El vidente Rimbaud
Hablaremos ahora de un poeta que representa la imagen por excelencia del poeta, específicamente del poeta maldito, de acuerdo con la denominación de Paul Verlaine en 1884. Este poeta no sólo posee el ethos del poeta en su máxima extensión, ya que tanto su personalidad como su obra (su yo en ambas vertientes) contiene numerosos atributos clásicos de un poeta decimonónico, imagen que, debemos admitir, en gran medida él mismo se ha granjeado; además, podríamos decir que es el más maldito de todos los poetas de su siglo, pregonando conceptos tan excesivos como el “desarreglo de los sentidos” y la “transmutación a través de la poesía”. Nos referimos a Jean Arthur Rimbaud (1854-1891), un joven rebelde que conjuga muchos de los anhelos del hombre moderno, un poeta que postula una libertad respecto de ataduras antiguas a las que critica y que utiliza la prosa más que el verso para expresar tu total libertad poética. Los postulados a los que nos referimos son los siguientes: por un lado, Rimbaud señala que el poeta debe ser vidente, hacerse vidente. Por otro lado, señala que la poesía debe estar delante de la acción y no ritmarla, lo cual está en ineludible relación con su visión del otro. Veamos con mayor detenimiento ambos postulados.
1. Rimbaud plantea la noción del poeta como vidente, en clara alusión a un problema que se venía dando bastante tiempo atrás; si hemos de dar una fecha aproximada, ésta sería la época clásica de la filosofía griega. El poeta, se entiende: el verdadero poeta, no se conforma con la mimesis de la realidad, con la mera copia de lo que observa a través de los sentidos (por esta mala práctica se le habrían quitado los privilegios en
La carta de Paul Demeny es clara en este punto. Fue escrita de un modo bastante original, constituyéndose como uno de los referentes más importantes para los manifiestos artísticos posteriores (junto con el manifiesto marxista y los escritos de Apollinaire): su forma básica era la de una crítica a la tradición, seguida de un espacio para la acción, para el cambio, es decir, con una propuesta directa y específica respecto de lo que se debía hacerse para superar el estado presente. En otras palabras, la carta genera un vació e inmediatamente lo llena. Lo hace a través de una oposición de lo viejo (la tradición) con lo nuevo (la poesía nueva, que está por venir). Lo que entiende por tradición podría ser resumido con las siguientes palabras: “todo es prosa rimada”, y los versos y las liras “ritman la acción”, es decir, hacen mimesis de ella, copian la realidad, los poetas románticos tanto como los antiguos griegos.
Contrario a esa realidad, Rimbaud propone hacerse vidente, es decir, dejar atrás la vieja costumbre copista de la realidad y tomar un rol activo: el poeta debe preceder a la acción a través de su poesía y no ritmarla, superar la observación básica a través de los sentidos y utilizar la sinestesia para captar lo que no es evidente, para penetrar en la esencia más profunda de las cosas, en su quintaesencia. Y ello se logrará a través del “desarreglo de los sentidos”, con lo que el poeta capta las esencias más puras de la realidad y las vive a modo extremo, haciéndose un verdadero maldito ya que tiene la necesidad de sentirlo todo, de vivirlo todo, y sólo así llegar a lo incógnito, a lo que no es develado sino hasta que el poeta realiza un salto hacia las “cosas inauditas e innominables”, llegando hasta el exceso de los sentidos.
La crítica, en este punto, es clara. Rimbaud se distingue de los jóvenes románticos de su época (los de chaqueta roja), siendo él mismo un participante de dicho movimiento. Sus palabras hablan por sí mismas: “La razón me inspira más certidumbres sobre el tema que cóleras hubiera tenido nunca un Joven-Francia. Por lo demás, líbrense los nuevos a execrar a los antiguos: uno está en casa y tiempo hay de sobra”. Rimbaud hace la distinción entre la poesía de uno y otro: mientras dichos románticos hacen “canciones”, el poeta moderno hace “obras”. En palabras simples, a través de la simple mimesis el poeta romántico se detiene en las apariencias de las cosas y se contenta con copiar lo estéticamente bello, mientras el poeta moderno llega hasta la quintaesencia de las cosas y supera la visión estética que se satisface a través de los sentidos para llegar a un grado de entendimiento que lo hace vidente y que se vale de los sentidos pero desordena sus funciones tradicionales, llegando al exceso e incluso a lo monstruoso, pero a la realidad más pura finalmente. Incluso el poeta trágico Racine, “el puro, el fuerte, el grande”, es para Rimbaud un poeta cuya perfección es superficial, formal y artificial, no habiendo en su poesía nada nuevo.
