiempo llegó su nana con el desayuno. Varias veces Jaime intentó hablar con su nana, pero ella parecía no saber otra palabra que no fuera la que había pronunciado el día martes original, ese que se estaba repitiendo todo el tiempo.

Jaime no sabía sumar muy bien los números grandes, pero sabía aproximadamente cuántos días habían transcurrido desde que pidió el deseo al hada. Calculaba algo así como treinta y cinco años, pero podía estar equivocado. En todo caso, sería edad suficiente para haberse ido de casa. Pero Jaime no crecía, seguía siendo el mismo niño de cada martes. Y nada cambiaba en el mundo, porque todos los días eran martes, y el martes era el día libre, libre de sus padres.

Pasaron años, pero años compuestos sólo de días martes. Por lo tanto no pasaron años, no pasó nada de tiempo, porque siempre era martes. De regreso de uno de sus viajes, Cronos notó algo raro en el mundo. Se dio cuenta que una de sus hadas había alterado el orden natural del tiempo, sólo para cumplir el capricho de un niño. A pesar de que las hadas existían para cumplir los deseos de los niños infelices, esta hada había cometido un error al detener el tiempo en un solo día. Cronos tenía que hacer algo al respecto. Una noche de martes, porque todos los días eran martes, Cronos apareció en el sueño de Jaime, justo antes de que Jaime se subiera al carrusel. El dios le dijo a Jaime que iba a restablecer el tiempo, pero que él, inevitablemente, envejecería. El tiempo tenía que reponerse y volver a su estado normal. Pero para Jaime, sólo para Jaime, el tiempo avanzaría rápidamente.

Jaime no entendió bien el mensaje de Cronos, porque Jaime era sólo un niño. Porque Jaime nunca creció, porque todos los días eran martes y el tiempo se había detenido. Esa mañana Jaime despertó, y el día parecía el mismo. La nana dejó su desayuno, pero esta vez no eran huevos sino tocino. De pronto el tiempo comenzó a avanzar rápidamente, y cada día llegaba un nuevo desayuno, y los platos se iban acumulando en su casa en el árbol. Y cada vez que Jaime intentaba comer su desayuno, éste se pudría antes de poder comérselo. Jaime tenía hambre. Miró por su ventana y vio a la nana envejecer y envejecer, hasta que un día un infarto se la llevó y su cuerpo se pudrió en su patio. Desde su ventana vio a su padre llegar, una y otra vez, pelear con su madre e irse. Hasta que ya no volvió más. Y su madre murió sentada tejiendo. Su último respiro fue rápido.

Jaime se vio a sí mismo y ya era un viejo, no podía casi moverse. Entonces el tiempo volvió a transcurrir a paso lento. Jaime lo notó y quiso salir a ver qué había cambiado, pero no podía moverse. No se había movido en años, su cuerpo estaba rígido. Su cabello era blanco y sus piernas eran débiles. Después de mucho trabajo logró moverse, pero tenía que bajar las escaleras de su casa en el árbol. Ya ni siquiera cabía bien por la pequeña puerta de la casa infantil. Tenía que bajar las escaleras, pero tenía miedo. Jaime recién iba a descubrir el mundo. Pero no tenía fuerzas. Esa noche, Jaime se acostó a dormir, esperando que llegara el hada y le devolviera su juventud. Pero el hada jamás apareció.

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