Tender
Llovía fuertemente en Valparaíso. Carmen estaba agripada y en cama, seguramente por los cambios de temperatura. Se sentía sola, aunque su ego no quisiese admitirlo. La vista desde su ventana estaba preciosa, los barcos y la neblina, las casas desteñidas por el agua que corría por los tejados, ningún perro en la calle y un par de personas con impermeables corriendo a guarecerse. La única compañía era su tocadiscos, que por esos días no estaba funcionando muy bien.
Eran casi las 4 de la tarde (aunque parecía que todavía estuviese amaneciendo afuera) y aún no paraba de llover. De pronto sonó su puerta. Se envolvió totalmente por un chal rojo y se puso unas pantuflas cuadrillé que estaban debajo de su cama. Abrió la puerta y vio una silueta oscura y empapada, goteando agua por todo el pasillo del edificio. La silueta se sacó el gorro de la cabeza y Carmen pudo ver que era Anselmo, medio estornudando y con una caja en la mano, que la miraba con ternura. No veía a Anselmo desde hacía varios días, desde que habían discutido por una causa totalmente absurda que difícilmente recordaba al verlo así, empapado frente a su puerta. Lo hizo pasar. Le dijo que se sacara esa chaqueta empapada, que la dejara tirada al lado de la puerta. Al hacerlo, Anselmo notó que en ese mismo lugar estaban dos abrigos de ella, seguramente del día anterior, y todavía húmedos y con olor a lluvia. Anselmo estuvo estornudando como por cinco minutos mientras Carmen preparaba un té caliente para los dos. “Te dije que te sacaras la ropa mojada, Anse, mira que me estás mojando toda la casa”, le dijo, señalándole los pantalones que tenía mojados hasta más arriba de las rodillas. “Espera, es que te traje algo”, el dijo Anselmo rápidamente, y se notaba que ya había dominado el arte de aguantarse los estornudos.
Fue a buscar la caja misteriosa que traía, y algo se agitaba dentro. Al abrirla, se asomó una cabecita peluda de color café, con unas manchitas oscuras en la frente. Levantó sus pequeñas orejas en señal de curiosidad, y comenzó a rasguñar la tapa de la caja que lo estaba aprisionando. Anselmo lo tomó con una mano y le dijo a Carmen “Mira, es para ti. La gata de una tía había tenido cuatro gatitos, entonces vi a este, que era el más chiquito, y me acordé de ti”. Carmen estaba emocionada. Antes de decir cualquier palabra, salió corriendo a buscar el último pañuelo desechable para sonarse.
“Está precioso el gatito. ¿Cómo se llama?” logró decirle mientras solucionaba el problema del romadizo. “No sé, no tiene nombre todavía. Para qué le iba a poner nombre si el gato es para ti, pues” le respondió sincero. “Mira, sácate esa ropa mojada y ven a acostarte conmigo, que la cama está abrigadita. Y tú también ven con nosotros – dijo dirigiéndose al gatito – que capaz que también te resfríes”.
En ese momento sonó el hervidor y juntos se prepararon té caliente con limón y miel, y luego se fueron a acostar junto con el nuevo gatito. Se abrigaron bien y se abrazaron con los pies, tomándose el té y jugando con el tierno gato, mientras escuchaban “Last Night When We Were Young” cantada por Vaughan.
“¿Y cómo le ponemos al gato?” preguntó Carmen. “No sé poh, ponle algún nombre de música clásica, que a ti tanto te gusta, como Friederic Chopin o Wolfang Amadeus Mozart, qué se yo, si el gato es tuyo”. “Qué agradable tu interés, Anse. Ya, ayúdame a encontrarle algún nombre bonito”.
Así estuvieron harto rato, tratando de buscarle un nombre apropiado al tierno gatito que tenían sobre el cubrecama. “Tiene que ser un nombre que nos importe a los dos, no puede ser de música clásica como tú dices, porque tú ni cachai’ de esa música, y tampoco va a ser de esa música que a veces escuchas tú allá en tu casa” le dijo Carmen de repente. “Bueno, lo único que escuchamos juntos es jazz, a fin de cuentas” le respondió Anselmo. Dicho esto, se quedaron un rato en silencio, cada uno repasando los nombres que tenían en la mente: Teddy (Wilson), Benny (Goodman), Ray (Brown o Charles), Tommy (Flanagan), Louis (Armstrong), Duke (Ellington). Pero ninguno de esos nombres les agradaba completamente para el gatito, no porque fueran malos nombres para un gato, sino porque específicamente este gatito era demasiado tierno como para llevar un nombre tan fastuoso.
Anselmo se puso de pie para cambiar el disco que ya se había acabado, y puso uno de Ella Fitzgerald, como para seguir con las divas del jazz. Escucharon varias canciones hasta que repararon en una en particular. “Tenderly”, de Gross, interpretada gloriosamente por
4 comentarios:
qué ternura...
oye pero no le puede haber regalado un gatito recién nacido..., eso serìa màs cruel que tierno. màs encima el màs pequeño!... es como llevarlo directo a la muerte al pobre
un detalle, pero uno que no podrìa obviar, menos con mis experiencias gatunas de los ùltimos meses (kokoro y rita-lin qepd)
:(
Evidenciando una vez más mi nula experiencia con animales, he cometido un grave error temporal con este gatito regalado. En realidad, los gatos recien nacidos deben estar con su madre alrededor de dos meses, no pueden ser regalados hasta no haber cumplido su temporada de lactancia. Además, si sacas a un gato recién nacido en plena lluvia, lo más probable es que se muera.
Gracias por el detalle. El cuento ha sido arreglado en consecuencia.
Aún cuando no sé casi nada del Jazz que tanto te apasiona, me doy el tiempo de entrar acá de vez en cuando para saber en qué está la relación entre Carmen y Anselmo.Hay algo detrás de ella que aun no se que es. Sus historias me dejan la misma sensación extraña, ansiosa y talvez amarga que la Maga y Oliveira.
En fin, eso, que estes bien
Tenderly
Walter Gross / Jack Lawrence
The evening breeze caressed the trees tenderly
The trembling trees embraced the breeze tenderly
Then you and I came wandering by
And lost in a sigh were we
The shore was kissed by sea and mist tenderly
I can't forget how two hearts met breathlessly
Your arms opened wide and closed me inside
You took my lips, you took my love so tenderly
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