El poeta vidente realiza “obras” que preceden a la acción, que alcanzan el sustrato más puro de la realidad, probando tanto manjares como “venenos” con tal de alcanzar la quintaesencia de las cosas, de llegar hasta lo incógnito. El poeta moderno, el verdadero poeta, el poeta vidente, supera el individualismo imperante en el Romanticismo, y de esta forma supera la incapacidad del “cantor” respecto del “autor”. Rimbaud menciona la enigmática frase “Yo es Otro”, aspecto que trataremos a continuación.
2. Dice Rimbaud que los románticos hace “canciones”, no “obras”. La obra de un autor es su pensamiento cantado, pero además comprendido. El cantor, siguiendo el parangón con los postulados platónicos, no ha salido de la “caverna”, por lo que no puede cumplir un rol dentro de la ciudad; y para Rimbaud, el poeta cumple un rol fundamental en la ciudad, dentro y no fuera de ella: el poeta no debe un ser aislado y tener como base solamente su subjetividad, sino que debe ser parte de una comunidad y cumplir una función transformadora. Su obra no debe “ritmar la acción”, sino transformarla, precederla, convocarla.
Como es costumbre en varios románticos del diecinueve, Rimbaud utiliza términos esotéricos sacados de la ciencia alquímica, pero aplicados a la poesía. Nuestro poeta maldito utiliza el término de “Alquimia del Verbo”, que tiene relación con la figura del alquimista que transforma los metales y, en un grado más profundo, se transforma a sí mismo; el alquimista comúnmente convierte las piedras en metales más nobles. Asimismo, la “obra” es capaz no sólo de cambiar el mundo sino de cambiar al “Yo”. La “transmutación” de los metales es equivalente a la “transmutación” del alma: el poeta transforma al mundo y a la vida a través de la poesía y el arte.
Aquí llegamos a un punto interesante dentro del planteamiento de Rimbaud, y es el tema del “Yo” y la enigmática frase de “Yo es Otro”.
Decíamos más arriba que Rimbaud critica al “cantor” en cuanto éste no habría salido de la caverna platónica y se ha estancado en la mimesis y no se ha convertido en vidente. La diferencia del “cantor” respecto del “autor” nos recuerda la figura de Ión dándose cuenta a través de su conversación con Sócrates la distinción entre la poesía y la poética. El “cantor” no es capaz de dar cuenta de lo que realiza puesto que es un ser inspirado, por lo que la “canción” no es la misma que la “obra”. De la misma forma, el “Yo” toma dos identidades distintas y diferenciadas, en cuanto a través de la poesía vidente el poeta se hace “otro”, lo que supone una identidad en movimiento, una identidad que no está previamente establecida sino que se va adecuando (o inadecuando), substrayéndose del sujeto.
La identidad de una persona es percibida a través de la mirada de los otros: dice Rimbaud en una de sus cartas: “Es erróneo decir: Yo Pienso; debería decirse: Me Piensan”. Sin embargo, al parecer el “otro” no está pensado en cuanto a identidad, o al menos no se agota bajo esa sola perspectiva. Es claro que Rimbaud ataca al orden establecido y consolidado por la burguesía francesa y el Romanticismo precedente, sobre todo en el ámbito de la individualidad y la identidad individual. Pero en la poesía de Rimbaud aparece “lo otro” en su máxima ambigüedad, no acabándose su interpretación en admitir que el poeta se convierte en otra persona, sino que más allá de ello el poeta penetra en el terreno de lo desconocido, de lo abierto. Volvemos al tema de lo monstruoso, de llegar a parámetros nuevos y desconocidos del alma humana.
