18.4.07

De Música Selecta

Durante todas esas tardes infinitas en que esperaban el tardío anochecer primaveral luego del cambio de hora, no hacían más que hablar, con palabras y en silencio. Unas veces hablaban de filosofía, otras de poesía. Pero más recurrentemente hablaban de música. No es que fueran unos nimios conocedores de aquél arte, pero les interesaba y consideraban un derecho y un deber el discutir al respecto.

Una tarde, mientras tomaban un té en el sillón de la casa de Carmen, habían comenzado a hablar de música clásica, y de por qué siempre le llamaban “música selecta”, como degradando el resto de la música. Anselmo no estaba para nada de acuerdo con ese título, porque para él la música actual también merecía total respeto. En lo que concordaban era en que la mejor música había nacido en el siglo XX. Sí, tanto la línea de música clásica como la línea de música popular, el nacimiento del jazz y del rock, y las eternas combinaciones actuales, constituían la crema de la creación musical a través de la historia. Aunque reconocieron que tal vez su creencia estaba un tanto sesgada, porque estaban hablando de música de la que se tenía registro, tanto en libros de música con las grandes obras clásicas, como las muchas grabaciones que se realizaron en el transcurso del siglo en cuestión, de manera que obviaban de forma exorbitante todo el resto de los siglos de historia en que se había creado tanta música pero que no se tenían los medios para guardar registro de ella, razón por la cual se había perdido totalmente de los oídos humanos, impidiendo el deleite de los auditores ansiosos por oír música diferente de nuestra época.

“Yo no sé cuál es tu fijación con la música clásica. No sé, no es de tu época de existencia y claramente no te refleja, sin embargo la disfrutas como la cosa más preciada para ti en este mundo”, le dijo esa tarde Anselmo, provocando cierto atisbo de furia en las cejas de Carmen, quien pronto tomó aire y se preparó para arrojar toda su ira y justificación en un seguro discurso que no dejaría espacio para réplicas. “Anse, estás hablando sin saber. Tú no te criaste conmigo, así que no sabes lo que la música clásica provoca en mí. Mis padres eran músicos, mi viejo tocaba flauta traversa, y mi vieja cantaba en un coro, allá en Santiago. Ya te he contado que me quedé huérfana bien temprano, por ahí por los 7 años, pero me acuerdo muy bien cuando mi viejo tarareaba ciertos ritmos que tenía que practicar, y se encerraba todos los días en una sala que estaba al final del pasillo color crepúsculo de esa casa que teníamos; y me acuerdo de las canciones preciosas que cantaba mi mamá mientras cocinaba o cuando se duchaba, y yo oía llena de felicidad. A veces me tomaban en brazos y salíamos a correr por el patio, que era un césped gigante que siempre tenía ese olor a recién cortado que sabes que me encanta. Ahí, ellos tenían una gran colección de discos de música clásica, de los cuales me encantaban Mahler y Chopin. Y de verdad que me siento reflejada con música como la de Frédéric Chopin o de Jean Sibelius, sabiendo que eran personas con un alto poder de revolución, cuyas obras fueron verdaderos himnos de liberación de sus respectivos países. Además, sabes que me encanta el romanticismo que expresan las grandes arias, de Verdi y de Puccini, y ya quisiera yo que nuestro tiempo fuese como aquél”.

Anselmo estuvo callado un buen rato, concentrándose en tu taza de té medio vacía (o medio llena). Nunca había recibido tanta información sobre le pasado de Carmen. Ella se esforzaba en ocultarlo todo el tiempo. Jamás había hablado de sus padres ni de su niñez. Ahora, él comprendía muchas cosas que siempre habían sido un completo misterio. En todo caso, ya llevaba un tiempo de conocerla y se había percatado de muchas cosas, como su constante evasión respecto del pasado, el que se quedara tanto rato parada al borde de un parque en el que el pasto estuviera recién cortado, o que tuviese en su mp3 player tan sólo música clásica, o que se hubiese puesto a llorar en medio de las Cuatro Estaciones allá en el Municipal en aquella ocasión. Y no necesitaba comenzar a preguntarle tantos detalles a Carmen sobre lo que le había contado. Comprendía bien lo de la muerte de sus padres aunque ella nunca le hubiese dicho nada al respecto. Después de todo, ¿de dónde vendría ese incontrolable miedo al fuego?

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me agrada la musica selecta, aunque soy una ignorante... me dare el tiempo de ir escuchando bien la Novena Sinfonia.

nos vemos por ahi en uno de esos encuentros fugaces en la U. ojala la proxima vez no este tan afonica =)