El objetivo del poeta es lograr un auto-conocimiento: “él busca su alma, la inspecciona, la tienta, se la aprende. ¡En cuanto la sabe, debe cultivarla!”. A través de hacerse vidente logra conocerse y cultivarse, siempre dentro de la comunidad. Así, llega hasta lo desconocido, como un mar interminable de emociones humanas, y allí “canta” y además “comprende” la esencia más pura de las cosas, allí se transforma en “ladrón de fuego” y realiza una síntesis a través de hallar una lengua que lo resuma todo: “Esta lengua será del alma para el alma, resumiéndolo todo, perfumes, sonidos, colores, el pensamiento que se engancha al pensamiento y tira de él”. Esto ciertamente nos recuerda al fuego divino señalado por Hölderling refiriendose a lo orgiástico o excesivo, la propia naturaleza caótica bajo un poder único y contínuo. Según Rimbaud, el poeta debe apropiarse de dicho fuego, de dicha fuerza divina, y a través de ella lograr no sólo el conocimiento de sí mismo y del mundo, sino que además llegar a transformar su entorno así como a su propia alma, por medio de un lenguaje que lo sintetice todo, desde una perspectiva de la sinestesia y la analogía.

El vidente supera la superficialidad de las apariencias y penetra al mundo de las Ideas, que son eternas. En ellas, encuentra la esencia de las cosas, que es así como un “fuego” cuya fuerza da vida a todas las cosas, las que pueden ser percibidas por los sentidos y ser imitadas por los cantores, o bien puede ser percibida a través de la sinestesia y la analogía y se puede llegar a la quintaesencia de la realidad, algo así como el sustrato común a todas las cosas. El poeta se transforma en “Otro” en cuanto logra penetrar en este mundo de las ideas, y así transitar en un territorio totalmente abierto y lleno de posibilidades, en donde es fácil sumirse en la locura más profunda. Al estar en contacto con realidades tan sublimes, el poeta se hace maldito a la vez que vidente, ya que necesita conocerlo todo en su afán por transformar su realidad: “El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; él mismo busca, él agota en sí todos los venenos, para de ellos sólo guardar las quintaesencias”.
4 comentarios:
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Y desde entonces, me bañé en el poema
de la mar, lleno de estrellas, y latescente,
devorando los azules verdosos; donde, flotando
pálido y satisfecho, un ahogado pensativo desciende;
¡donde, tiñendo de un golpe las azulidades, delirios
y ritmos lentos bajo los destellos del día,
más fuertes que el alcohol, más amplios que nuestras liras,
fermentaban las amargas rojeces del amor!
Yo sé de los cielos que estallan en rayos, y de las trombas
y de las resacas y de las corrientes:
¡yo sé de la tarde, del alba exaltada como un pueblo de palomas,
y he visto alguna vez, eso que el hombre ha creído ver!
...
¿Cómo demonios lo hace alguien para vivir tan poco y aún así ser uno de los mejores poetas que hay?
Me deprime pensar que tengo casi la misma edad que tenía Rimbaud cuando dejó de escribir... y yo no he hecho nada digno de ser recordado para la posteridad...
Hay otros jóvenes que me dan lata: Alejandro Magno era dueño de medio mundo a los 25 años... yo tengo 20 y no soy dueño de nada ¬¬
Otón III fue emperador a los 17 y murió a los 21... y es recordado como uno de los mejores emperadores del Sacro Imperio Romano...
Así no llegamos a ninguna parte...
Si tienes tele por ai te ves
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no saberlo es lo que me mantiene viva
No olvidar que este escritor llamado "poeta maldito", tanto por su forma de vida, dedicada a la bohemia y los excesos, como por ser la muerte y el mal su fuente de inspiración, tal como tantos otros grandes poetas y escritores, sólo fue reconocido en forma póstuma y de hecho casi ninguno de estos precursores tiene consciencia de estar generando algo nuevo en el momento en que ésto sucede, sino que se cree exponente del movimiento inmediatamente anterior. Por ejemplo, Baudelaire fue un gran ejemplar del movimiento simbolista sin crear un metalenguaje como Mallarmé que fue el gran teórico del movimiento o Verlaine que lo fue en la práctica, o Rimbaud, que sólo fue vinculado a dicho esteticismo por su relación homosexual con Verlaine. Pero Baudelaire se creía romántico.
Por eso a no perder las esperanzas. Cualquiera de nosotros puede ser un genio. Saludos.
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